El próximo domingo, 7 de junio, estaré firmando ejemplares de Como una historia de terror, en la Feria del Libro de Bilbao, situada en la plaza del Arenal. Me encontraréis en la caseta de la librería Etxean a partir de las 19:00.

¿Qué me gustaría conseguir en este 2009 recién estrenado?

Una mansión con telarañas, una doncella ojerosa, aprender a bailar (o al menos seguir bailando mal pero sin avergonzarme de ello) y conocer a Susan Sarandon.

Pynchon writes back

Diciembre 16, 2008

Leo en ThomasPynchon.com que Penguin publicará en agosto de 2009 una nueva novela del autor más alérgico a las fotografías. Llevará por título Inherent Vice.

Traduzco la sinopsis:

Ha pasado mucho tiempo desde que Doc Sportello vio por última vez a su ex novia. De pronto ella aparece de la nada hablando sobre un plan para secuestrar a un promotor de terrenos billonario del que acaba de enamorarse. Para ella resulta fácil decirlo. Nos encontramos a finales de los sicodélicos años sesenta en Los Angeles, y Doc sabe que «amor» es una de esas palabras de moda, como «viaje» o «guay», salvo que ésta suele conducir a problemas. A pesar de ello en seguida se ve envuelto en una maraña de crímenes y pasiones cuyo elenco de personajes incluye surferos, timadores, drogadictos y rockeros, un prestamista asesino, un saxofonista tenor que trabaja encubierto, un ex convicto con una esvástica tatuada y encariñado con Ethel Merman (actriz de musicales estadounidense, célebre en los años treinta) y una misteriosa entidad conocida como Colmillo Dorado, que sólo puede ser una estratagema fiscal empleada por algunos dentistas (!!!???!!!).

En este animado panorama, Thomas Pynchon, trabajando en un género inhabitual en él, ilustra ese dicho que reza que si recuerdas los sesenta, no estuviste allí… o… si estuviste allí, entonces… o, no, un momento, no era así…

Parte género negro, parte retozo sicodélico, todo Thomas Pynchon: el detective privado Doc Portello asoma de la niebla de marihuana para atisbar el final de una era, al mismo tiempo que el amor libre se desvanece y la paranoia se desliza con cautela junto a la niebla de Los Ángeles.

Teniendo en cuenta los buenos resultados que le dio a Pynchon la evocación sesentera en Vineland (una de sus mejores novelas, a pesar de lo que digan los Pynchoadictos extremistas), y el coqueteo con el género negro, esto pinta muy, muy bien.

Recordemos que aún está pendiente de publicarse en castellano su anterior novela Against the Day; en principio anunciada por Tusquets.

Las mejores portadas de 2008

Diciembre 4, 2008

Como ya es habitual cuando llegan estas fechas, The Book Design Review organiza una votación para seleccionar las mejores portadas de libros editados en los mercados inglés y norteamericano durante el año que está a punto de concluir.

Aquí tenéis algunas de las propuestas:

(Tercera y última parte del ensayo “La naturaleza de la diversión”, de David Foster Wallace.) 

La mejor conclusión que se puede extraer, creo, es que la salida de ese bloqueo es retroceder hacia tu motivación original: la diversión. Y si puedes encontrar el camino de regreso a la diversión, descubrirás que el bloqueo durante el periodo de vanidad resulta haber sido un golpe de buena suerte para ti. Porque la diversión hacia la que luchas por volver ha sido transfigurada por la profunda insatisfacción causada por la vanidad y el miedo, una insatisfacción que ahora estás tan ansioso por evitar que la diversión que redescubres es de un tipo más pleno y acogedor. Tiene algo que ver con el trabajo como forma de juego. O con el descubrimiento de que la diversión disciplinada es algo más que la diversión impulsiva y hedonista. O con comprender que no todas las paradojas tienen que ser paralizantes. La administración de este nuevo tipo de diversión convierte la escritura de ficción en un medio para profundizar en tu interior e iluminar precisamente las cosas que no quieres ver ni que los demás vean, y esas cosas se revelan a la postre (paradójicamente) como aquello que todos los escritores y lectores, en todas partes, comparten y a lo que responden, lo que los conmueve. La escritura se convierte en un modo de conocerse a uno mismo y decir la verdad en lugar de un modo de escapar de ti o de presentarte a ti mismo de una forma lo más grata posible a los demás. El proceso es complicado y confuso y da miedo, y también es un trabajo duro, pero su fruto es la mejor diversión que existe.

