Este año se celebra el treinta y cinco aniversario de la publicación de Crash, de J.G. Ballard (Shanghai, 1930). Después de este tiempo ya está dicho casi todo lo que se puede decir sobre una novela que despierta opiniones tan encendidas como polarizadas. Para unos: obra de culto, iniciadora de un género que puede denominarse “pornografía tecnológica” y que comienza y concluye con ella misma; para otros: texto inmoral, exaltador de la autodestrucción y el sexo como evasión de la realidad.

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Para quienes desconozcan la novela, Crash versa sobre un grupo de personajes para quienes el estallido de violencia de un accidente de tráfico es asimilable al goce del sexo; las heridas y cicatrices fruto de las colisiones adquieren para ellos el carácter de nuevas zonas erógenas. Al volante de sus vehículos recorren las autopistas que rodean la ciudad de Londres buscando satisfacer su ansia. Su líder, Vaughan, conduce un Lincoln descapotable similar a aquél en el que encontró la muerte el presidente Kennedy, organiza espectáculos donde reproduce el final del actor James Dean y sueña con morir al estrellar su vehículo contra el de Elizabeth Taylor. En Crash hay sexo desprovisto de todo sentimiento, mitificación de la tecnología y la cultura pop, asientos de automóvil impregnados de fluidos corporales, una relación homosexual entre Vaughan y el protagonista de la novela (alter ego del escritor, con quien comparte nombre), violencia, hierros retorcidos e hincados en la carne… No resulta extraño que la novela tuviera que enfrentarse a duras críticas en el momento de su publicación. La reseña aparecida en The Times el 28 de junio de 1973 difícilmente podría ser más escueta y explícita: Ballard posee una brillante reputación pero la obsesión de esta novela con el sadomasoquismo vía accidentes de tráfico deliberados es repelente. El hecho de que escriba bien lo hace más horripilante. Y éste es sólo un ejemplo de las reacciones que despertó.

Nos gustaría pensar que, simplemente, Crash se adelantó a su tiempo y que el paso de los años haría que las opiniones se atemperasen. Pero no sucedió así. Cuando más de dos décadas después, en 1996, el director canadiense David Cronenberg estrenó en el festival de Cannes la adaptación cinematográfica de la novela, tuvo que soportar ataques igualmente feroces. En Inglaterra la película tardó más de un año en estrenarse y su distribución fue muy limitada. En Estados Unidos obtuvo la clasificación “R” (restricted), lo que equivale a condenar a una película al fracaso económico. Y todo ello a pesar de que en la adaptación de Cronenberg la exploración de la nueva sexualidad planteada por Ballard se muestra muy descafeinada en comparación con las páginas de la novela. ¿Por qué reacciones tan virulentas? Todos los personajes que aparecen en la novela son adultos y dueños de sus actos. En los años setenta el sexo y la violencia campaban a sus anchas por las novelas y las pantallas de cine. Los personajes no buscan herir a nadie (con la excepción del gurú Vaughan, quien difícilmente puede ser tomado en serio). ¿Qué resortes de nuestra psique accionó Ballard?

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Una de las claves del género de terror es descubrirnos el lado oscuro y peligroso de algo que hasta entonces nos resultaba por completo cotidiano y creíamos inofensivo. ¿Pero qué sucede si tras experimentar tal revelación descubrimos que ese lado oscuro nos gusta? Y cuando digo “gustar” me refiero a algo que trasciende el estremecimiento experimentado durante el breve intervalo de lectura de un libro o visionado de una película. Me refiero a que nos damos cuenta de que eso ya nos gustaba antes, salvo que no lo sabíamos.

