SOBRE “LA CARRETERA”, DE CORMAC McCARTHY (parte I)

octubre 23, 2007

        Los lectores de Cormac McCarthy están habituados al Mal como presencia recurrente en sus novelas, una presencia que libro tras libro ha ido adoptando diferentes encarnaciones, a la vez que experimentaba una inquietante evolución. En Hijo de Dios, una de las primeras obras de McCarthy, el Mal tomaba la forma de Lester Ballard, ladrón, asesino y necrófilo, ser primario e irreflexivo que campaba por las colinas de Tennessee en busca de víctimas. En Meridiano de sangre, el germen anterior se ha desarrollado hasta convertirse en el Juez Holden, personaje de físico rotundo, imponente altura y corpulencia, con un cuerpo libre de pilosidad, versado en geología, filosofía, historia…, asesino de niños, mercenario dispuesto a erradicar a los apaches que pueblan la franja fronteriza entre Méjico y Texas. El siguiente paso evolutivo está representado por Chigurh, el asesino a sueldo de No es país para viejos, personaje lacónico, preciso e incuestionable como un silogismo. En él, el Mal se encuentra tan refinado que ni siquiera requiere de las explicaciones eruditas aunque justificativas del Juez Holden; aquí se trata ya de algo natural e irrebatible, como una ley física, como un principio de la termodinámica. No hay poder capaz de minar a Chigurh, ni la fuerza física, ni la ley, ni las emociones, ni siquiera la intervención divina, manifestada como azar adverso a él.

                ¿Qué hay después de Chigurh? El Mal ha alcanzado su cima evolutiva, luego sólo le queda propagarse.

            La carretera nos ofrece el resultado de tal propagación. Un mundo arrasado por un apocalipsis causado por el hombre. Los animales han desaparecido. Una interminable lluvia de ceniza cae del cielo. El Sol ha quedado reducido a una mancha blanquecina. El mar es gris. Los humanos, rebajados a un estado de salvajismo, deambulan por las carreteras en busca de alimento. Un alimento que a menudo son otros humanos. Para expandirse, el Mal ha sacrificado su refinamiento, ha retornado a su estado primario. Podríamos decir que los Chigurhs del mundo fueron los causantes del apocalipsis, tras lo que el planeta se ha visto poblado por Lester Ballards.

 

 

            En ese mundo implacable aún quedan algunos de los que se autodenominan «los buenos», «los que no se comen a los otros». Como el hombre y su hijo, el niño, personajes principales de la novela. Juntos peregrinan hacia el sur por la carretera. Empujan un carrito de supermercado cargado con sus escasas pertenencias. Su revólver, único medio de defensa, tan sólo dispone de dos balas. Buscan calor. Buscan comida. Evitan a los demás.

            El niño encarna la frágil esperanza de un futuro mejor. Cree en la piedad, cree en compartir sus pobres alimentos con otros caminantes con los que se topan, cree en encontrar a más niños. Llora por el mundo en que le ha tocado vivir pero sostiene el revólver cuando es necesario. Su padre cuida de él y él cuida de su padre. Llevan mucho tiempo juntos, caminando sin descanso. Se apoyan uno en el otro. Las conversaciones entre ambos son parcas pero cargadas de significado. No se pierde el tiempo con palabras inútiles cuando estás extenuado y el polvo y la ceniza se te meten en la boca. Hablan sobre cómo eran las cosas antes del apocalipsis, sobre lo que están dispuestos a hacer para sobrevivir y sobre lo que no, sobre cómo el niño debe poner fin a su vida antes de caer en manos de los caníbales, sobre lo que pueden esperar del futuro. Cada uno aprende del otro. Y aprende mucho. 

            La mayor inquietud causada por la lectura de La carretera no proviene del exterminio de la sociedad tal como hoy la conocemos, ni del mundo reducido a un gran campo carbonizado, ni de los humanos alimentándose unos de otros, sino de que si las cosas no fueran así, si los Chigurhs no hubiesen triunfado, ese hombre y ese niño, probablemente, nunca habrían llegado a conocerse tanto, nunca habrían llegado a quererse tanto.

 

            Cormac McCarthy. La carretera. Mondadori. Barcelona. 2007

3 comentarios to “SOBRE “LA CARRETERA”, DE CORMAC McCARTHY (parte I)”

  1. José Ángel Gayol said

    Excelente reseña (lo apunto en mi agenda para leerlo sin falta), y sobrio blog, muy cuidado. Ya te tengo en mis favoritos. Estamos en contacto, amigo.
    JAG

  2. Pilar De La Tierra said

    Al amor por el dolor.
    ¡Inquietante!

  3. […] uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece cosas sobre el libro. […]

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