Cuentos embotellados

Noviembre 26, 2009

Columna publicada en Deia el 25 de noviembre de 2009.

CUENTOS EMBOTELLADOS

Voy a hablar de algo que no me gusta, aun a riesgo de hacerle publicidad. Entre los productos navideños de este año destaca un libro. Título: Cuentos de Navidad. En la portada, en el lugar correspondiente al autor: Ana Botella (en adelante: la antóloga).

El libro es una selección de cuentos clásicos de autores como los hermanos Grimm, Hans Christian Andersen y Mark Twain. Hasta aquí nada que objetar; podemos suponer a la antóloga cierto gusto literario y buen asesoramiento. La cosa se complica al saber que estos cuentos “son una herramienta muy útil para los padres y para leer en familia”. Y se complica más cuando nos enteramos de que al libro lo acompaña un CD donde la antóloga recita algunos de los cuentos.

La apropiación de obras literarias por los políticos es cosa antigua pero siempre censurable. De las declaraciones de la antóloga se deduce que el libro es una herramienta de transmisión de valores. Pero siendo ella quien es, no se tratará de valores universales, sino de ciertos valores. Sus cuentos serán para leer en familia, pero no para todo tipo de familias.

El problema reside en que (y esto me atrevo a afirmarlo sin saber qué cuentos aparecen en el libro) sí son para todas las familias. Una obra literaria no posee un significado cerrado; eso implicaría, por parte del autor, un conocimiento absoluto de algún aspecto de la existencia, lo que es imposible. La literatura es subjetiva. Al apropiársela, los políticos destacan el significado que les interesa y relegan los demás posibles. Como sucede en este caso. El nombre de la antóloga en la portada y su voz en el CD serán poderosos motivos para que mucha gente rechace el libro y, lo que es peor, vea con sospecha a los autores que en él aparecen. A esa gente le pido criterio propio. No compren Cuentos de Navidad si no quieren, pero lean a los hermanos Grimm, a Twain y a los demás, y disfrútenlos sin prejuicios. 

Barreras a eliminar

Noviembre 5, 2009

Columna publicada en Deia el 5 de noviembre de 2009.

BARRERAS A ELIMINAR

Hace dos semanas escribí en estas páginas una columna dedicada al libro electrónico. Con su permiso voy a insistir en el tema, tanto para matizar y completar lo dicho como por el gusto de especular sobre el futuro de una innovación tecnológica.

Concluí aquella columna diciendo que no debemos temer al libro electrónico, porque si éste se universaliza será sólo porque ha demostrado una utilidad mayor que la de otros formatos de lectura.

Sin embargo, creo que en el concepto mismo del libro electrónico hay algo intrínsecamente poco práctico. Me explico. A diferencia de lo que sucede con la música, para la que siempre es necesario un sistema de reproducción (tocadiscos, reproductor MP3…), los libros no requieren intermediarios. Esto, que quizá por darlo por hecho no apreciamos en su justa medida, supone una enorme comodidad. El libro electrónico implica acabar con esa relación directa entre texto y lector interponiendo entre ambos una serie de barreras. La lectura pasa a depender de un aparato que puede fallar o quedar obsoleto, y de una fuente de energía y una conexión a Internet que pueden no estar disponibles. Paradójicamente, el libro electrónico se convierte así en un obstáculo para la lectura.

Para que el ebook se imponga deberá compensar este inconveniente con unas ventajas que aún están por demostrar. Es ególatra y presuntuoso pensar que porque nosotros, minoría privilegiada, dispongamos de acceso a Internet y dinero para comprar ebooks ha llegado el momento de hacer hogueras con el papel. En algunos contextos el libro electrónico será muy práctico; en otros, incluso en el seno de nuestra supertecnificada vida moderna, será inútil. Esto garantizará una convivencia, espero que fructífera, entre ambos formatos. Una convivencia que durará hasta que nos sea posible preguntar: «¿Qué libro electrónico te llevarías a una isla desierta?».

Carne de elipsis

Octubre 29, 2009

Columna publicada en Deia el 29 de octubre de 2009.