El hecho de que ahora puedes cimentar la diversión de la escritura en el enfrentamiento a las partes menos divertidas de ti, y que en un primer momento habías tratado de evitar mediante la escritura, es otra paradoja, pero ésta no es, en absoluto, motivo de bloqueo. Lo que es, es un regalo, algo parecido a un milagro, y comparado con ella la recompensa del afecto de los demás se convierte en polvo, en hebras.

(Continuación del ensayo “La naturaleza de la diversión” de David Foster Wallace.)

Pero a pesar de todo es muy divertido. No me malinterpreten. Al reflexionar sobre la naturaleza de esa diversión, me viene a la mente aquella historia que oí una vez en la escuela dominical cuando yo tenía más o menos la altura de una boca de incendios. Se desarrolla en China o Corea o un sitio de esos. Por lo visto había un viejo granjero que vivía a las afueras de un pueblo emplazado entre colinas. El granjero trabajaba su granja sin más ayuda que la de su único hijo y la de su amado caballo. Un día el caballo, que no sólo era amado sino también crucial para las duras tareas de la granja, abrió la portilla de su corral o de donde fuera que estuviese y huyó a las colinas. Los amigos del viejo granjero acudieron y le dijeron que había tenido mala suerte. El granjero se limitó a encogerse de hombros y dijo: «Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?». Un par de días después el amado caballo regresó de las colinas en compañía de una manada de valiosos caballos salvajes, y todos los amigos del granjero acudieron para felicitarlo por el golpe de suerte en que había concluido la huida del caballo. «Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?», fue todo lo que él respondió, encogiéndose de hombros. Ahora me choca el estilo un poco Yiddish del viejo granjero chino, pero así es como recuerdo la historia. A continuación el granjero y su hijo se pusieron a domar los caballos salvajes, y uno de éstos derribó con tanta  fuerza al hijo que éste se rompió una pierna. Y de nuevo volvieron los amigos para consolar al granjero y maldecir la mala suerte que habían llevado a la granja aquellos caballos salvajes. El viejo granjero tan sólo se encogió de hombros y dijo: «Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?». Unos días después el ejército imperial chino o coreano, o algo así, apareció desfilando en el pueblo y reclutó como carne de cañón para sus filas a todos los varones sanos con edades comprendidas entre los diez y los sesenta años con motivo de algún terrible y sangriento conflicto que al parecer se estaba tramando, pero cuando vieron la pierna rota del hijo, lo dejaron ir con el equivalente a una licencia por invalidez, y en lugar de ser reclutado por la fuerza el hijo se quedó en su hogar junto al viejo granjero. ¿Buena suerte, mala suerte?

