Sobre “Petróleo”, de Upton Sinclair
Agosto 4, 2008
El estadounidense Upton Sinclair (1878-1968 ) es conocido ante todo como el autor de La jungla, novela donde denunció las penosas condiciones laborales a que estaban sometidos los empleados de la industria cárnica de Chicago a comienzos del siglo XX. La repercusión del libro fue tal que llevó al presidente Theodor Roossevelt a promover un acta de control sobre el sector. Pero la producción literaria de Sinclair va mucho más allá. Fue un autor prolífico que tocó géneros diversos y rondó las noventa publicaciones, en las que se vieron reflejadas sus inquietudes sociales y políticas. Petróleo no se trata de una excepción.

La novela posee un arranque enérgico. Arnold Ross ha prosperado desde la condición de humilde carretero hasta la de productor independiente de petróleo. En compañía de su hijo, Bun, todavía un niño, recorre la California de inicios del siglo XX gestionando sus pozos y a la caza de nuevos yacimientos. Somos así testigos de la agitación producida por la explotación del oro negro: conflictos vecinales, compra-venta fraudulenta de tierras, competencia desleal entre compañías… El aparato documental que despliega Sinclair es notable. La perforación de los pozos, su explotación y el levantamiento del entramado industrial y social que se crea a su alrededor son descritos con detalle, ritmo e interés. Y mientras tanto va cobrando forma un personaje fascinante. Arnold Ross no se detiene ante nada ni ante nadie; buen conocedor del comportamiento humano, se sirve de las inclinaciones egoístas de los demás para lograr de ellos lo que desea. De este modo, y gracias también a su olfato para los negocios, su fortuna no cesa de aumentar. El personaje adquiere connotaciones bíblicas cuando, a la hora de hacerse con unos terrenos cuyo propietario es creyente devoto, improvisa un discurso en el que adapta el mensaje de las Escrituras a su propósito empresarial. Sus palabras hallan eco en un hijo del propietario, quien las adopta como guía para fundar la Iglesia de la Tercera Revelación. Arnold Ross ha inspirado una nueva religión.
Sin embargo la solidez narrativa desplegada por Sinclair se quiebra al adentrase en el segundo tercio de la novela. Tiene lugar en Rusia el alzamiento contra los zares y Bun, ya un adolescente, se siente atraído por el reformismo social. Dispone de un ejemplo más cercano del activismo proletario cuando, en vísperas de la entrada de Estados Unidos en la 1ª Guerra Mundial, los trabajadores del petróleo se declaran en huelga a fin de que se regularice su situación. A partir de este punto la novela pasa a ser una interminable demostración de la sentencia bíblica: “Es más difícil para un hombre rico ingresar en el reino de los cielos que para un camello atravesar el ojo de una aguja”. Y para Upton Sinclair el reino de los cielos adopta la forma del movimiento obrero.
Ahora Bun es el protagonista y su padre queda relegado a un segundo plano.
Se ha comparado a Upton Sinclair con Zola, pero mientras que el francés hace esclavos a sus personajes de un determinismo biológico, el determinismo que emplea el estadounidense es social. A pesar de sus buenas intenciones, Bun, rico heredero, se queda atascado en el ojo de la aguja al tratar de demostrar que es mejor que el camello de la célebre frase. En la universidad edita una publicación de propaganda socialista y sólo le salva de la expulsión la oportuna intervención de su padre. A sus amigos militantes detenidos los libera pagando las fianzas con el dinero del señor Ross. Dice creer en la causa obrera pero siempre dispone de la fortuna familiar para cubrirle las espaldas. Asiste a mítines de izquierdas donde «tenía el prejuicio de la serenidad y de la quietud. No esperaba que los trabajadores usaran maneras perfectas y hablaran un inglés impecable, pero ¿qué necesidad tenían de manotear y chillar? ¿No podían discutir sus ideas sin llamarse unos a otros “traidores a la causa” y “zafios esquiroles”?»; a renglón seguido frecuenta los salones de la alta sociedad y se codea con actrices de Hollywood, lo que le hace lamentar las tristes condiciones de vida de sus camaradas. Su indecisión y el plegarse una vez tras otra al parecer de los demás -su padre, sus sucesivas novias, los portavoces del izquierdismo moderado y también los del radical- lo vuelven un personaje antipático.

El continuo debate interno de Bun lleva al lector a desear que Sinclair hubiera arrinconado al personaje hasta que éste adoptara una decisión. Porque hay cosas muy interesantes que mientras tanto están ocurriendo. Se producen paros en los pozos, los trabajadores se enfrentan a rompehuelgas armados, hay debates internos entre moderados y radicales, hay detenciones, hay censura informativa. Y por otro lado está Arnold Ross, que ha dejado de ser un mero productor independiente para convertirse en un magnate del petróleo, lo que le permite adentrarse en la ciénaga de la corrupción política y mover hilos para comprar ni más ni menos que un presidente. Pero todo esto constituye tan sólo un telón de fondo. El foco de atención de Sinclair es otro. Petróleo fue publicada en 1927 y su autor deseaba comprobar hasta qué punto el movimiento obrero podía conmover una conciencia a priori poco proclive a ello.