CARNE DE ELIPSIS

El pasado domingo, cuando volvía a casa en coche me encontré la puerta del garaje atascada. No había forma de que se abriera. Los vehículos que regresaban tras pasar fuera el fin de semana se apelotonaban en la calle. Mientras esperábamos a que un técnico y un par de voluntariosos vecinos arreglaran el motor, yo pensaba en lo prescindible de aquel momento. Una escena similar nunca aparecería en una historia de ficción.

Eso me llevó a pensar que el carácter infalible de, por ejemplo, Gil Grissom, célebre protagonista de CSI Las Vegas, no se debe sólo a la inteligencia y templanza que demuestra en cada escena, sino a que son muchos los momentos de su vida que se nos ocultan; de hecho, la mayoría. No le vemos atrapado en un atasco, muerto de aburrimiento, ni pedir al peluquero que le disimule la incipiente calva de la coronilla, ni dudar en el supermercado sobre qué marca de queso comprar… Grissom y sus equivalentes, la clase privilegiada del plano de la ficción, son superhéroes que se trasladan instantáneamente de un lugar a otro, cuyos actos son siempre relevantes y sus palabras pertinentes. Esto no significa que no les veamos cometer errores, pero incluso éstos poseen categoría; les hacen crecer como personajes, no representan un engorroso freno para sus historias sino que las impulsan hacia delante. Para que cualquiera de nosotros se convirtiera en un héroe, o al menos lo pareciera, no haría falta añadir hazañas a su vida, sólo eliminar momentos prescindibles, carne de elipsis.

Quienes se dedican a la escritura pueden acercarse a este ideal. Permanecen ocultos durante meses o años, trabajando, y tras ese tiempo ofrecen al público un destilado de su labor; un destilado que es incluso superior a ellos mismos. Las inseguridades, los tiempos muertos, las tachaduras quedan ocultos. Pero luego llegan las columnas semanales y la puerta del garaje se atasca.

O.L.N.I

Octubre 22, 2009

Columna publicada en Deia el 21 de octubre de 2009.

O.L.N.I

Creo que a todos los que nos dedicamos de una forma u otra a la escritura alguien nos ha preguntado últimamente acerca del libro electrónico. Algunas personas te interrogan bajando la voz, con un tono entre grave y confidencial, como si preguntaran por un pariente en estado terminal o por la evolución de alguna enfermedad venérea que uno padeciera. Yo suelo encogerme de hombros y responder con un sencillo: «No me parece mal». Y después, para que quede bien claro, me encojo de hombros otra vez.

El libro electrónico no me quita el sueño. Estamos ante un caso en que la tecnología no acude a aliviar una necesidad, como sí sucedió con el teléfono móvil, sino que avanza por su cuenta y desarrolla algo para lo que no existía demanda previa. De pronto ha aterrizado entre nosotros un artefacto con el que nadie sabe qué hacer, un Objeto Legible No Identificado. Al margen de los fabricantes, creo que nadie se había detenido a pensar con cierto detenimiento cómo serían las cosas cuando llegara el libro electrónico, de ahí la confusión reinante ahora: no se sabe cómo se comercializarán los textos, cómo se gestionarán los derechos… Sony, Amazon y compañía incitan el debate para que a fuerza de oír sobre el tema creamos necesitar un ebook. Por otro lado, les han entrado al trapo unos alarmistas aterrados ante la posibilidad de no poder disfrutar del aroma del papel.

El libro electrónico presenta ventajas e inconvenientes respecto al libro convencional. A día de hoy creo que los segundos son mayores que las primeras. Pero si en el futuro el libro electrónico se impone, no será por la mera insistencia de sus fabricantes sino porque las ventajas habrán pasado a ser predominantes y capaces de convencer a un público mucho más amplio que los tecnofanáticos que babean ante cualquier cosa que pueda conectarse a Internet. Es decir, porque represente un cambio a mejor. Entonces, ¿cuál es el problema?

Idealismos

Octubre 15, 2009

Columna publicada en Deia el 14 de octubre de 2009.

