Lo que sigue es la reseña de El hermano de las moscas aparecida ayer en El Crítico y firmada por Álex Ingrisano.

LOS DEMÁS Y LAS CIENCIAS NATURALES

“El Hermano de las Moscas”, Jon Bilbao. Ed. Salto de Página. 374 pags.

Héctor tiene un buen trabajo, una mujer guapa y una vida ordenada. El día que va a nacer su primera hija, su hermano Grego se presenta por sorpresa en su casa. A la mañana siguiente, Grego ha desaparecido. En su lugar un enjambre de moscas ocupa la habitación de invitados. Atendiendo a una corazonada, Héctor no se deshace de ellas, sino que las alimenta y las cuida. Diez días después, Grego reaparece en la habitación; las moscas se han desvanecido.

Han pasado apenas 40 páginas del libro.

“El Hermano de las Moscas”, primera novela de Jon Bilbao, nos presenta un argumento que homenajea sin disimular a Kafka. Gregorio aquí no es un comercial, aunque sí un viajero compulsivo, y el tratamiento de las relaciones familiares y laborales tiene algún eco de la “Metamorfosis”, aunque beba más de la exploración carveriana de lo cotidiano que de la obra del autor checo. Pero no son estos los rasgos que sorprenden más al lector, sino más bien todo lo oculto que hay en la novela, que presenta un juego fascinante con la presencia de lo animal en el mundo de los humanos. Se suceden las inquietantes apariciones de cabras, murciélagos, perros y hasta una ballena. Graniza. A Héctor le cae un rayo. Estos fenómenos sin explicación irrumpen en la cotidianeidad y modifican la existencia de los personajes.

La acción se sitúa en una urbanización sacada de una película de David Lynch. Uno de esos lugares donde a veces hay accidentes, a veces muere alguien o alguien es violado. Lo salvaje rodea la organizada comunidad donde vive la familia de Héctor. La rodea, y a veces la penetra momentáneamente y es repelido. Grego está aparentemente moribundo, pero Héctor, después de dedicarle innumerables atenciones, sólo quiere irse a una cena con su mujer y unos amigos. No llegamos a acostumbrar a estos acontecimientos, que planean sobre la narración en forma de brevísimos episodios. Una mujer enloquece y denuncia la aparición de ectoplasmas en su casa. Otra vez las apariciones, en las que el autor no se recrea individualmente. Con frialdad, las narra y se deshace de ellas. Se acumulan sin que nos demos cuenta.

Es raro que una primera novela huya tanto del adorno. Uno recuerda a Miles Davis, que cuantos más años tocaba, menos notas necesitaba. Mientras que ésta suele ser una evolución en el tiempo, Jon Bilbao parece escribir como si no tuviera nada que demostrar, como si llevara años publicando novelas de calidad. Y es ésta una de las principales virtudes de su libro. El uso de un lenguaje simplificado al máximo, que deja que la escritura descanse sobre la observación y el detalle, oculta el hecho de que estamos leyendo una novela tan extraña. Sin florituras, Jon Bilbao nos sumerge en una situación desquiciante, donde todas las opiniones que nos vamos formando a lo largo de la lectura se quedan pequeñas. En un momento, Héctor se pregunta si su familia no estará loca: “Una vez que Grego volvía a ser Grego, no quedaba rastro de las moscas. / Sí, la suciedad. / Pero tampoco la había visto nadie. / Quizá limpiaban un refugio limpio. Un refugio levantado para nada. / Héctor ni siquiera podía estar seguro de eso.” Los episodios, en apariencia deshilachados, se hilvanan mediante una coherencia interna que no podemos llegar a explicar del todo. Jon Bilbao enriquece el texto buscando cualquier punto de vista (un hámster) y recurso (à la Moby Dick, con citas de Plinio el Viejo incluidas), y con ellos hace avanzar la narración, manteniendo siempre un tono uniforme y provocando una sensación que oscila entre la fascinación y el asco.