There Will Be Blood, la reciente adaptación al cine de la novela, guionizada y dirigida por Paul Thomas Anderson, resulta muy útil a la hora de valorar Petróleo después del tiempo transcurrido desde su publicación. En la película, la trama obrera ha desaparecido de un plumazo. Bun queda reducido a personaje secundario, el protagonismo recae sobre su padre y la narración abarca sólo el primer tercio del libro. Se exploran las motivaciones del buscador de petróleo y el precio moral que paga en su ascenso al olimpo de los negocios. Los sólidos resultados obtenidos por Anderson demuestran su sagacidad como adaptador y también, al actuar como contraste, lo mal que envejece la literatura política.
Upton Sinclair. Petróleo. Edhasa. Barcelona. 2008
Esta reseña apareció. con el título de “Un rico en el ojo de la aguja”, en el número correspondiente a mayo-junio de 2008 de la revista Clarín.
Sobre “Sale el espectro”, de Philip Roth
Julio 9, 2008
Sea dicho de antemano que lo que sigue no es una reseña sino unas breves reflexiones motivadas por la lectura de la última novela de Philip Roth traducida al español: Sale el espectro.
Sea dicho también de antemano que Sale el espectro es una novela con cuya lectura he disfrutado, que he devorado en un par de días y que no descarto volver a leer.
Advertido esto, debo reconocer que me ha sorprendido un poco la recepción que a nivel crítico ha recibido el libro, con reseñas muy elogiosas y un subtexto que parece decir: “¡Por fin, otro libro de Roth!”, como si nada mejor pudiera suceder; ni Roth publicara prácticamente un libro al año; y Seix Barral y Mondadori no nos bombardearan continuamente con nuevas ediciones de sus primeras obras.

Para quien todavía no esté al tanto de la trama de Sale el espectro, es ésta una más de las novelas protagonizadas por el escritor Nathan Zuckerman, alter ego de Roth. En esta nueva entrega, Zuckerman ha superado los setenta años y vive desde hace más de una década retirado de la vida urbana. Reside en una casa en el campo, a doscientos kilómetros de Nueva York. Allí, vive aislado del mundo, dedicado a leer a los clásicos, escribir y pasear. Esta plácida rutina se ve interrumpida cuando un problema médico lo obliga a volver por unos días a Nueva York. El regreso a la ciudad tiene sobre él un efecto como el de despertar tras un largo sueño y descubrir que el mundo ha cambiado enormemente y que él ha envejecido de repente. Además, su retorno se produce en un momento especialmente efervescente: vísperas de las elecciones presidenciales de 2004, que enfrentaron a Bush y Kerry.
Nueva York actúa como un tonificante para Zuckerman, que decide responder al anuncio de una joven pareja de escritores, Jamie y Billy, quienes desean cambiar durante un año su apartamento en la ciudad por una casa de campo. Por otro lado, Zuckerman comienza a sufrir un sutil acoso por un tal Kliman, que pretende escribir una biografía sobre un escritor de culto llamado Lonoff. Éste y Zuckerman se conocieron cinco décadas atrás y Kliman desea saberlo todo al respecto; además, asegura conocer un oscuro secreto sobre Lonoff, que contribuirá al éxito comercial de la biografía, y poseer parte de la única novela que Lonoff, autor de relatos, escribió en su vida y que se encuentra inédita.
Éste es, a grandes rasgos, el planteamiento de la novela: sobrio, sugerente y plagado de fuentes de narratividad.
Ahora bien…
Uno se siente tentado a pensar que a estas alturas Roth escribe sus libros con los ojos cerrados; respaldado por el enorme oficio adquirido durante años, pero sin aportar gran cosa a lo dicho en el pasado.
En una de sus últimas entrevistas, Norman Mailer lamentaba la escasez de novelistas que conjugan el talento con la ambición de emprender nuevos retos, que no se limitan a repetir una y otra vez la misma obra con mínimas variaciones. Entre los que consideraba ambiciosos citaba a Martin Amis, Thomas Pynchon, Cormac McCarthy e, implícitamente, a él mismo. En cuanto a los no ambiciosos, se reservaba los nombres, pero estoy convencido de que en esa lista no incluiría a Roth; o al menos al Roth de los últimos años.
Suscribo lo dicho por Mailer y añado que me encantaría ver el enorme talento de Roth aplicado a otros temas que no fueran los diques que la religión judía pone a la sexualidad; la forma explosiva en que ésta se manifiesta cuando tales diques se resquebrajan; y la fascinación que los hombres maduros, judíos y terriblemente cultos sienten por las chicas jóvenes, inteligentes y de grandes pechos.
Por supuesto, ésta es una declaración personal, que no haría si los temas recurrentes en Roth fueran más de mi agrado. (Algunos de mis escritores preferidos, como Cheever, Faulkner o McCarthy, también podrían ser calificados de repetitivos.)
