Tras visitar la exposición (tiernas) criaturas, de la artista australiana Patricia Piccinini, que estos días se puede ver en el ARTIUM de Vitoria, tan sólo hay un comentario negativo que puedo dedicarle: ojalá la exhibición contara con mayor número de obras.

            Son varios los aspectos que sorprenden en (tiernas) criaturas. En primer lugar, la soltura con que Piccinini salta de la escultura a la fotografía, y de aquí a la videoinstalación, para luego pasar al dibujo, en cada caso con resultados admirables; y en segundo lugar, y por encima de todo, la combinación de asombro, ternura e inquietud que sus muy diferentes trabajosdespiertan.

Still Life with Stem Cells, 2002

            La artista juega a deformar la realidad, penetrando en muchos de los casos en el terreno de la ciencia ficción con el objetivo de poner a prueba nuestra capacidad de tolerancia. Nos encontramos así, por ejemplo, con una fotografía de gran formato que muestra a un grupo de personas observando una carrera de coches desde el exterior de la valla del circuito, y mezcladas entre ellas, varias criaturas con un aspecto a medio camino entre los monos y los lemures, que miran también la competición sin que a nadie parezca llamarle la atención su presencia. Se podrían citar otros ejemplos: los dibujos a grafito de bebés conviviendo con seres que recuerdan a roedores, aunque a todas luces fantásticos; o la moto Vespa biomecánica que tiernamente se inclina hacia su hijo recién nacido.

Es en la disciplina de la escultura donde el trabajo de Piccinini posee un mayor impacto, y en particular en las reproducciones hiperrealistas de las criaturas fantásticas que pueblan sus fotografías y dibujos. En obras como The Young Family y Still Life with Stem Cells la artista emplea cabello humano, látex y silicona, entre otros materiales, con los que obtiene unos resultados que invitan a detenerse largamente en la observación. Poros en la piel, vesículas, uñas astilladas, algo que recuerda a las bolsas marsupiales… Los detalles son innumerables y el acabado, brillante. A fin de lograr un efecto de contraste, Piccinini a menudo muestra a sus (tiernas) criaturas en compañía de tiernas criaturas: niños igualmente hiperrealistas en actitudes íntimas, amigables y chocantes.

Tras estas obras se halla una crítica a temas controvertidos hoy en día y que lo serán aún más en el futuro: la clonación, la alteración genética, la reproducción asistida, el uso de órganos animales en los trasplantes, la hibridación entre lo biológico y lo tecnológico… En definitiva, un trabajo que combina trasfondo y minuciosa elaboración, seriedad y originalidad, invitación a la reflexión y sentido del espectáculo. No hay que perdérselo.

(tiernas) criaturas, Patricia Piccinini, ARTIUM, Vitoria, hasta el 27 de enero de 2008

Con La carretera, McCarthy da un paso más en el cambio de estilo iniciado en No es país para viejos y continuado en The Sunset Limited, «novela en forma dramática» todavía inédita en castellano. Las frases extensas y elaboradas, tan características del autor, tienden a desaparecer y dejan paso a una redacción cincelada, mucho más directa. La historia narrada en este caso se ajusta plenamente a tal giro estilístico. Ya no encontramos disertaciones acerca del alma de los caballos (no hay caballos), ni elaboradas descripciones del paisaje (a los personajes sólo les rodea un erial de ceniza), ni épicas rememoraciones del pasado (recordar resulta muy doloroso). En La carretera, el hombre y el niño caminan, buscan comida, están a punto de fallecer de hambre, encuentran algo para comer (poco), siguen caminando, vuelven a buscar comida… Consciente de que este ritmo resultaría tedioso para el lector, McCarthy opta por segmentar la narración en párrafos breves, escenas singulares, diálogos, que tornan ágil la narración a la vez que la dotan de paso firme. Resulta difícil interrumpir la lectura.

 

Los personajes son escasos, lacónicos, apenas se facilita información sobre su pasado; sus objetivos no pueden ser más simples: avanzar hacia el sur y hallar comida; el entorno resulta monótono y deprimente; el estilo de narración, casi telegráfico; y aun así sorprende el partido que McCarthy ha sacado a las sombrías cartas con que ha decidido jugar. Al contrario de lo que podría pensarse, el lirismo del autor no se ha visto mermado. En absoluto. Es complicado escoger entre los numerosos pasajes de enorme belleza e impacto: las reflexiones del hombre a la orilla del mar, cuando se pregunta si en sus oscuras profundidades habrán logrado sobrevivir criaturas; el hallazgo de un tren desierto y abandonado en mitad de un bosque, aún con equipajes dentro de los vagones; las lejanas visiones de ciudades, como fantasmas entre la lluvia de ceniza; o los árboles que se desploman sin razón aparente, como si ni siquiera ellos fueran capaces de soportar la situación y optaran por rendirse.