Al principio de la novela, una tortuga con una cruz naranja pintada en el caparazón irrumpe en el jardín de Héctor. Grego queda vagamente disgustado. Más adelante, las puertas se abren “con un zumbido”. No estamos a salvo. Pero, ¿qué es exáctamente esta presencia que denominamos “salvaje”? El libro no ofrece respuestas, pero sí da un repertorio de preguntas que merece la pena hacerse. ¿Es lo salvaje deforme? ¿Es sólo deforme para nosotros, o es la civilización una deformidad de lo natural? En un episodio intenso, los habitantes de un pueblo quieren asesinar a una cabra que ha nacido deformada. No podemos evitar preguntarnos si los bárbaros no son quienes pretenden enfrentarse con violencia a la cabra lisiada. Los humanos no sabemos enfrentarnos a lo animal. Cuando nos vemos obligados a hacerlo, utilizamos nuestro lado más animal; el menos humano.

Pero el “Hermano de las Moscas” es, ante todo, una novela de personajes. Héctor, su mujer y su hija, Grego, y dos o tres secundarios más, se nos presentan de forma sólida, no tanto mediante el retrato, sino por una lógica en sus acciones, siempre concordantes. En la novela se enfrentan personalidades bien definidas, entre sí mismas y ante una situación límite, e incluso en los momentos más extremos nadie pierde sus señas de identidad. Sólo así consigue la narración seguir pegada a lo cotidiano. Jon Bilbao, atento al detalle, no se olvida de narrar las reacciones de los vecinos, las explicaciones que hay que darles, los rumores que corren… La novela abarca más de lo que aparenta.

En entrevista, el autor confesaba que reescribiría algunos fragmentos del libro. Ciertamente, hay algún diálogo mal resuelto, algunos adjetivos que no aportan nada (después del parto, Sara está “fatigada y feliz”); pero la atmósfera de banalidad e inquietud podría resentirse con correcciones. Es más, los peores momentos del “Hermano de las Moscas” surgen de momentos en que el autor entra demasiado en la novela (“aumentaba el peso de lo absurdo”), o cuando parece tener momentos de duda y quiere añadir lirismo a un conjunto que no lo necesita.

Sin embargo, en “El hermano de las moscas” predomina la sobriedad estilística y la inventiva científica en un debut que ya en sí es una singular joya, y que hace que esperemos la siguiente publicación de Jon Bilbao con mucha atención.

ÁLEX INGRISANO

Vía Escuela de Letras

Hacía mucho que no disfrutaba tanto con un cómic. Los motivos principales son la peculiar condición de cómic ensayo que posee Desocupado y los temas que aborda: el bloqueo creativo y el declive artístico.

En marzo de 2004, el dibujante y guionista francés Lewis Trondheim sufrió un bloqueo de varios meses. Para otros creadores un alto de esa duración no habría sido problemático, ni siquiera digno de mención, pero él había venido produciendo de modo frenético durante los catorce años anteriores, y la repentina sequía de ideas le llevó a plantearse una seria reflexión. Trondheim tenía la creencia de que los autores de cómic envejecen mal, que llegados a cierta edad su trabajo comienza a decaer, pierde calidad y repite una y otra vez las mismas fórmulas. También era de la opinión de que los casos de depresión eran más frecuentes entre creadores de cómics que en otras disciplinas. Y ahora, cuando está a punto de cumplir los cuarenta años, de pronto se queda sin ideas y ninguno de los proyectos ajenos que le proponen le resulta estimulante. ¿Habrá comenzado el declive también para él?

Como medio para responder sus interrogantes y, al mismo tiempo, para romper su paro creativo, Trondheim dio inicio a Desocupado, que podría definirse como un diario de su bloqueo. Trondheim se toma unas vacaciones, visita a colegas y viaja como invitado a salones del cómic en ciudades europeas. De paso entrevista a otros autores para averiguar su opinión sobre la vejez de los creadores de cómics. Recopila sus declaraciones y también numerosas anécdotas sobre autores clásicos, como Hergé (padre de Tintín), Uderzo (ilustrador de Astérix) y Edgar P. Jacobs (Blake & Mortimer). Las conclusiones que se pueden extraer de toda esta información son a menudo contradictorias y no hacen más que aumentar la confusión de Trondheim. Pero paso a paso logra ir poniendo ciertos puntos en claro. No desvelaré sus conclusiones finales, pero logró salir del bache. La prueba es que  hoy podemos disfrutar de este álbum.