Pero tampoco haría tal declaración si Sale el espectro me hubiera dejado una impresión más satisfactoria.
A la hora de hablar de esta novela se tiene la tentación de proponer las cajas chinas como símil de su estructura. Y es cierto que Roth no deja de abrir cajas a lo largo de la historia y que las historias se acumulan unas dentro de otras. El problema es que al final no se cierran ni las cajas ni las historias. Roth abre un buen número de frentes narrativos, todos ellos interesantes: el intercambio de casas con la pareja de escritores; la atracción que siente Zuckerman hacia Jamie; la biografía de Lonoff; los anónimos amenazadores recibidos por Zuckerman y que fueron el motivo por el que abandonó Nueva York años atrás… Se plantean también temas tan sugerentes como la responsabilidad moral de un biógrafo, el error de interpretar como biográficos los hechos narrados en una novela y la dificultad que representa para un escritor de relatos enfrentarse a su primera novela (obligado a añadir en lugar de a eliminar); temas sobre los que uno desearía conocer la opinión de un escritor con la experiencia de Zuckerman/Roth. Todo esto se nos escamotea; tanto la conclusión de las subtramas como las reflexiones de índole literaria.

Otra cosa que me ha dejado perplejo al leer las reseñas de Sale el espectro es que ésta haya sido calificada como “la gran novela de la era Bush”; es decir: crítica con la era Bush. En un momento de la novela, Zuckerman es invitado por Jamie y Billy a su casa para seguir juntos el recuento de votos de las elecciones presidenciales. A medida que los resultados se decantan hacia Bush, el ambiente se calienta y la joven pareja se ofende, entristece y enfurece, todo al mismo tiempo. Este sería un buen momento para que Zuckerman, que, no lo olvidemos, ha estado ausente de la vida social y política durante largo tiempo, manifieste su opinión sobre lo sucedido. Pero no lo hace. Está demasiado ocupado admirando a Jamie, describiendo su vestuario, gestos y el modo como ha transformado en sofisticado su acento tejano. A no ser que algo se me haya escapado, las elecciones no son más que un acontecimiento que singulariza los días que el protagonista pasa en la ciudad. Un decorado.
¿Por qué Roth lo ha hecho así? No quiero pensar que Sale el espectro es un rejunte de ideas, de esas notas para posibles historias que los escritores acumulan en sus cuadernos, combinadas con algunos temas recurrentes y amalgamadas con el buen oficio de Roth. ¿Por qué entonces no cierra ninguna de las historias planteadas? ¿Quiere decirnos que en un mundo donde un aspirante a biógrafo está dispuesto a arrojar al barro la reputación de alguien a quien supuestamente admira a cambio de obtener el éxito comercial, en un mundo donde Bush sale ganador por segunda vez, lo mejor que puede hacer alguien inteligente es dar la espalda al mundo y entregarse al aislamiento?
Espero que no.
¿Quiere decir entonces que debemos tener cuidado si decidimos aislarnos del mundo porque el día que decidamos regresar nos habremos convertido en espectros que sólo serán capaces de presenciar los acontecimientos pero no de intervenir en ellos? ¿Quiere decir que el efecto del aislamiento es mayor si se combina con la vejez?
Prefiero decantarme por estas interpretaciones, duras, tristes y descorazonadoras, como el final de Sale el espectro.
Philip Roth. Sale el espectro. Mondadori. Barcelona. 2008
Sobre “Desde ahora te acompañaré a casa”, de Kjell Askildsen
Junio 26, 2008
El anterior libro de relatos de Kjell Askildsen (1929, Mandal, Noruega) publicado en nuestro país, Los perros de Tesalónica (Lengua de Trapo, 2006) me dejó con cierta sensación de frustración, como si te ofrecieran un bocado de un plato exquisito pero fuera tan escaso que no te permitiera percibir la totalidad de su sabor. Y luego te negaran un segundo bocado. (No sé si esta es la metáfora más adecuada.) Como consecuencia, empiezas a dudar de la calidad de lo que te han dado y te planteas por qué no te han dado más.

Los perros de Tesalónica es un libro breve, compuesto por relatos breves y muy similares. Askildsen nos ofrece una serie de estampas de matrimonios aburridos y sin futuro, donde los cónyuges han dejado atrás su deseo de llegar a conocer a la persona con la que comparten techo. No sucede nada relevante; relevante en el sentido de llamativo para quien observe desde fuera los mezquinos infiernos domésticos de esas parejas. Intercambian palabras lacónicas, fuman, pasean y poco más. El estilo con que esto se nos cuenta es seco, de frases breves y simples, tan monótono como lo narrado. Se podría caer en el error de llamar a este estilo “carveriano”, pero Carver comparado con Askildsen parece Flaubert.