En ocasiones la narración se ralentiza, y lo hace para describir en detalle acciones que pueden sorprender por su escasa relevancia: arreglar una rueda del carrito de supermercado, manejar un hornillo de gas, preparar un desayuno, cortar el pelo al niño… En un mundo arrasado y con los seres humanos deslizándose hacia la bestialidad, esos hechos cobran una relevancia inusitada. Por eso McCarthy se detiene en ellos. Palabras sencillas, frases sencillas, acciones sencillas, explicadas paso a paso. Para que el hombre y el niño no olviden. Para que recuerden que son personas. Para que a partir de ellas puedan empezar a reconstruir.

Cormac McCarthy. La carretera. Mondadori. Barcelona. 2007

        Los lectores de Cormac McCarthy están habituados al Mal como presencia recurrente en sus novelas, una presencia que libro tras libro ha ido adoptando diferentes encarnaciones, a la vez que experimentaba una inquietante evolución. En Hijo de Dios, una de las primeras obras de McCarthy, el Mal tomaba la forma de Lester Ballard, ladrón, asesino y necrófilo, ser primario e irreflexivo que campaba por las colinas de Tennessee en busca de víctimas. En Meridiano de sangre, el germen anterior se ha desarrollado hasta convertirse en el Juez Holden, personaje de físico rotundo, imponente altura y corpulencia, con un cuerpo libre de pilosidad, versado en geología, filosofía, historia…, asesino de niños, mercenario dispuesto a erradicar a los apaches que pueblan la franja fronteriza entre Méjico y Texas. El siguiente paso evolutivo está representado por Chigurh, el asesino a sueldo de No es país para viejos, personaje lacónico, preciso e incuestionable como un silogismo. En él, el Mal se encuentra tan refinado que ni siquiera requiere de las explicaciones eruditas aunque justificativas del Juez Holden; aquí se trata ya de algo natural e irrebatible, como una ley física, como un principio de la termodinámica. No hay poder capaz de minar a Chigurh, ni la fuerza física, ni la ley, ni las emociones, ni siquiera la intervención divina, manifestada como azar adverso a él.

                ¿Qué hay después de Chigurh? El Mal ha alcanzado su cima evolutiva, luego sólo le queda propagarse.

            La carretera nos ofrece el resultado de tal propagación. Un mundo arrasado por un apocalipsis causado por el hombre. Los animales han desaparecido. Una interminable lluvia de ceniza cae del cielo. El Sol ha quedado reducido a una mancha blanquecina. El mar es gris. Los humanos, rebajados a un estado de salvajismo, deambulan por las carreteras en busca de alimento. Un alimento que a menudo son otros humanos. Para expandirse, el Mal ha sacrificado su refinamiento, ha retornado a su estado primario. Podríamos decir que los Chigurhs del mundo fueron los causantes del apocalipsis, tras lo que el planeta se ha visto poblado por Lester Ballards.

 

 

            En ese mundo implacable aún quedan algunos de los que se autodenominan «los buenos», «los que no se comen a los otros». Como el hombre y su hijo, el niño, personajes principales de la novela. Juntos peregrinan hacia el sur por la carretera. Empujan un carrito de supermercado cargado con sus escasas pertenencias. Su revólver, único medio de defensa, tan sólo dispone de dos balas. Buscan calor. Buscan comida. Evitan a los demás.

            El niño encarna la frágil esperanza de un futuro mejor. Cree en la piedad, cree en compartir sus pobres alimentos con otros caminantes con los que se topan, cree en encontrar a más niños. Llora por el mundo en que le ha tocado vivir pero sostiene el revólver cuando es necesario. Su padre cuida de él y él cuida de su padre. Llevan mucho tiempo juntos, caminando sin descanso. Se apoyan uno en el otro. Las conversaciones entre ambos son parcas pero cargadas de significado. No se pierde el tiempo con palabras inútiles cuando estás extenuado y el polvo y la ceniza se te meten en la boca. Hablan sobre cómo eran las cosas antes del apocalipsis, sobre lo que están dispuestos a hacer para sobrevivir y sobre lo que no, sobre cómo el niño debe poner fin a su vida antes de caer en manos de los caníbales, sobre lo que pueden esperar del futuro. Cada uno aprende del otro. Y aprende mucho. 

            La mayor inquietud causada por la lectura de La carretera no proviene del exterminio de la sociedad tal como hoy la conocemos, ni del mundo reducido a un gran campo carbonizado, ni de los humanos alimentándose unos de otros, sino de que si las cosas no fueran así, si los Chigurhs no hubiesen triunfado, ese hombre y ese niño, probablemente, nunca habrían llegado a conocerse tanto, nunca habrían llegado a quererse tanto.