IDEALISMOS

El pasado día 8 se anunció que el Premio Nobel de Literatura de 2009 ha recaído en Herta Müller, autora a la que no he leído pero cuya calidad no pongo en duda. En los numerosos artículos aparecidos al respecto desde entonces se menciona la sobrecogedora forma en que su obra muestra la Rumanía de Ceausescu y las condiciones de vida de los rumanos de origen alemán tras la caída del régimen nazi. Y en bastantes de tales artículos se da a entender, si no se dice explícitamente, que el mérito de Müller reside en buena parte en la elección de tales temas.

Es cierto que un galardón de este nivel exige una justificación que vaya más allá de la tautología: Fulano recibe el Nobel de Literatura por ser un gran escritor, Mengano recibe el Nobel Química por ser un gran químico… En el caso de la literatura, esa justificación resulta resbaladiza, como demuestran los comunicados hechos al respecto por la Academia Sueca, a menudo de carácter muy general e intercambiables entre autores. Cuando los comentaristas tratan de profundizar más pueden caer en el error, en especial si el autor es poco conocido, de atribuir su calidad a determinada militancia social o política plasmada en su obra.

En palabras de Alfred Nobel, el Nobel de Literatura debe concederse a obras «del ámbito idealista». El término «idealismo» puede interpretarse en este contexto de muy diversas formas: progreso en las capacidades expresivas del lenguaje, reflexión crítica sobre la propia literatura, defensa de causas sociales… Dependiendo de las modas la interpretación ha ido hacia un lado u otro. ¿Pero acaso una obra literaria no es idealista en sí misma, al margen de su temática? ¿No es idealista pretender no sólo plasmar sino llegar a comprender en alguna medida, por pequeña que sea, el comportamiento humano? En eso reside el auténtico valor de la literatura.

Y dicho esto, disfrutemos de los libros de Herta Müller.

Casa desolada

Octubre 7, 2009

Columna publicada en Deia el 7 de octubre de 2009.

CASA DESOLADA

Me encanta el cine de ciencia-ficción. El que se hacía antes. Naves misteriosas, El Imperio contraataca, La Cosa… Hoy me cuesta mucho encontrar películas comparables a aquellas. (He tenido en cuenta la eliminación del importantísimo factor nostalgia.) Pero aun así sigo yendo al cine a ver ciencia-ficción. Incansablemente. Aunque sepa de antemano que lo que voy a ver no me va a gustar. Me explico.

Suponga usted que está dando un paseo por su antiguo barrio y pasa por delante de la que, hace mucho tiempo, fue su casa. Ve a uno de los nuevos inquilinos en el jardín y le comenta que usted vivió allí. Él, muy amable, le invita a pasar. En ese lugar vive ahora otra familia, con sus vidas, sus problemas, sus alegrías… pero a usted lo único que le interesa es la casa. Quiere recorrer las habitaciones donde pasó la infancia. Quiere inspeccionar los rincones donde jugaba y que los nuevos inquilinos dejen de molestarle con sus tonterías, que si le apetece un café, que si hemos barnizado el parqué…

A mí me pasa lo mismo con el actual cine de ciencia-ficción. No me interesan los inquilinos, prefiero la casa. Pago gustoso el precio de la entrada sólo para ver naves espaciales, androides, alienígenas, espadas láser, compuertas que se abren con un susurro hidráulico o escuchar una banda sonora de John Williams. Esos elementos de ambientación me producen mucho más placer que las historias. Incluso en el caso de películas como Distrito 9, que presumen de aportar algo nuevo, sólo me encuentro con un añadido realizado a la que fue mi casa; le han sumado una habitación más, diseñada por un arquitecto imaginativo y levantada por albañiles mañosos, pero sus habitantes y las cosas que me cuentan cuando voy de visita no están a la altura.

No he perdido la esperanza. Aún confío en que aquella casa donde fui tan feliz encuentre los inquilinos que se merece.

Más que dibujitos

Septiembre 30, 2009

Columna publicada en Deia el 30 de septiembre de 2009.