Al tratar de recordar el libro unos meses después de su lectura, todo lo que acude a la memoria es una masa grisácea entre la que no puede diferenciarse un relato de otro. Y entonces se piensa que aquel plato exquisito a lo mejor sólo era un hueso puesto a hervir.
Aparece ahora Desde ahora te acompañaré a casa, que recoge algunos de los primeros relatos del autor, lo que es una oportunidad para contrastar las opiniones generadas por Los perros de Tesalónica y comprobar el modo como ha evolucionado el autor.
Entre un libro y otro existen diferencias; no grandes, pero existen.
Desde ahora te acompañaré a casa es también un libro breve compuesto por relatos breves, cuyos temas principales son la incomunicación y la dificultad de conocernos a nosotros mismos y a las personas con quienes vivimos. El estilo continua siendo sobrio y el tono, por lo general, pesimista. Hasta aquí, todo igual. Sin embargo Desde ahora… es un libro más agradable de leer que Los perros… Esto se debe en primer lugar a su mayor variedad. Aquí no nos encontramos únicamente con parejas adultas. Hay relatos dedicados a la infancia, con atención a las relaciones entre amigos y entre padres e hijos. Estas últimas se vuelven a tratar en otros casos cuando los niños ya se han convertido en adultos y los padres en ancianos. También hay más variedad en cuanto a la localización de las historias, no todas ceñidas a decorados suburbanos noruegos, sino que algunas se ambientan en entornos rurales o en el extranjero (Grecia). Pero la mayor diferencia es una serie de acontecimientos diseminados por los relatos y que permiten individualizar estos. No son hechos espectaculares (o descritos con espectacularidad) y en ocasiones ni siquiera resultan centrales en las historias. Son hechos como el incendio de un islote desierto en “Crías de gaviota”; otro incendio, en este caso de una casa, en “Canícula”; o la visita de un padre a su hijo, después de largos años de separación, en “La noche de Mardon”.
Dentro del panorama de sentimientos átonos y estilo apagado de Askildsen, estos pequeños acontecimientos sirven para fijar las historias a la memoria (el relato de la isla, el del incendio…) e individualizarlas. Es posible entonces rememorarlas y tomarse el tiempo necesario para extraer la carne oculta entre los huesos de sus líneas, antes de que la memoria empiece a confundir unos relatos con otros. Se trata de una estrategia lícita, puesto que el autor en ningún momento engaña al lector haciéndole creer que sus historias van a tratar sobre algo diferente de lo que en realidad tratan, y tampoco cae en efectismos. Es una lástima que en sus obras posteriores la haya desestimado.
Kjell Askildsen. Desde ahora te acompañaré a casa. Lengua de Trapo. Madrid. 2008
Nueva reseña de “El hermano de las moscas”
Junio 25, 2008
Pedro Jorge Romero ha publicado en su blog una reseña de El hermano de las moscas, de la que adjunto tan solo un fragmento:
La lectura es muy ágil y el resultado final da que pensar. Quizá sea una obra sobre lo fácil que es ocultar lo extraño y diferente (…) bajo el manto de la más absoluta normalidad.
O quizá no.
Gracias, Pedro.
A Grossman le apasionan los cómics, eso resulta evidente, pero hay ciertos elementos de ellos que no le gustan nada. En un momento de la novela, el Doctor Imposible se lamenta:
¿Cómo se conquista el mundo? Lo he intentado todo. Armas de destrucción total de todo tipo: nucleares, termonucleares, nanotecnológicas (…). He intentado el control mental de las masas, he robado las reservas de oro de Fort Knox y las he vuelto a perder. He viajado al pasado para cambiar la historia, al futuro para escapar de ella; he detenido el tiempo para vivir en un mundo de estatuas. He dirigido ejércitos de robots, insectos y dinosaurios. Un ejército de hongos. Otro de peces. Otro de roedores. He probado con una invasión alienígena. Una invasión alienígena interdimensional. Una invasión de dioses alienígenas (…). Pero, una y otra vez, mis planes acaban del mismo modo. He estado entre rejas doce veces.
¿Cómo puede ser? ¿Por qué los supervillanos nunca vencen, a pesar de toda su inteligencia y el indudable esfuerzo dedicado a sus planes? Por una mera cuestión de estadística, deberían vencer de cuando en cuando. Pero es como si alguna ley de la física se lo impidiera.

Esto resulta aún más frustrante tras leer el retrato que Grossman realiza de superhéroes y superenemigos. El Doctor Imposible dedica unas cuantas páginas a hablarnos de cómo era en su infancia y adolescencia: un chico tímido, callado, aficionado a la ciencia, con pocos amigos, víctima de las burlas de sus compañeros de clase, más exitosos socialmente. En definitiva: un retrato bastante familiar. El mensaje que Grossman transmite es que esos chicos que todos hemos conocido, unos hachas en matemáticas y física, que se enamoran de la chica más guapa de la clase mientras que a ellos nadie les presta atención, objetivo de los matones, aficionados a las maquetas, los ordenadores y los cómics, no quieren convertirse en Superman cuando sean mayores, sino en Lex Luthor. Puede que en algún momento desearan ser atractivos, admirados y queridos, pero las abundantes dosis de ninguneo y desprecio sufridas han hecho que prefieran ser temidos. También quieren que se reconozca su esfuerzo, todas las horas pasadas en la biblioteca y sus buenas notas, pero no mediante una rutinaria palmada en la espalda. Quieren que la gente lo reconozca en el instante previo a que un robot gigante construido por esos chicos, animado por una poderosísima fuente de energía descubierta por ellos, los aplaste.