Todo esto se muestra en Desocupado de forma ágil, amena y con un sentido del humor nunca reñido con la seriedad del tema tratado. Los autores con los que se entrevista aparecen retratados con el habitual estilo de Trondheim, bajo la forma de animales antropomórficos; un grupo de lectores actúa a modo de coro y hace descender a Trondheim de su divagaciones y volver al mundo real; bocetos de aeropuertos, paisajes campestres y de los jardines de los amigos con los que se aloja sirven a menudo como agradable fondo para sus reflexiones.

Son especialmente interesantes las comparativas entre el cómic, la literatura y el cine, y los efectos que estas disciplinas ejercen a la larga sobre sus autores. Los pensamientos de Trondheim trascienden el ámbito del noveno arte, pudiéndose aplicar a otras disciplinas, como cuando señala que los creadores de cómics suelen ser adolescentes solitarios que empiezan a dibujar y escribir para desarrollar un mundo donde ellos son los amos y señores, a la vez que para despertar la admiración de quienes los rodean. El problema radica en que llegados a cierta edad, que se podría ubicar entre los treinta y los cuarenta, pueden suceder dos cosas: que los autores se curen y desaparezca su introversión, y con ella su motor creativo, o bien que la introversión y el aislamiento persistan, siendo causantes de males como la depresión y el alcoholismo. Creo que lo mismo puede decirse sobre creadores de otro tipo.

El dibujo de Desocupado es más suelto que el de los álbumes oficiales, por así llamarlos, de Trondheim, con apariencia por momentos de borrador o bloc de notas, sin que esto vaya en su contra. En cuanto a la edición, mantiene el alto nivel de Astiberri. Sólo señalaría ciertos gazapos cometidos en la redacción del texto en castellano, como la dichosa confusión entre “deber” y “deber de”, errores de puntuación que vuelven confusas las frases donde aparecen, y algunas cosas más; faltas menores pero que habrían sido fáciles de eliminar y que afean un álbum de notable calidad literaria.

Lewis Trondheim. Desocupado. Astiberri. Bilbao. 2008

Bond

abril 18, 2008

De nuevo Penguin. De nuevo James Bond. En esta ocasión en una edición especial de las novelas del más célebre agente al servicio de su majestad. ¿El motivo? Celebrar los 100 años del nacimiento de su creador, Ian Fleming.

Todas las portadas: en Pencil Squeezing

A Jonathan Franzen (Chicago, 1959) le encanta hablar sobre Jonathan Franzen. Dio muestras de ello en su anterior recopilación de ensayos, Cómo estar solo, y también en su novela más célebre, Las correcciones, que incluye numerosos elementos autobiográficos. Ahora se lanza abiertamente a ello con Zona fría, libro que lleva el subtítulo de Una historia personal. Estamos pues frente a seis ensayos autobiográficos en los que Franzen analiza diferentes aspectos y periodos de su vida.

Cualquiera que haya leído alguna obra anterior del autor habrá llegado a varias conclusiones:

  • i) Franzen escribe bien.
  • ii) Franzen es un ególatra.
  • iii) Franzen escribiría mejor si no fuera un ególatra.

La lectura de Zona fría confirma sin ningún género de dudas los tres puntos anteriores.

¿Cuáles son las mejores piezas de las que componen esta recopilación? “Y entonces brota la alegría” y “Ubicación céntrica”, las cuales tiene en común que aunque tratan sobre Franzen, éste no nos está recordando de forma continua que tratan sobre Franzen. En la primera narra sus años de instituto y en particular su militancia en un grupo religioso para adolescentes llamado Compañerismo. La segunda, también ubicada en los años de instituto, trata sobre los actos vandálicos que perpetró junto a un grupo organizado de estudiantes que se ocultaba bajo el nombre de DIOTI (anagrama de idiota, en inglés, además de un absurdo juego de palabras que me niego a reproducir). En ambos casos da la impresión de que la distancia que proporciona la edad ha permitido al autor verse más como un personaje que como él mismo, así como que las reflexiones intercaladas en la narración sean pertinentes, claras y libres de digresiones.