En su libro de memorias Miracles of Life: From Shanghai to Shepperton (2008) Ballard narra un ejemplo explícito de la conexión entre el sexo y los coches. En 1970 el New Arts Laboratory de Londres le ofreció la posibilidad de organizar una exposición. Ballard, siempre fascinado por los aspectos más emocionales de la tecnología, decidió ofrecer una muestra de coches accidentados. Recorrió los desguaces de las afueras de Londres escogiendo los vehículos idóneos. Seleccionó tres, que fueron remolcados al Arts Lab. Para la inauguración se organizó la fiesta de rigor. Ballard contactó con una periodista que se encargaría de interrogar a los asistentes sobre sus impresiones. Inicialmente, se acordó con ella que estuviera desnuda, si bien al final sólo aceptó aparecer en topless. Un circuito cerrado de cámaras y televisiones permitía que los asistentes se vieran a sí mismos mientras eran entrevistados por la chica semidesnuda, con los acoches destrozados como fondo. Ballard recuerda en su libro que nunca vio a un grupo de gente emborracharse tan rápido. El efecto de los coches fue instantáneo. Estallaron peleas, las botellas volaron por los aires y la periodista casi resultó violada en el asiento trasero de uno de los vehículos. La exposición permaneció abierta un mes, periodo durante el que los coches sufrieron numerosas agresiones. Si Ballard tenía dudas sobre la historia a narrar en Crash, éstas se esfumaron tras lo sucedido en el Arts Lab.

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Y ahora se cumplen los 35 años de la publicación. Ballard saca al mercado un nuevo libro de memorias y la editorial Harper Collins ha anunciado una edición limitada de Crash y convocado un concurso público para diseñar la portada. Sin duda la atención que este revival recibirá en los medios no será comparable a la que obtuvieron la primera edición de la novela o el estreno de la película, pero será interesante comprobar si las reacciones han evolucionado. Lo que no habrá cambiado será el libro, tan aberrantemente bueno como el día de su nacimiento.

Graphic Classics

enero 26, 2008

Que la editorial Penguin tiene un gusto admirable a la hora de diseñar sus libros es algo que ya sabíamos todos, pero aun así posee capacidad para sorprendernos. Dentro de su colección Penguin Classics, lleva algo más de un año publicando la serie Graphic Classics, en la que las portadas de unas cuantas obras (más o menos) inmortales son realizadas por maestros del cómic. No sé vosotros, pero yo tengo que contenerme para no encargar toda la colección en Amazon. Adjunto algunas de las portadas que más me han gustado.

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The Jungle, Upton Sinclair, por Charles Burns
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The New York Trilogy, Paul Auster, por Art Spiegelman
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Candide, Voltaire, por Chris Ware
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Gravity´s Rainbow, Thomas Pynchon, por Frank Miller

   Vía Entrecomics: aquí, aquí y aquí.

Alexis de Tocqueville (1805-1859) es conocido sobre todo como el autor de La democracia en América, texto fundacional de la sociología política y obra resultante del viaje que Tocqueville emprendió por Estados Unidos a la edad de veintiséis años. Pero de su periplo surgió además otra obra, un libro breve en el que ofreció una visión tan crítica como admirada de un país ocupado aún en gran parte por espacios vírgenes. Tal obra se tituló Quince días en las soledades americanas y fue publicada a título póstumo por quien fue precisamente el compañero de viaje de Tocqueville, su amigo Gustave de Beaumont.

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El verano de 1831 Tocqueville y Beaumont partieron de Nueva York hacia la región de los Grandes Lagos. Llegaron a Detroit y desde allí prosiguieron camino hacia el que era su destino final: Saginaw, un pequeño pueblo de pioneros y, en aquel momento, el asentamiento de hombres blancos más remoto de esa zona del país. Todo lo miraban con la curiosidad y el distanciamiento propios del extranjero. Tocqueville registró en su libro impresiones, descripciones y detalles muy alejados de la mítica habitual asociada a la conquista del Oeste. Los viajeros se hicieron pasar por compradores de terrenos (su intención de adentrarse en los bosques por el mero placer de visitar tierra virgen resultaba demasiado excéntrica para la época). Gracias a esta artimaña no tuvieron dificultades para encontrar interlocutores que les explicaran el proceder de los pioneros que se instalaban en aquellas tierras. Y Tocqueville nos transmite tales informaciones de forma clara, contrastada con su propia experiencia al tomar contacto con los pioneros; algo así como un “lo que usted siempre quiso saber sobre la colonización de América y nunca se atrevió a preguntar”. Deja constancia de su asombro al descubrir periódicos en las toscas cabañas levantadas en mitad del bosque o al encontrar una de tales cabañas en la que un oso hacía la función de perro guardián. A los indios les dedica palabras que oscilan entre la admiración y la lástima, siempre bajo una mayor o menor perplejidad ante sus modos de comportarse. Pero las mejores páginas son aquellas en las Tocqueville describe los bosques vírgenes, cuya desaparición ya era anunciada por el imparable avance de los colonos: Otros [árboles], tras largo tiempo azotados por el viento, se han precipitado enteros sobre el suelo formando (…) parapetos naturales tras los que fácilmente podrían protegerse varios hombres. Inmensos árboles, sostenidos por las ramas de los que los circundan, permanecen suspendidos en el aire y se van transformando en polvo sin llegar a tocar el suelo. Ojalá Tocqueville hubiera pasado en los Grandes Lagos más de quince días.