Lo triste es que esto nunca llega a suceder. Ni siquiera en los cómics.
A los superenemigos los trajes con capa y antifaz nunca les sientan tan bien como a los superhéroes, con sus perfectas musculaturas. Los laboratorios y bases secretas tienen algo de megalomaniaco, de excesivo y de ridículo, que invita a interpretaciones freudianas. Y siguen sin conseguir a la chica. Y siguen sin ganar nunca.
Y si esto sucede es porque los superhéroes son, precisamente, aquellos mismos chicos que le restregaban por la cara el hecho de que ellos lo tenían todo, y que, además, en el patio del colegio les hacían la vida imposible.
El Doctor Imposible coincidió en Harvard con Fuego Esencial (un trasunto de Supermán), que luego se convertiría en su némesis. Por aquel entonces ninguno de los dos tenía poderes. Imposible dice de él:
Para Jason, Harvard era lo más parecido a una carrera sin obstáculos por una pista que parecía haber sido diseñada expresamente para él. Cumplía puntualmente las expectativas depositadas en su persona respecto a las notas, las novias, las fraternidades estudiantiles, y todo le auguraba un brillante porvenir. Mientras tanto, yo había iniciado una lenta pero inexorable deriva que me empujaba cada vez más lejos del centro de todo.
Los superenemigos estudian, miman sus planes, cultivan sus conocimientos, idean artimañas que nadie más podría concebir, y luego, en el último momento, aparece un superhéroe y arruina todo ese esfuerzo en un instante, con los puños y sin ni siquiera despeinarse. Es cierto que les ampara el obrar en nombre del bien, pero la arrogancia y falta de reflexión con que actúan los pone más cerca de matones que de verdaderos héroes.
En definitiva, los combates por hacerse con el poder mundial se diferencian poco de las peleas infantiles. Peleas que tanto en el mundo real como en los cómics siempre concluyen del mismo modo. Quizá en las páginas de una novela las cosas sean diferentes.
Austin Grossman. Muy pronto seré invencible. Reservoir Books Mondadori. Barcelona. 2008
Muy pronto seré invencible es una novela sobre superhéroes vestidos con capa y antifaz que combaten contra supercriminales, también con capa y antifaz, que aspiran a dominar el mundo.
Esta frase puede bastar para que unos cuantos lectores potenciales nunca se acerquen al libro. A otros les repelerá el hecho de que Muy pronto seré invencible suela encontrarse en ese rincón de las librerías, repleto de portadas coloridas, donde se almacenan las obras de ciencia-ficción, terror y género negro; ese rincón que los amantes de la “Literatura De Verdad” miran por encima del hombro o ni siquiera miran. A otros lectores les repelerá que esta novela se englobe en la llamada “nueva narrativa norteamericana”, una corriente en la que en bastantes ocasiones prima lo original por lo original. Y a otros lectores les repelerá que el autor, Austin Grossman, antes de dar el salto a la escritura haya trabajado como diseñador de videojuegos; un prejuicio absurdo pues ¿por qué representa un inconveniente a la hora de dedicarse a la literatura haber trabajado antes en el campo de los videojuegos y no lo es, por ejemplo, haberlo hecho en una compañía de seguros en Praga?
Todos estos lectores posibles que, por una razón u otra, pasen de largo ante Muy pronto seré invencible estarán cometiendo un error, porque esta novela es una de las propuestas más interesantes (aunque no por ello perfecta) de los últimos años.

Muy pronto seré invencible está narrada en primera persona por sus dos protagonistas, a los que se dedican capítulos alternados. Uno de ellos es el Doctor Imposible, archivillano que ha tratado innumerables veces de hacerse con el poder mundial. El Doctor Imposible se fuga al comienzo de la historia del penal de alta seguridad donde estaba recluido y de inmediato comienza a urdir un nuevo plan de conquista, del que asegura que será el definitivo. El segundo protagonista es Fatale, una ciborg recién fichada como miembro de los Nuevos Campeones, el grupo de superhéroes más importante del momento. Su primera misión será desbaratar las maquinaciones del Doctor Imposible. Hasta aquí, la trama típica de cualquier cómic. Pero Muy pronto seré invencible no se trata de una mera novelización de una historia precedente y mil veces contada, sino que es una novela con entidad propia.