Los demás ensayos del libro oscilan entre lo interesante, lo frustrante y lo irritante. No soy capaz de entender cómo Franzen piensa que sus opiniones sobre el sistema de recaudación de donativos para los damnificados del huracán Katrina pueden interesar al lector, en especial si están incrustadas en el ensayo que a priori parecía tratar sobre el proceso de venta de la casa de sus padres, una vez fallecidos ambos. Lo que comienza como una situación dolorosa (retirada de recuerdos personales de la casa y valoración económica del hogar), provista de elementos dramáticos (discusiones entre los hermanos sobre el precio de venta) e idónea como pie para un mea culpa sobrio y sincero (la relación de Franzen con su madre sufrió numerosos escollos) se pierde en una maraña de digresiones que parece indicar que, a pesar del gusto del autor por hablar sobre él y lo que lo rodea, aún no está preparado para enfrentarse a sus demonios en campo abierto.

La destreza narrativa del autor evita que cerremos el libro, pero no que le cojamos manía a él. En “Mi problema con los pájaros” Franzen afronta sus recurrentes problemas de pareja y sus dudas sobre tener o no descendencia, empleando su afición a la observación de aves como contrapunto (ir a reservas naturales y alejarse de su entorno habitual le permiten olvidarse de todo lo anterior). Sin embargo, a medida que avanzan las páginas, va dejando de lado el tema principal y se embarca en una tediosa narración de avistamientos de patos enmascarados, escribanos de California y grullas cantoras, dando muestras no sólo del fervor del converso por su nueva afición sino también de una completa falta de empatía hacia sus lectores. Lo mismo se puede decir sobre “La lengua extranjera”, donde Franzen deja bien claras sus dificultades iniciales para aprender alemán, su posterior enamoramiento de esta lengua y, finalmente, su fascinación por su literatura. Todo eso estaría muy bien, si no fuera porque el efecto que produce en el lector es el de alejarse de cualquier cosa que tenga que ver con Alemania.

Cuando empecé este blog me dije que sólo escribiría reseñas de libros que me gustaran, y parece que en este caso no lo estoy cumpliendo. Pero si mi reacción a Zona fría ha sido, precisamente, fría, el motivo es que Franzen es un escritor al que he venido siguiendo con interés. Varios de los ensayos contenidos en Cómo estar solo merecen relecturas periódicas. Me pareció curioso y valiente que concluyera su novela Movimiento fuerte con un deus ex máchina en la forma de un movimiento sísmico. Y me conmovió el retrato de los Lambert, la familia de clase media protagonista de Las correcciones; me conmovió por lo minucioso, descarnado y extrapolable fuera de las fronteras estadounidenses (es difícil no verse reflejado en alguno de los miembros de esa familia). Y también he disfrutado con determinadas partes de Zona fría. Es estupenda la semblanza que en “Dos ponis” Franzen lleva a cabo de Charles M. Schulz, autor del célebre Snoopy; y me he reído mucho cuando Franzen habla de su infancia y adolescencia y se retrata como un freak aficionado a los juegos de palabras y los libros de Tolkien. Lo que sucede es que luego ese adolescente se convierte en adulto y deja de caerme bien. Quizá porque se olvida de que ser sincero no es lo mismo que ser interesante.

Ojalá Franzen pronto se dé cuenta de ello. Yo, mientras tanto, esperaré su próxima novela, a ser posible no autobiográfica.

Jonathan Franzen. Zona fría. Seix Barral. Barcelona. 2008

G-8 and His Battle Aces

abril 15, 2008

Cuando una portada ha sido realizada ex profeso para un libro logra que ambos se potencien mutuamente. Buena prueba de ello son las portadas de las novelas pulp de los años cuarenta. En muchos casos, las ilustraciones realizadas para aquellos libros han llegado a ser más conocidas que las historias narradas en su interior. Un ejemplo es la colección “G-8 and His Battle Aces”, que entre octubre de 1933 y junio de 1944 publicó historias centradas en ases de la aviación, si bien con un estilo muy personal.

Vía Every 10.000 Births

Como complemento de las dos reseñas dedicadas a Elmore Leonard que he añadido recientemente al blog, me ha parecido oportuno colgar el decálogo sobre la escritura de este genial novelista. Quizás el término decálogo no sea el más adecuado. Se trata más bien de diez consejos prácticos y concretos, enunciados desde la modestia, la sobriedad, la experiencia prolongada y la certeza de que la primera función de un novelista es contar historias; y siempre reconociendo la posibilidad de no seguir tales consejos, de hacer las cosas de otro modo y seguir haciéndolas bien.