Éste es el tipo de historia sinuosa al que te enfrentas cuando tratas el tema de la diversión del escritor. Al principio, cuando intentas escribir ficción por primera vez, el esfuerzo tiene como único fin la diversión. No esperas que nadie más lea lo que haces. Escribes casi con el único motivo de salir de ti mismo. Para dar rienda suelta a tus fantasías y pensamientos retorcidos y para huir de partes de ti mismo que no te gustan, o bien para transformarlas. Y funciona. Y es muy divertido. Entonces, si tienes buena suerte y a la gente parece gustarle lo que haces, y empiezas a recibir dinero a cambio, y llegas a ver tu material profesionalmente impreso y encuadernado y publicitado y reseñado e incluso (una única vez) siendo leído en el metro por una atractiva desconocida todo esto lo hace aún más divertido. Durante unos momentos. Entonces las cosas empiezan a complicarse y a volverse confusas, por no decir que llegan a asustar. Ahora sientes que estás escribiendo para otras personas, o al menos así lo esperas. Ya no escribes sólo para salir de ti mismo -que como cualquier tipo de masturbación es una labor solitaria y vacía-, lo que probablemente resulta positivo. ¿Pero qué sustituye a la motivación onanista? Has descubierto que el hecho de que a otras personas les guste tu trabajo te produce gran satisfacción, y te esfuerzas para que también les guste el material en que estás trabajando ahora. La motivación de la pura satisfacción personal empieza a ser suplantada por la motivación de gustar, de que haya gente guapa a la que le gustes y que te admire y que opine que eres un buen escritor. El onanismo, como motivación, cede su lugar a un intento de seducción. Y ese intento de seducción se convierte en un trabajo duro, y la diversión se ve sustituida por un terrible miedo al rechazo. Sea lo que sea el «ego», tu ego se ha incorporado al juego. O puede que «vanidad» sea una palabra más adecuada. Porque te has dado cuenta de que destacar, convencer a la gente de que eres bueno, representa una buena compensación por tu esfuerzo. Esto es comprensible. Ahora escribir significa mucho para ti: tu vanidad está en juego. Descubres un aspecto complejo de la labor del escritor: una cierta dosis de vanidad es necesaria para llevarla a cabo, pero en cuanto la vanidad supera esa dosis precisa se vuelve letal. En algún momento descubres que el noventa por ciento de lo que escribes está motivado y nutrido por una exacerbada necesidad de satisfacer a los demás. El resultado es trabajo mierdoso. Y la ficción mierdosa debe acabar en la papelera, no por algo que podemos llamar integridad artística, sino porque el trabajo mierdoso provocará que dejes de gustar a los demás. En este punto de la evolución de la diversión a través de la escritura, lo que antes te había incitado a escribir se convierte en la causa de que tires tu trabajo a la papelera. Esto es una paradoja y una lata, y puede bloquearte durante meses e incluso años, periodo durante el que gimes y rechinas los dientes y lamentas tu mala suerte y tratas de imaginar adónde se ha ido la diversión.

(Sigue)

Con motivo del reciente fallecimiento de David Foster Wallace recordé un breve ensayo suyo que había leído en Internet hace años. En él, a su característico modo oblicuo y a la vez incisivo, DFW reflexionaba sobre los placeres y penurias de la escritura.

Localicé el texto en The Howling Fantods!, página web que recopila abundante material de DFW no incluido en sus libros: ensayos, entrevistas, reseñas e incluso alguna obra narrativa breve. El ensayo lleva por título “La naturaleza de la diversión” y apareció en septiembre de 1998 en la revista Fiction Writer Magazine; siendo incluido posteriormente en la antología Why I Write: Thoughts on the Craft of Fiction. Hasta donde he averiguado “La naturaleza de la diversión” está inédito en castellano, así que sin pedir permiso a nadie he decidido traducirlo.

Para que este post no resulte demasiado extenso, dividiré el texto en varias partes. De los posibles errores e incoherencias, culpad al traductor.

Espero que os guste.

*** 

La naturaleza de la diversión 

DAVID FOSTER WALLACE

 

La mejor metáfora que conozco sobre lo que es ser un escritor de ficción aparece en la novela de Don DeLillo Mao II, donde el autor describe un libro a medio escribir como un niño horriblemente deforme que sigue al escritor allá adonde vaya, gateando tras él (arrastrándose por el suelo de restaurantes donde el escritor trata de comer, apareciendo al pie de su cama en cuanto abre los ojos por la mañana, etc.), horriblemente anormal, hidrocefálico y desnarigado y con unos brazos atrofiados que parecen aletas e incontinente y retrasado y babeando fluido cerebro-espinal mientras lloriquea y farfulla y grita reclamando amor, reclamando la única cosa que su monstruosidad le garantiza conseguir: la completa atención del escritor.