Los elementos desmitificadores y revisionistas abundan. El autor ha vestido con rasgos adultos y realistas los clásicos elementos del cómic de superhéroes. Esto puede llevar a creer que la novela se encuentra próxima a algunos intentos recientes de reconstruir el género de superhéroes, como la película El protegido, que tratan de enmarcar a los superhéroes en un entorno real y actual. Muy pronto seré invencible sigue un camino diferente, el de minar, y al mismo tiempo homenajear, y al mismo tiempo ensalzar, a los superhéroes desde dentro. La historia parece extraída de la edad de plata de los cómics DC, su periodo más kitsch, fértil en space operas, cuarteles secretos en bases espaciales, dimensiones alternativas, familias de superhéroes y supermascotas. Es en este decorado donde Austin Grossman aplica sus elementos revisionistas, lo que sitúa Muy pronto seré invencible más cerca de Wachtmen que de El protegido.

Y ahora una pregunta obvia: ¿hay que ser aficionado a los cómics para disfrutar de esta novela. La respuesta es no. El autor se ha esforzado para que su libro sea por completo autoexplicativo. Ahora bien, el disfrute será mucho mayor si se captan las numerosas referencias y homenajes que salpican cada página, y también si se conocen los elementos clásicos que Grossman retuerce: desde los inevitables monólogos megalomaniacos de los supervillanos cuando están a punto de lograr su objetivo, hasta el siempre ridículo trámite de narrar el origen de los superpoderes. Para el aficionado a los cómics, leer una novela de superhéroes puede resultar extraño a priori, pero a las pocas páginas te sientes como si te hubieras calzado unas botas viejas y confortables, ablandadas después de recorrer muchos kilómetros con ellas, y que hacía tiempo que no usabas.
Hay además otra razón para recomendar la lectura de Muy pronto seré invencible, más allá de sus revisiones y homenajes, una más importante: el punto de vista adoptado a la hora de plasmar la relación entre los superhéroes y sus némesis, que logra que éstos nos resulten muy familiares. Y no por lo que hemos leído, sino por lo que hemos vivido.
Austin Grossman. Muy pronto seré invencible. Reservoir Books Mondadori. Barcelona. 2008
Batcrimen y batcastigo
Junio 17, 2008
Hace ocho años, la revista Drawn and Quarterly, dedicada al cómic, publicó Dostoyevsky Comics, una muy particular versión de Crimen y castigo en la que Batman adoptaba el papel del atormentado Raskolnikov y la malvada usurera tenía unos rasgos sospechosamente parecidos a los de Jóker. La historia completa: en Again with the Comics.

Sobre “Hacia rutas salvajes”, de Jon Krakauer
Junio 2, 2008
A finales del verano de 1992 un grupo de cazadores se adentró en una zona de Alaska conocida como Distrito del Lobo, al este del Parque Nacional de Denali. Planeaban montar su campamento en un viejo autobús, situado en la conocida como Ruta de la Estampida. El vehículo llevaba allí desde los años sesenta, cuando se acometió la construcción de una carretera que permitiera el acceso a un yacimiento de antimonio situado en la zona. La empresa encargada de los trabajos se había hecho con varios autobuses condenados al desguace. Los equipó con literas y una estufa y los utilizó como barracones para sus empleados. Una vez finalizada la construcción, los autobuses fueron retirados; todos menos uno, que se quedó donde estaba a fin de servir como refugio para cualquiera que pudiera adentrarse en la zona.
Cuando los cazadores llegaron al destartalado autobús se encontraron con una sorpresa desagradable. Por los alrededores había señales de que alguien había estado viviendo allí durante meses. Y dentro, en una de las literas, envuelto en un saco de dormir, descansaba un cadáver.
La posterior investigación desveló que el fallecido se llamaba Christopher Johnson McCandless. Pertenecía a una familia acomodada de Washington D.C. (su padre había trabajado para la NASA) y llevaba desaparecido desde hacía dos años, justo después de graduarse en la universidad Emory de Atlanta. La autopsia dictaminó que Chris McCandless había fallecido de hambre. Su trágico final, combinado con su extraña desaparición y el origen acomodado del chico provocaron que la historia encontrara amplio eco en los medios de comunicación de Estados Unidos.
En 1992 Jon Krakauer (Brookline, Massachusetts, 1954) era un reconocido alpinista que compaginaba su afición a la montaña con la escritura de reportajes para publicaciones como National Geographic y Rolling Stone. La revista Outside le encargó 9.000 palabras sobre lo sucedido a McCandless. El reportaje, aparecido en el número de enero de 1993, fue la base de Hacia rutas salvajes.
Krakauer no se dio por satisfecho con lo que pudo averiguar en el breve plazo impuesto por la revista, así que en los meses siguientes se dedicó a profundizar en la historia y a tratar de descubrir por qué un buen estudiante y deportista, querido por su familia y amigos, lo abandona todo y acaba muriendo de inanición en un solitario rincón de Alaska.