1. Nunca empieces un libro hablando del clima.

Si sólo te sirve para crear atmósfera y no es una reacción del personaje al clima, no debes usarlo demasiado. El lector buscará las reacciones del personaje. Hay algunas excepciones, claro. Si conoces más maneras de describir el hielo y la nieve que un esquimal, puedes hablar del clima tanto como te dé la gana.

2. Evita los prólogos.

Pueden resultar molestos, especialmente un prólogo después de una introducción que viene antes de la dedicatoria. Pero en no ficción son muy habituales. En una novela, el prólogo cuenta los antecedentes de la historia, pero no hace falta contarlos al principio, puedes ponerlos donde quieras.

Siempre hay excepciones, claro. Dulce jueves de John Steinbeck tiene prólogo, pero me parece bien porque es un personaje del libro que deja claras las reglas, que nos explica como le gusta que le cuenten las cosas.

Lo que hace Steinbeck en Dulce jueves fue titular los capítulos a modo de indicación, aunque algo oscura, de lo que tratan. Hay dos capítulos que llega a titularlos “hooptedoodle” (palabrería) en los que avisa al lector: “Aquí haré vuelos espectaculares con mi escritura, y no se entremezclará con la historia. Sáltatelos si quieres”.

Dulce jueves se publicó en 1954, cuando yo empezaba a publicar, y nunca olvidaré el prólogo. ¿Me leí los capítulos hooptedoodle? Cada palabra.

3. No uses más que “dijo” en el diálogo.

La frase, en el diálogo, pertenece al personaje. El verbo viene a ser el escritor husmeando donde no debería. El verbo “decir” es bastante menos intruso que “gruñir”, “exclamar”, “preguntar”, “interrogar”… Cierta vez leí un “ella aseveró” al final de una frase de un personaje de Mary McCarthy y tuve que parar de leer para buscarlo el diccionario.

4. Nunca uses un adverbio para modificar el verbo “decir”.

… amonestó severamente. Usar un adverbio de esta manera (o de casi cualquier manera) es un pecado mortal. El escritor se expone a interrumpir el ritmo de intercambio cuando usa este tipo de palabras. Un personaje cuenta en uno de mis libros cómo solía escribir sus romances históricos “llenos de violaciones y adverbios”.

5. Controla los signos de exclamación.

Se permiten alrededor de dos o tres exclamaciones por cada 100.000 palabras en prosa. Si tienes el don de Tom Wolfe con ellos, puedes usarlos profusamente.

 

6. Nunca uses palabras como “de repente” o “de pronto”.

 Esta regla no requiere ninguna explicación. Me he dado cuenta de que los escritores que usan exclamaciones como “de repente” suelen tener menos control sobre sus signos de exclamación.

7. Usa términos dialectales muy de vez en cuando.

Si empiezas a llenar la página de diálogo ininteligible, no podrás parar. Un buen ejemplo sería Annie Proulx, que es capaz de captar muy bien el sabor del habla de Wyoming.

8. Evita las descripciones demasiado detalladas de los personajes.

Steinbeck lo hacía. Pero en “Colinas como elefantes blancos” Hemingway por ejemplo, usa una única descripción para el personaje de la mujer que acompaña al americano: “Se quitó el sombrero y lo dejó en la mesa”. Es la única referencia física en la historia, pero aún y así vemos a la pareja y sabemos de ellos por su tono de voz… sin adverbios que los acompañen.

9. No entres en demasiados detalles al describir lugares y cosas.

Si no eres Margaret Atwood, que pinta escenas con el lenguaje o no puedes describir el paisaje como lo hace Jim Harrison, no lo hagas. Incluso si estás dotado para las descripciones, ten en cuenta que el meollo de la historia debe ser la acción, no la descripción.