Alexis de Tocqueville. Quince días en las soledades americanas. Ediciones Barataria. Barcelona. 2005    

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La edición on line del periódico The Times publicó el pasado 20 de enero el artículo Ten things that make Cormac McCarthy special. En él se revelan algunos datos sobre la vida y personalidad del esquivo autor, quien ha abandonado temporalmente su reclusión después de obtener el premio Pulitzer de narrativa con su novela La carretera (ver reseña en este mismo blog: Parte 1 y Parte 2). En los últimos meses McCarthy se ha prodigado en los medios de un modo nada habitual en él, llegando incluso a conceder una entrevista a la estrella televisiva Oprah Winfrey (las esclavitudes que conlleva ganar un Pulitzer). En el artículo figuran algunas revelaciones interesantes, como que a sus 74 años McCarthy ha abandonado la lectura de obras de ficción para entregarse a las científicas. Los únicos autores a los que se mantiene fiel son Faulkner, Melville, Joyce y Dostoevsky, mientras que de Proust y Henry James considera que lo que hacían no era literatura. Ten things that make Cormac McCarthy special no se limita a alabar al autor de Meridiano de sangre y En la frontera, también recoge algunas opiniones contrarias, como las que figuran a continuación. De todos modos, los interesados en conocer más a fondo a uno de los mejores novelistas del momento lo mejor que pueden hacer es leer sus libros.

The New Yorker calls him “one of the great hams of American prose, who delights in producing a histrionic rhetoric that brilliantly ventriloquises the King James Bible, Shakespearian and Jacobean tragedy, Melville, Conrad and Faulkner”. One of his most ardent detractors has been Michiko Kakutani, chief book critic of The New York Times, who sneers at his “sentimentality, pretension and windy self-importance”. Reviewers most often complain of his writing about women. The Texas Monthly: “One can’t help suspecting that deep down, McCarthy wonders, Henry Higgins fashion, ‘Why can’t a woman be more like a horse?’ ” On Oprah, the thrice-married writer admitted: “I don’t pretend to understand women.”

 Ernest Hemingway acompañó a las tropas estadounidenses que en 1944 desembarcaron en el norte de Francia. Como resultado de tal experiencia escribió varios reportajes, entre ellos uno en el que narró la tensión a bordo de una de las lanchas de desembarco que el 6 de junio pusieron proa a las playas de Normandía. Semanas después, en un ambiente más relajado, tuvo ocasión de recorrer el monte Saint Michel en compañía de un grupo de militares y del actor Edward G. Robinson. Por supuesto, encontró tiempo para tomarse una copa.

En la solapa de ¿No te alegras por mí? se nos informa de que, tras Alguien que me cuide y La mujer del bombero, con este libro la editorial Tropismos completa la edición en castellano de la narrativa breve de Richard Bausch. Sin embargo, al lector que se moleste en comprobar la bibliografía del autor no le saldrán las cuentas. El motivo es que ¿No te alegras por mí? no es la traducción de ninguna colección de relatos publicada como tal. Su punto de partida es The Stories of Richard Bausch, obra recopilatoria aparecida en 2004 y ganadora del premio Pen/Malamud. La operación realizada por Tropismos ha consistido en la traducción de este libro previa eliminación de los relatos aparecidos en Alguien que me cuide y La mujer del bombero; luego su afirmación de que completan la publicación de los relatos de Bausch es cierta.

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Este proceso de poda ha traído consigo algunas consecuencias indeseadas, si bien no afectan sustancialmente a la calidad del conjunto. A Bausch le gusta reencontrase con sus personajes, presentarlos en un relato y volver a mostrárnoslos en otro, mediando un plazo de tiempo narrativo. La eliminación de piezas del libro original ha roto alguno de estos dípticos, por lo que, a no ser que la lectura de las dos colecciones traducidas previamente esté todavía fresca, lo más probable es que la relación entre las historias acabe pasada por alto. En el relato que da título al libro, por ejemplo, nos encontramos de nuevo con la singular familia protagonista de “No tan definitivo”, texto aparecido en Alguien que me cuide. En este caso viajamos al pasado y somos testigos del momento en el que la hija comunica al padre su relación con un hombre de más sesenta años, de quien, además, está embarazada.