En el verano de 1990 Chris McCandles donó todo el dinero de su cuenta corriente a una organización humanitaria y abandonó el espartano apartamento en el que había vivido hasta su graduación en la universidad. Sólo se llevó consigo un exiguo equipo de acampada, un puñado de dólares (que luego quemó junto con toda su documentación) y su viejo coche de segunda mano (que luego abandonó). No se despidió de su familia. Adoptó el nombre de Alexander Supertramp y con él emprendió un largo periplo por el sur y el oeste de Estados Unidos y, finalmente, por Alaska.
Krakauer contactó con personas que habían conocido a McCandless durante su vagabundeo: que lo habían recogido cuando hacía autostop, que le habían dado trabajo o que le habían prestado alojamiento. Sirviéndose de estos testimonios, junto con el diario y las fotografías halladas entre los enseres de Chris, Krakauer recompuso el itinerario de su viaje y se esforzó por trazar un retrato veraz del chico.
Desde que no era más que un niño McCandless se había sentido atraído por los grandes espacios naturales. Desbordaba energía y era un romántico admirador de la obra de Henry David Thoreau y Jack London, cuyos libros no dejaba de releer y subrayar. Para él Alaska era un gran imán que lo atraía sin que pudiera hacer nada por resistirse.
El reportaje en la revista Outside había provocado un aluvión de cartas en las que los lectores manifestaban su opinión acerca de Chris. Todas eran encendidas y muchas negativas. Lo acusaban de insensible y terriblemente egoísta por haber causado tanto dolor innecesario a su familia, con la que no se puso en contacto en ningún momento después de su desaparición. Lo acusaban también de temerario, arrogante y estúpido por pretender adentrarse en las tierras de Alaska sin llevar consigo cosas tan esenciales como una brújula, un mapa, un hacha o un arma de gran calibre. El equipamiento de Chris consistía apenas en un saco de arroz, un rifle del calibre 22 y una guía de plantas comestibles. Incluso su idolatrado Jack London se había burlado de la gente como él. En el relato “En un país lejano” había escrito: “No tenía ninguna razón para embarcarse en una aventura semejante, ninguna en absoluto, salvo que padecía de un desarrollo anormal de sentimentalismo. Y lo confundió con el verdadero espíritu de romanticismo y aventura”.

En su empeño por conocer mejor a Chris, Krakauer se apoya en su propia historia. Cuando tenía más o menos la misma edad que Chris cuando éste puso rumbo a Alaska, el alpinista y escritor había sentido un impulso similar. Por aquel entonces trabajaba como carpintero y no sabía qué camino tomar en la vida. Su situación familiar era similar a la de Chris McCandless, marcada por la figura de un padre autoritario. Y, de la noche a la mañana, se le ocurrió que lo que tenía que hacer era viajar a Alaska y escalar en solitario, por una ruta nunca antes intentada, un remoto picacho conocido como El Pulgar del Diablo. Pensaba que eso daría sentido a su vida.
Krakauer dejó el trabajo, viajó a Alaska haciendo autostop y con un equipamiento mínimo emprendió la escalada. Alcanzó la cima (si bien no por la ruta que deseaba) tras un ascenso arriesgado y desalentador, bajo unas condiciones atmosféricas adversas.
Después volvió a su casa, retomó su puesto de carpintero y se dio cuenta de que nada había cambiado. Unos años después aprendió a ver a su padre con unos ojos más tolerantes y comprensivos.
Los capítulos de Hacia rutas salvajes en los que se narra lo anterior distan de ser meras digresiones. Sirven, al contrario, para dar una nueva dimensión al libro y hacer que éste no se trate tan sólo de una mera enumeración de hechos. Krakauer se identifica con McCandless. La única diferencia es que aquél tuvo más suerte al escalar El Pulgar del Diablo que la que tuvo Chris en su aventura en Alaska. Esto convierte en especialmente emotiva la visita de Krakauer al autobús donde Chris falleció, unos meses después de que se hallara el cadáver. Aún quedan allí enseres del chico: libros, unos pantalones remendados, unas botas… Los alrededores del autobús están sembrados de huesecillos de las ardillas y pájaros que Chris había cazado, y cuya carne no había bastado para mantenerlo con vida. Lo que Krakauer contempla podría haber sido el escenario de su propia muerte.
A pesar de ello, el autor no se deja llevar por el sentimentalismo en ningún momento. Hacia rutas salvajes está escrito con un estilo sobrio y directo, que logra transmitir con efectividad tanto la impresión causada por los paisajes que Chris ansiaba visitar, como el modo de ser de éste. Un modo de ser tan vivo como plagado de contradicciones. Un modo de ser que despierta lástima, admiración y, por momentos, también envidia.