10. Trata de eliminar todo aquello que el lector tiende a saltarse.

Esta regla se me ocurrió en 1983. Piensa en lo que te saltas cuando lees una novela: largos párrafos de prosa con demasiadas palabras. ¿Qué está haciendo el escritor? Hablar del tiempo, o ha entrado en la mente del personaje y el lector o bien sabe qué es lo que piensa el personaje, o bien no le importa. Me apuesto lo que sea a que no te saltas el diálogo.

Mi regla más importante es una que las engloba a las diez:

Si suena como lenguaje escrito, lo vuelvo a escribir.

Si la gramática se inmiscuye en la historia, la abandono. No puedo permitir que lo que aprendí en clase de redacción altere el sonido y el ritmo de la narración. Es mi intento de permanecer invisible, no distraer al lector de lo que es escritura obvia (Joseph Conrad habló una vez de las palabras que se inmiscuyen en lo que quieres contar). Si escribo una escena, siempre desde el punto de vista de un personaje (el que me da la mejor visión de la vida en esa escena en particular) puedo concentrarme en las voces de los personajes contando quienes son y cómo se sienten, qué ven y qué sucede. Así es como desaparezco de la escena.

            ELMORE LEONARD

La obra de Elmore Leonard puede dividirse en dos grandes grupos: sus textos enmarcados en el género del western y los de género negro. Entre los primeros puede destacarse el relato breve 3:10 to Yuma, en el que se basó la película de mismo título protagonizada por Glenn Ford. El segundo grupo es el más conocido entre nosotros por existir unas cuantas traducciones al castellano, como Ciudad salvaje, Pronto o Persecución mortal.

Un tipo implacable (The Hot Kid, 2005) se ubica, abriéndose paso a codazos, entre los dos grupos.

En los años 30, las zonas rurales del estado de Oklahoma vivían todavía inmersas en el siglo XIX. Se habían producido cambios, pero el modo de vida continuaba siendo el mismo en lo esencial. Los ranchos habían dejado paso a las explotaciones petrolíferas, los caballos a flamantes coches Ford y las historias sobre célebres cuatreros a las contadas por los veteranos de la 1ª Guerra Mundial. Existía una inercia, y también una añoranza,  que frenaban la entrada del siglo XX. El pasado era mejor, más limpio, provisto de una épica ya asimilada y rememorada de modo incansable. La aceptación de los nuevos tiempos exigía una épica propia, o bien una extensión de la antigua a los tiempos modernos.

Los intentos de establecer esta nueva épica se encarnan en Un tipo implacable en la figura de Tony Antonelli, periodista en nómina de la revista True Detective y cronista no oficial de las andanzas de Carl Webster. Carl es el hombre de moda, un policía que a pesar de su juventud posee a sus espaldas una brillante trayectoria. Además es atractivo, se cubre con un sombrero panamá elegantemente ladeado, nunca pierde la calma y ha hecho célebre la frase: “Si me veo obligado a sacar el arma, dispararé a matar”. Y lo ha hecho varias veces. Es un moderno Wiatt Earp.

La némesis de Carl es Jack Belmont, primogénito de un magnate del petróleo. Parece llevar al diablo en la sangre. Siendo sólo un niño intentó ahogar a su hermana en una piscina; como resultado la niña sufrió daños cerebrales permanentes. Al llegar a la adolescencia el currículum delictivo de Jack se amplió, incluyendo el chantaje, el sabotaje y el asesinato, hasta que llegó el momento en que el dinero y los esfuerzos de su padre no bastaron para encubrir sus fechorías. Jack Belmont fue expulsado de la familia. Su madre guarda bajo la almohada un revólver cargado, por si algún día su hijo se atreve a volver a casa. Ahora Jack se dedica a regentar prostíbulos. Pero la idea de emular a John Dillinger o los célebres Bonnie Parker y Clyde Barrow le atrae cada vez más. El auténtico dinero y, lo que es más importante, la gloria están en atracar bancos.

Jack y Carl están destinados a enfrentarse, y Tony Antonelli narrará su duelo.