A pesar de la merma en el número de relatos respecto a la edición original ¿No te alegras por mí? se trata de un libro con una extensión inusual para una colección de relatos: veinte piezas breves que se extienden a lo largo de más de cuatrocientas páginas. Tal abundancia de (estupendas) historias facilita caer en el error mencionado en la primera parte de esta reseña: darse un atracón de lectura, lo que contribuiría a desvirtuarlas. Retomando también otro tema tratado en la primera parte, los relatos que tras la lectura del libro permanecen de forma más vívida en la memoria no son necesariamente los mejores, sino los que más se diferencian temáticamente del grueso de la obra de Bausch. A este respecto se pueden citar “Tandolfo el Grande”, relato con final blando pero que atrapa de inmediato con su narración de un mal día para un mago dedicado a animar fiestas infantiles; y también “El peso”, narración con ecos de Matar un ruiseñor en la que un anciano habla sobre el día en el que, siendo él un niño, fueron ahorcados en su pueblo un negro y un elefante.

Puede que a algunos lectores les desconcierte la forma de narrar que Bausch emplea en algunas ocasiones. Cuando la narración se aproxima a su final, concluye de manera abrupta privándonos del clímax y el desenlace hacia el que parecía apuntar. Es lo que sucede en “El hombre que conocía a Belle Starr”, historia de un hombre que, cuando está a punto de dar un giro a su vida para comenzar de nuevo, recoge a una autostopista psicópata que se cree una pistolera del salvaje Oeste. La razón de tal estrategia narrativa por parte de Bausch es que, en realidad, antes de llegar al punto y final del texto ya nos ha narrado su clímax y desenlace, y lo ha hecho sin que nos diésemos cuenta de ello. Lo expuesto en el relato, en su tiempo presente, constituye en sí mismo la conclusión de una historia que se nos narra entre líneas o a base de escuetas informaciones. Lo abrupto de los finales provoca una tensión que obliga a volver sobre lo leído y excarvar entre lo que sólo creíamos que eran datos contextuales.

No me resisto a concluir esta reseña sin antes mencionar el que es mi relato preferido del libro: “Todo un mundo”, un magnífico ejemplo de pequeña-gran historia. Su protagonista es un anciano obligado por las circunstancias a cuidar de su nieta, que no es más que una niña. En el colegio de ésta se va a celebrar un festival para padres y alumnos en el que los niños realizarán una exhibición de gimnasia. A la clase de la niña le ha correspondido la prueba de salto de potro. El problema reside en que la niña sufre de sobrepeso y es la única entre sus compañeros incapaz de saltar el dichoso potro. A fin de conseguirlo, durante los días previos al festival se autoimpone un riguroso programa de entrenamiento, acompañado de una dieta igualmente estricta. El abuelo poco diestro todavía en el cuidado de la niña, duda entre alabar su tesón darle ánimos o bien declararle lo absurdo que le parece todo el asunto, no merecedor de tanta preocupación y esfuerzo. El conflicto planteado es tan sencillo como emotivo y los personajes, familiares. Cualquiera, en cualquier lugar, puede sentirse identificado, comprender al abuelo, comprender a la nieta. La historia es cotidiana pero se te queda clavada, conmueve en lo más hondo. Al final del relato deseamos estar junto a ese abuelo el día del festival y pasarle un brazo sobre los hombros en un intento por darle ánimos. Cuando algo así sucede es porque estamos ante gran literatura.

Richard Bausch. ¿No te alegras por mí? Tropismos. Salamanca. 2007

Los aficionados al género del relato, y en particular del relato norteamericano, estamos de enhorabuena con la publicación de ¿No te alegras por mí? de Richard Bausch (Fort Benning, Georgia, 1945). A fin de ubicar a este autor para aquellos lectores a quienes les sea desconocido, se puede decir de él que pertenece al grupo de narradores estadounidenses del que Raymond Carver, Richard Ford y Tobias Wolff son sus integrantes más célebres. Es ésta una clasificación que peca de simplismo (al estilo de las que figuran en las solapas de los libros), pues cada uno de estos autores posee un estilo propio, pero bastará para que el lector piense en una literatura de corte realista, con una prosa transparente y diálogos ágiles, centrada en las clases media-baja de los Estados Unidos (en este caso más bien media) y con las áreas residenciales y la problemática de pareja como decorado y tema principales. E insisto en lo de la clasificación simplista. Tanto la obra de Bausch como la de los demás escritores mencionados va mucho más allá de ese conjunto de rasgos compartidos.