 

            Cormac McCarthy. La carretera. Mondadori. Barcelona. 2007

El 11 de septiembre de 2001 unas cuantas palabras cotidianas adquirieron connotaciones nuevas: avión, rascacielos, cúter, salto… Una mañana soleada, en el cielo de Manhattan lo familiar colisionó entre sí para generar una catástrofe inverosímil.

 

 

 

La última novela de Don DeLillo, El hombre del salto, explora los efectos de tal acontecimiento en la pareja formada por Keith y Lianne. Él trabaja en uno de los edificios del World Trade Center. El impacto del primero de los aviones lo arroja a la moqueta de su despacho. Logra escapar a tiempo. Las primeras páginas de la novela lo muestran emergiendo de la nube de polvo y ceniza provocada por el derrumbe de la torre sur, cubierto de un polvo constituido en parte por restos de quienes fueron sus compañeros de trabajo y amigos. ¿Qué hace a continuación? Acude al piso de Lianne, de la que lleva un tiempo separado y con quien comparte un hijo de corta edad. Se instala con ella. Vuelven a dormir juntos. Se diría que se reconcilian. La vida ha agarrado por las solapas a Keith y lo ha sacudido para que le entre en la cabeza que nada de lo que hasta entonces daba por seguro lo era, para que se replantee lo que de veras quiere y aquello en lo que cree. Y él regresa junto a su mujer y su hijo. ¿Nos quiere indicar Don Delillo que la institución familiar es la tabla de salvación de Estados Unidos, y por extensión de occidente, en los tiempos que corren?

No.

Los esfuerzos de Keith y Lianne no dan fruto. Su entorno les empuja a reunirse, pero no se trata de algo con origen en ellos mismos. La irrupción de aquellos aviones en el cielo matutino les ha recordado que necesitan un objetivo personal. Algo que realmente ansíen alcanzar, dotándolos de entidad. Quizá cuando lo encuentren puedan estar juntos sin simulacros. Ambos se lanzan a la búsqueda. El problema es que ellos -Keith, Lianne, Estados Unidos, occidente- no saben dónde empezar a buscar. Keith convierte las partidas semanales de póquer con sus amigos -muchos de ellos ahora muertos- en un objetivo vital. Era lo más parecido que tenía a una religión. Se traslada a Las Vegas y se convierte en jugador profesional, una vida tan solitaria como precaria. En ausencia de una opción mejor, Keith se aferra al azar. Lianne colabora como monitora en un taller de escritura para enfermos de Alzheimer. Cree que así llegará a conocer a su padre, quien se suicidó tras averiguar que sufría la misma enfermedad. Resulta inútil. Los escritos de sus alumnos se tornan incoherentes antes de poder facilitarle respuestas. Keith y Lianne logran poco y ambos lo saben. Otra victoria de los terroristas.

El hombre del salto es una novela acerca de lo necesario de poseer objetivos, y de lo terrible de que la búsqueda de los mismos conduzca a estrellar un avión contra un edificio.

 

El lector que busque una crónica sobre lo ocurrido en el interior del World Trade Center durante los momentos previos a su desplome probablemente quede decepcionado. El libro opta por proyectarse hacia el futuro y también hacia el pasado. Varias veces se ha planteado si es acertado escribir acerca de lo ocurrido el 11-S, si no es mejor dejarlo decantar. En una reciente entrevista DeLillo responde de modo elegante a esta cuestión, preguntándose cuánto tiempo hay que esperar, pues él ya no tiene 25 años. En su libro nos da una respuesta más elaborada. Los atentados del 11-S no fueron el comienzo de algo que haya que analizar con detenimiento, a partir de cero. Fueron una consecuencia de algo que ya venía desarrollándose. Esto queda evidenciado en ese manuscrito con el que Lianne, correctora freelance de libros, se cruza: un compendio de datos estadísticos, planos arquitectónicos y organigramas de grupos terroristas, redactado por un ex ingeniero aeronáutico apodado Unaflyer, un mamotreto que predice la catástrofe, de penosa redacción, rechazado en innumerables ocasiones y convertido en «una leyenda entre los agentes y los editores». El 11-S ya estaba sucediendo, no es necesario esperar más para escribir sobre ello.

Pero DeLillo no se resiste a asomarse al interior de las torres ni a los preparativos de los terroristas. En ambos casos las páginas son escasas y deslumbrantes, merecedoras de repetidas lecturas, pues en ellas se alberga el germen de lo desarrollado en el resto del libro. Sirva de ejemplo el momento en que otra superviviente narra su huida escaleras abajo, en el centro de una cadena de personas aterrorizadas, rodeadas de humo y tufo a combustible de avión. Se topa entonces con un ciego guiado por su perro lazarillo, «y era como sacado de la Biblia. Daban tal impresión de tranquilidad. “Como si fueran derramando tranquilidad en torno suyo”, pensó. (…) Tuvieron fe en el perro».

Don Delillo, El hombre del salto. Seix Barral. Barcelona. 2007