Los personajes de Un tipo implacable hacen todo lo posible por reproducir en los tiempos que les ha tocado vivir la épica del lejano Oeste. Prestan una gran atención a las formas, a las palabras dichas antes de desenfundar un arma o justo antes de morir, al estilo personal. Cuando una chica es invitada por Jack Belmont a unirse a él y ayudarlo a atracar bancos, a convertirse en “la chica del gánster”, su respuesta es: “¿Qué ropa me pondría?”. Elmore Leonard contribuye a ello no mostrando de forma directa determinados momentos de la historia: los enfrentamientos. Cuando están a punto de tabletear las metralletas Thompson, Leonard hace una elipsis y salta a cuando todo ha concluido. Y luego permite que sean los propios personajes quines narren lo sucedido, vistiéndolo de épica: quién desenfundó primero, dónde se encontraba exactamente cada cual, qué se dijeron…

Sin embargo la verdadera historia de Un tipo implacable es, precisamente, el fracaso en la construcción de esta nueva épica. Carl Webster renunció a la fortuna que su padre, un criador de nogales, le ponía en bandeja, para dedicarse en su lugar a perseguir delincuentes. Una admirable decisión, si no fuera por el apenas contenido afán de notoriedad de Carl y su gusto, también difícilmente contenido, por disparar a la gente. Jack Belmont también renunció a una fortuna. Prefería ser un forajido. Muy romántico. Pero no es ningún Robin Hood. Es un asesino sicópata.

Carl y Jack se parecen más de lo que están dispuestos a admitir. Comparten el gusto por las armas, por el mismo tipo de mujeres y por figurar en la primera plana de los periódicos. Uno ha escogido un bando, y el otro, el contrario. Se persiguen con la intención de liquidarse pero a la vez se necesitan para alcanzar la fama.

En los escasos atisbos que Leonard nos da sobre cómo suceden de veras las cosas, descubrimos que la realidad es muy diferente a como cuentan los supervivientes de los tiroteos o a lo que se publica en True Detective. El famoso disparo de Carl Webster a cuatrocientos metros de distancia con el que abatió a un atracador que huía en coche iba dirigido a una rueda del vehículo. Pero salió desviado y alcanzó al conductor en la cabeza. Esto sólo lo sabemos nosotros. Y el propio Carl, que tiene buen cuidado de no revelarlo.

Cuando por fin Carl y Jack se encuentran frente a frente, uno sobrevive y el otro termina en el polvo, acribillado. Pero los dos fracasan pues descubren en el último momento que el mundo que habían creado a su alrededor sólo existe en las novelas baratas y en las historias contadas en las barras de los bares. Lo auténtico de veras se quedó en el pasado, en el padre de Carl, veterano de la guerra de Cuba, emparejado con una india y tranquilo plantador de nogales; y en el padre de Jack, que salido de la nada pasó su juventud dedicado al duro trabajo de perforar pozos de petróleo y levantó un imperio con sus propias manos.

¿Y qué nos queda a nosotros una vez dicho adiós a la magia del western? La dura realidad plasmada en las demás novelas de Leonard, una realidad no por desprovista de leyenda menos fascinante.

Elmore Leonard. Un tipo implacable. Alianza Editorial. Madrid. 2006

Las versiones existentes de La tempestad de William Shakespeare son muchas y muy diversas. La que hoy nos ocupa traslada la obra isabelina al género del cómic y al universo de la ciencia ficción. Esto no es algo novedoso; el cómic ha recurrido a menudo a Shakespeare y la célebre película Planeta prohibido (Fred M. Wilcox, 1956), por ejemplo, es también una versión de La tempestad.

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En este caso Próspero, el mago vengativo, ha sido transformado en un científico; la isla donde permanecía oculto de su hermano, en un planeta remoto; el ducado de Milán y el reino de Nápoles, en compañías comerciales; el vino con que se emborrachaban varios de los marineros llegados a la isla, en unas curiosas pompas alucinógenas; Ariel, el espíritu del aire, en un superordenador con semejanzas al HAL9000 de 2001: Una odisea del espacio