MÁS QUE DIBUJITOS 

El pasado 18 de septiembre, Vicente Molina Foix publicó en Tiempo una columna titulada “Dibujos animados”. En ella se quejaba de que «la consideración del tebeo como una de las bellas artes está ahí para quedarse» y de «la disparatada instauración […] del Premio Nacional del Cómic, con el que nuestro Ministerio de Cultura enaltece al dibujante de monigotes con la misma dignidad y (el mismo dinero) que otorga al mejor novelista, poeta o ensayista del año». Creo que con esto ya se hacen una idea del tono y el contenido.

Sería fácil replicar diciendo que «la equiparación de Mortadelo & Filemón y el manga con Thomas Mann o Buñuel» sólo existe en la columna del señor Molina Foix, o que definir el cómic como «dibujitos» es lo mismo que decir que las novelas son palabras puestas una detrás de otra. Pero prefiero hablar de a qué me ha recordado esa columna.

“Dibujos animados” me ha hecho pensar en las críticas que, en su momento, los autodenominados intelectuales dedicaron a un género literario que empezaba a gozar de gran aceptación entre los lectores, género que conocemos como novela. Aquellas críticas menospreciaban las novelas alegando que eran sartas de ficciones sin otro fin que la evasión, fuentes de confusión para mentes incautas, distracciones vacuas para las ociosas damas burguesas… En definitiva, dejaban claro que la novela no podía compararse con géneros más elevados, como la poesía y el ensayo, y solicitaban fronteras para su crecimiento y consideración. Tales comentarios no consiguieron nada. La novela ganó terreno y evolucionó hasta convertirse en lo que es hoy, como las novelas del propio Molina Foix demuestran.

Con esto no pretendo decir, ni mucho menos, que el cómic terminará desplazando a las demás artes, sino que los argumentos anclados en el pasado y basados más en el interés propio que en el respeto poco, o nada, pueden hacer contra las nuevas formas de expresión.

Página en blanco

Septiembre 23, 2009

Hoy he empezado a publicar una columna semanal en el periódico Deia, columna que (cuando me guste de verdad) colgaré también en el blog. Aquí tenéis la primera, titulada:

PÁGINA EN BLANCO

Tengo opiniones encontradas sobre Californication. Para los que no sepan de qué hablo, me refiero a la serie de televisión protagonizada por el actor David Duchovny (el otrora agente Mulder de Expediente X) que actualmente puede verse en varios canales en castellano. Duchovny interpreta a Hank Moody, un escritor residente en Los Ángeles que pasa por horas bajas. Su día a día consiste en acostarse con todas las mujeres con quien tiene oportunidad (que son muchas), jugar al Guitar Hero con su hija preadolescente y tratar de recuperar la confianza de su ex mujer. Por un lado, me parece una serie con personajes atractivos y una incorrección política muy de agradecer. Por otro, me molesta porque fomenta bastantes estereotipos sobre los escritores. Unos estereotipos que nada tienen (o tendrían) que ver con la realidad, pero a los que, al parecer, debe atenerse quien quiera ser un escritor cool.

El protagonista de Californication luce un malditismo impostado; escribe sólo bajo los efectos de la inspiración (nada de trabajar si no le apetece); cuando escribe, redacta un único manuscrito que luego pasea por todas partes como un periódico viejo hasta que acaba perdiéndolo; y la mayor parte del tiempo está bloqueado.

Esto último es lo que más me molesta. ¿Recuerdan alguna película sobre un corredor de bolsa, un cajero de peaje de autopista o un asesino a sueldo bloqueado? Por lo visto, los creadores de Californication, y de otras ficciones sobre escritores, piensan que la escritura es tan aburrida que antes de mostrar a alguien escribiendo, o el fruto de su trabajo, o las consecuencias del mismo, es mejor mostrarlo tumbado en un sofá sin hacer nada.

Espero que cuando lean esta columna semanal con la que hoy debuto, no piensen que ojalá yo también estuviera bloqueado. Intentaré no caer en este estereotipo ni en ningún otro de los mencionados. Aunque no prometo nada.