La figura del niño deforme es perfecta porque refleja la mezcla de repulsión y amor que el escritor de ficción siente por aquello en lo que está trabajando. La ficción siempre sale a la luz horrorosamente defectuosa, como una horrible traición a todas las esperanzas puestas en ella -una caricatura cruel y repelente de la perfección que presentaba en el momento de su concepción primera-; sí, entended: grotesca por lo imperfecta. Y aun así es tuyo, el niño, eres , y lo quieres y te lo subes a tus rodillas y lo haces saltar y limpias el fluido cerebro-espinal de su floja barbilla con el puño de tu única camisa limpia (sólo te queda una camisa limpia porque no has hecho la colada en casi tres semanas porque parece que por fin ese capítulo o ese personaje están a punto de salir y funcionar como debe ser y te aterroriza perder el tiempo en cualquier otra cosa que no sea trabajar en ellos porque si desvías la vista un segundo los perderás, condenando al niño a una monstruosidad sin final). Así que quieres al niño deforme, lo compadeces y lo cuidas; pero también lo odias -lo odias- porque es defectuoso, repulsivo, porque algo grotesco le ha sucedido durante el parto, de tu cabeza al papel; lo odias porque su deformidad es tu deformidad (puesto que si fueras mejor escritor tu niño sin duda se parecería a esos niños que aparecen en los catálogos de ropa infantil, perfectos y sonrosados y con el fluido cerebro-espinal en su sitio) y cada uno de sus horribles resuellos es una devastadora acusación contra ti, a todos los niveles… y por lo tanto lo quieres muerto, incluso cuando lo adoras y lo lavas y lo acunas e incluso cuando le practicas la resucitación cardiopulmonar cuando parece que su propia monstruosidad le ha bloqueado la garganta y parece que por fin va a matarlo.

Todo el asunto es desagradable y triste, pero al mismo tiempo también es tierno y conmovedor y noble y guay -es una genuina relación, de algún tipo- e incluso en la cima de su monstruosidad el niño deforme, de algún modo, toca y despierta las que sospechas que son las mejores partes de ti: las partes maternales, las partes oscuras. Quieres mucho a tu niño. Y quieres que los demás también lo quieran cuando al niño deforme le llegue el momento de salir a la calle y enfrentarse al mundo.

Así que te hallas en una posición un tanto incierta: quieres al niño y quieres que los demás también lo hagan, pero eso significa que esperas que los demás no lo vean correctamente. Quieres que los demás sean tontos o algo así; quieres que vean perfecto lo que tú, en tu corazón, sabes que constituye una traición a la perfección.

O, mejor dicho, no quieres que los demás sean tontos; lo que sí quieres es que vean y amen a un adorable, milagroso y perfecto niño, semejante a un modelo infantil, y quieres que acierten, que estén en lo correcto respecto a lo que ven y sienten. Tú quieres estar terriblemente equivocado, quieres que la monstruosidad del niño deforme no resulte más que un engaño o una alucinación. Pero eso significaría que estás loco, que has visto deformidades horribles, has sido acosado por ellas y huido de ellas, deformidades que de hecho (los demás así te lo aseguran) no están ahí. Eso significaría que estás como un cencerro. Incluso peor: significaría que ves monstruosidad, y la desprecias, en algo que has producido (y amado), en tu prole y, en cierto modo, en ti mismo. Y esta última esperanza representaría algo peor que una mala actuación como padre; sería una terrible modalidad de ataque a uno mismo, casi una auto-tortura. Pero aun así es lo que más deseas: estar completa, loca, suicidamente equivocado.

Primera traducción

Septiembre 26, 2008

Tengo el gusto de anunciaros la primera traducción que se hace de uno de mis libros. Se trata de una biografía destinada al público infantil que apareció hace ya unos años: Leonardo da VInci, el inventor, y que ahora ha publicado en euskera la editorial Txertoa con el título de: Leonardo da Vinci, Asmatzailea. Lo mejor de todo, la traductora: Katixa Agirre, alguien muy especial para mí (y me quedo corto).