Hasta aproximadamente la mitad de la obra, Santiago García, autor del guión de esta nueva versión de La tempestad, se atiene al original shakespeareano, con la salvedad de las traslaciones antes citadas y unas cuantas más. Sin embargo Shakespeare es mucho Shakespeare y la traducción (reducción) de sus versos al escueto espacio de los bocadillos de un cómic puede traer resultados no muy brillantes. Esto es algo que se barrunta cuando los náufragos espaciales comienzan a tejer una trama de conspiraciones entre ellos, en exceso esquemáticas y un tanto precipitadas, que pueden hacer que el lector (en especial el desconocedor de la obra original) alce la ceja ante tan repentina cantidad de información y menciones al pasado de los personajes. Pero no cabe duda de que Santiago García es consciente de esto. Por otro lado, cualquiera que desempeñe una labor creativa con honestidad encuentra poco agrado en versionar una obra anterior limitándose a trasladar la acción a una nueva época y a otro lugar. Ni siquiera cuando el referente es una obra maestra como La tempestad de Shakespeare. Sin duda deseará aportar algo de su propia cosecha, sorprender al lector que se esperaba otra cosa, que esperaba lo mismo de siempre. Todo ello nos lleva a pensar, a medida que se pasan las páginas, que Santiago García nos reserva, de un momento a otro, un golpe de timón. Y éste llega, como he dicho, hacia la mitad de la obra.

La tempestad pertenece al grupo de los romances de Shakespeare, las últimas que escribió (al menos, en solitario). Para entonces al público habían dejado de atraerle las largas y exigentes tragedias al estilo de Hamlet; y las comedias románticas, como Mucho ruido y pocas nueces, iban perdiendo vigencia a medida que el periodo teatral isabelino cedía terreno al jacobeo, más oscuro. Lo que se estilaba en esa época era un tipo de espectáculo intermedio, con elementos tanto de tragedia como de comedia, no demasiado largo y abundante en números musicales y efectos especiales. Los romances comenzaban con un conflicto potente y marcado aire trágico. Sin embargo, en cierto momento de la trama, la obra experimentaba un giro repentino que conducía a un desenlace positivo. Un desenlace que no era tan abiertamente feliz como en las comedias románticas pero que tampoco estaba marcado por el derramamiento de sangre habitual en las tragedias.

Desvelar aquí cuál es la opción tomada por Santiago García a la hora de darnos su versión propia de La tempestad sería acabar con el disfrute y la sorpresa que despierta su lectura. Tan sólo diré que Santiago García rechaza el curso tradicional del romance para inclinarse por el de la tragedia. La sangre corre. Y corre a raudales. Por otro lado, el guionista da un protagonismo creciente a Calibán (aquí rebautizado como Ayu), uno de los personajes más atractivos de la obra de Shakespeare, en la que, por el contrario, se difuminaba hacia el final.

En cuanto a la parte gráfica, el estilo de Javier Peinado es el de línea clara de la escuela francobelga. Recuerda, en especial en los artefactos y los decorados, al trabajo de Edgar P. Jacobs. Y esta observación es un halago. En cualquier caso, se trata de un estilo personal, que presta gran cuidado a la composición de la página y la viñeta (excelente el corte transversal de la nave antes de estrellarse, donde se ve a los diferentes grupos de personajes dirigirse a las chalupas de salvamento).

En definitiva, La tempestad de Santiago García y Javier Peinado es una estimulante versión de un clásico, que demuestra una vez más, por si alguien todavía necesita que se lo recuerden, la capacidad del cómic para hacer frente a todo tipo de historias.

Santiago García y Javier Peinado. La tempestad. Astiberri. Bilbao. 2008

BONUS

Para los que queráis saber más de este cómic, aquí tenéis un avance de animado.

Hey, Oscar Wilde!

abril 3, 2008

Hey, Oscar Wilde! It´s clobberin´time es un blog curioso de veras. Se dedica a recopilar retratos de escritores y personajes literarios, realizados por conocidos ilustradores. Aquí tenéis unos ejemplos de la larga lista disponible. Ésta se encuentra clasificada tanto por ilustradores como por escritores/personajes.

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Lolita, por Phil Noto

 

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Dashiell Hammett, por Jay Stevens

 

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El capitán Ahab, por Mike Huddleston

 

Celebración Pulp

abril 1, 2008

En 1997, DC Comics decidió dar un aire diferente a sus números anuales. Con ese motivo todas las portadas fueron realizadas imitando el añejo estilo de las novelas pulp. El conjunto de los anuales recibió el título de Pulp Heroes. ¿El resultado? Brillante.

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Otras portadas, en Super Punch

Vía Every 10.000 births

 

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