Jon Krakauer. Hacia rutas salvajes. Zeta Bolsillo. Barcelona. 2008
Sobre “Entre mareas”, de Joseph Conrad
Mayo 23, 2008
Para disfrutar de la obra de Joseph Conrad (1857-1924) hay que tener presentes ciertas cosas y obviar algunas más. Entre las primeras se encuentra el hecho de que el autor de origen polaco estaba más interesado por lo subjetivo que por lo objetivo. Formó parte del grupo de novelistas en activo a finales del siglo XIX y comienzos del XX que decidió adentrarse en la mente y la conciencia humanas para tratar de descifrar su funcionamiento. Unas décadas después tal exploración conduciría a los postulados del movimiento modernista, con James Joyce y Virginia Woolf a la cabeza en lo que a narrativa se refiere. En el caso de Conrad, una de las formas en que se manifiesta su indagación en lo subjetivo es la exposición paso a paso de los motivos por los que un personaje lleva a cabo determinada acción trascendente. Como un pintor que aplica una mano de pintura sobre otra, y luego afina los detalles, Conrad aporta motivaciones, dudas, puntos de vista… a menudo antes incluso de que se nos revele qué es lo que hizo el personaje. Al igual que sucede con algunos postulados del modernismo, el planteamiento anterior funciona mejor en la teoría que en la práctica, en especial cuando el lector ya ha adivinado cuál es esa acción que se le oculta y el narrador continúa escamoteándola. Esto es lo que sucede, por ejemplo, en Lord Jim durante el episodio del vapor Patna y su accidente.

Y en cuanto a las cosas que es mejor obviar, entre ellas se encuentra esa costumbre de Conrad de prescindir del narrador omnisciente y dejar que sea uno de sus personajes quien nos cuente la historia de turno, de la cual ha sido protagonista o testigo más o menos directo. Esto nos lleva a una de las críticas dedicadas habitualmente a Conrad: ¿cómo puede una persona permanecer hablando durante horas, recordando innumerables detalles de lo sucedido, reproduciendo complejos diálogos e incluso cometiendo el desliz de narrar hechos que no presenció y de los que no puede tener noticia? (Véase, de nuevo, Lord Jim.)
Tanto la exposición demorada de los hechos como la técnica de la narración dentro de la narración (cuyas pegas, no obstante, apenas restan valor a la obra conradiana) resultan menos evidentes cuando se aplican a textos de extensión corta o media. En estos casos no existe espacio para detenerse demasiado en la indagación psicológica de los personajes, y el hecho de que alguien cuente la historia a un tercero resulta más natural, debido a la brevedad de la misma.
Esta es una de las buenas razones para leer Entre mareas, una recopilación de cuatro relatos largos-novelas cortas (al menos en dos de los casos es complicado decidirse por un género u otro) publicada originalmente en 1915. La otra razón es que dos de las narraciones que conforman el libro (”El hacendado de Malata” y “El socio”) son Conrad en estado puro, mientras que las restantes constituyen variaciones muy interesantes dentro la trayectoria del autor polaco.
“El hacendado de Malata” es la más larga y conocida, y también la mejor de las cuatro historias, aunque “El socio” la sigue muy de cerca en cuanto a calidad. Ambas deben incluirse entre lo mejor de la producción de Conrad. Ambas ofrecen dos de las “marcas de la casa”: conflictos morales y entorno marítimo. En la primera, un aventurero reconvertido en criador de gusanos de seda se ve solicitado por una bella joven londinense para que le ayude a encontrar a su novio, quien ha huido a Asia tras ser involucrado en un escándalo financiero. El plantador se verá dividido entre el deber de informar sobre el paradero del desaparecido y la atracción que siente por la chica. Por otro lado, en “El socio” se narra el sabotaje de un barco por parte de uno de sus dos propietarios con el fin de cobrar el seguro. El segundo propietario es su hermano, capitán además de la nave.
Lo dicho: cien por cien Conrad.
Las otras dos historias, más breves, son interesantes por diversas razones. En el caso de “La posada de las dos brujas” llaman la atención el coqueteo con el género de terror y una ambientación deudora de Edgar Allan Poe. El lector español encontrará además otro aliciente. La historia se localiza en Asturias, en tiempo de la guerra de Independencia. Un barco inglés se aproxima en secreto a la costa para aprovisionar a la resistencia contra los franceses, y sus dos emisarios deben vérselas con un peculiar grupo de lugareños.
“Por culpa de unos dólares” parece escrita pensando en su adaptación al cine; dispone de todos los ingredientes de una buena película de aventuras, además de una especial agilidad narrativa. Davidson es un capitán de barco a quien le vendrían como anillo al dedo los rasgos de Gregory Peck. Recibe la misión de recaudar por diferentes islas del sur de Asia viejos dólares de plata, proceso previo a una nueva emisión de moneda. Su tarea llega a oídos interesados y un grupo de ladrones decide tenderle una emboscada en una de las escalas de su viaje. Al frente de éstos, uno de esos personajes impagables: un francés inmenso, siempre colérico, a quien le faltan las dos manos y que transforma sus muñones en armas mortales fijándoles pesos de hierro de tres kilos. Por supuesto, también hay un personaje femenino, además de una sutil trama romántica.
¿Hacen falta más motivos para leer este libro?
Joseph Conrad. Entre mareas. El olivo azul. Córdoba. 2008
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