 

David Foster Wallace

Septiembre 15, 2008

Cuando alguien tiene la escritura literaria como afición o profesión, muy de cuando en cuando se topa con un libro que no sólo le gusta enormemente (lo cual ya es de por sí poco habitual) sino que además representa un ensanchamiento de sus horizontes como escritor. Ese libro le enseña que existen formas de hacer las cosas que él desconocía, ni siquiera sospechaba, hasta entonces. Esto no quiere decir que esa persona se vaya a zambullir en el nuevo territorio y tratar de imitar lo que acaba de descubrir, bien sea por incapacidad o bien porque el estilo del libro no resulta afín al suyo, pero no por ello el descubrimiento deja de ser emocionante y muy estimulante. Si además el autor de ese libro es alguien a quien sientes cercano por edad, gustos, influencias… el efecto es incluso más poderoso.

Para mí, La niña del pelo raro, de David Foster Wallace, fue uno de esos escasísimos libros. En esta sorprendente colección de relatos descubrí a un autor que compaginaba el experimentalismo y la más rigurosa contención, dotado de un uso del lenguaje desbocado y preciso a la vez, que nos hacía ver las cosas de una forma distinta a como las habíamos visto hasta ese instante (quizás el mayor logro al que puede aspirar un escritor), que excitaba y divertía y emocionaba e invitaba a la reflexión, un autor que desmenuzaba la realidad moderna con la minuciosidad del entomólogo y el entusiasmo de un niño ante un juguete nuevo. Tales impresiones se vieron corroboradas, en mayor o menor medida, con el resto de la obra de David Foster Wallace, con sus otras colecciones de relatos: Entrevistas breves con hombres repulsivos y Extinción, con la mastodóntica novela La broma infinita, y con sus impagables recopilaciones de artículos y ensayos: Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer y Hablemos de langostas. La lectura de estos libros me convenció de que David Foster Wallace era uno de los mejores escritores que existían. E insisto: uno de los mejores. No uno de los mejores de su generación, ni uno de los mejores de Estados Unidos, ni uno de los mejores entre los modernos, con lo que algunos parecían querer límites a su valía. David Foster Wallace era muy grande. Y además era joven; podíamos esperar de él muchos y estupendos libros.

Pero esos libros no llegarán. Y David Foster Wallace no estará con nosotros.

Una grandísima pena.

Thoreau en viñetas

Mayo 9, 2008

Las adaptaciones al formato cómic de obras literarias han sido siempre abundantes. Basta recordar las versiones ilustradas de obras de Julio Verne, Emilio Salgary y James Fenimore Cooper que han sido para muchos de nosotros el primer paso a la hora de iniciarse en la lectura. Pero de un tiempo a esta parte tales adaptaciones han ido dejando atrás a esos autores digamos previsibles, para atreverse con nombres y obras más ambiciosos y que representan para los adaptadores un reto tan sugerente como arriesgado. Los resultados de algunas de estas nuevas versiones han sido interesantes y en varios casos brillantes: la adaptación de Moby Dick realizada por Bill Sienkiewicz y Dan Chichester; la de Por el camino de Swann, primera parte de En busca del tiempo perdido, de Stéphane Hevet; o la de La tempestad, a cargo de Santiago García y Javier Peinado.

Y ahora, leyendo el blog de la editorial Drawn and Quarterley, me encuentro con la noticia de la próxima aparición de una versión de uno de mis libros preferidos: Walden, de Henry David Thoreau. El autor es John Porcellino y podéis disfrutar a continuación de un adelanto de su trabajo. La sencillez del dibujo me parece una apoyatura idónea para las reflexiones filosóficas recogidas en la obra original. Ojalá podamos disfrutar pronto del cómic al completo.

P. S. Desde hace tiempo vengo pensando en dedicar una nueva sección a las adaptaciones al cómic de obras literarias, la cual incluiría reseñas, previews, etc. Mis dudas nacen del riesgo de recargar el blog de secciones. ¿Qué opináis vosotros al respecto?