Richard Bausch

La editorial Tropismos ha publicado con anterioridad otras dos colecciones de relatos de Bausch: Alguien que me cuide (2004) y La mujer del bombero (2006), dos libros que, tengo la impresión, no gozaron en nuestro país del reconocimiento que se merecen. Por este motivo y porque Richard Bausch no es tan familiar entre nosotros como lo son, por ejemplo, Carver o Ford, me permitiré hacer, a modo de introducción, una breve remembranza de estas dos colecciones.

Alguien que me cuide es puro Bausch. Aquí pueden hallarse todos los temas distintivos del autor, como la preocupación de los padres por el progreso de sus hijos; los esfuerzos realizados, a menudo en vano, por enmendar los errores del pasado; y la lucha por mejorar la opinión que los demás tienen de nosotros, incluso más denodada que la lucha por mejorar la situación de uno mismo. Varios de los relatos recogidos en esta colección resultan memorables. Por mencionar sólo un par de ellos, en el que abre el libro, “No tan definitivo”, su protagonista, un hombre de mediana edad, tiene que ayudar a su hija veinteañera, recién casada y embarazada, en una mudanza. Hasta aquí, nada anormal. Salvo que el marido de la chica, y padre de la futura criatura, tiene más de sesenta años. Tal diferencia de edad provoca sentimientos encontrados en el padre, quien se debate entre manifestar a su hija sus dudas acerca del futuro de la relación o bien guardar silencio y tratar de compartir la alegría de la chica. Tiene tiempo para pensar en ello mientras se desloma cargado muebles, al mismo tiempo que su yerno, casi veinte años mayor que él, descansa al sol en una silla de jardín poniendo como excusa un problema de espalda. Por otro lado, en “Ricos” un empleado en una planta de producción de Cola-Cola resulta agraciado con un premio multimillonario en la lotería y lucha por que el dinero no cambie su vida, lo cual no resulta sencillo dadas las repentinas y feroces exigencias de los miembros de su familia.

Es Alguien que me cuide un libro compacto y uniforme en cuanto a estilo y temática. Un estilo impecable y una temática interesante. Sin embargo, es quizás esa uniformidad el principal handicap de los muy pocos que se pueden achacar a la colección. Sobre este tema volveré más adelante.

La mujer del bombero fue traducido al castellano un par de años después que Alguien que me cuide, si bien en su edición original se trató de un libro anterior. Los relatos que contiene no son tan redondos como los de aquél, pero por el contrario resultan más variados. Figura entre ellos uno escrito en estilo epistolar, un díptico de historias en el que vemos cómo el mismo personaje se desenvuelve en dos contextos diferentes, y un relato enmarcado en el género del western. Éste último, “El viejo oeste”, es sin duda el más estimulante de cuantos componen el libro. Bausch se atreve a retomar los personajes de la mítica película Raíces profundas (Shane, 1953) y mostrarlos varios años después de los hechos acaecidos en ésta. Los encontramos así envejecidos, cansados y traicionando la imagen y valores que encarnaban en la inolvidable película dirigida por George Stevens. La lectura de este relato resulta, a pesar de sus dosis de tristeza y cruda desmitificación, un soplo de aire fresco entre las penurias suburbanas que llenan las restantes historias del libro. Y retomo aquí el tema antes iniciado.

La reiteración en los elementos temáticos presentes en las narraciones breves de Carver-Ford-Wolff-Bausch…, la insistencia en un determinado tipo de personajes y situaciones, el limitado desarrollo de las tramas y personajes que permite el género del relato, y la circunscripción a unos límites estilísticos que no permiten los ejercicios ni las salidas de tono, hacen que la lectura continuada de los relatos de tales autores llegue a resultar fatigosa. Se trata de maravillosas piezas breves, pero que se degustan mejor en pequeñas dosis. Y me atrevo a decir que su escritura también ha terminando por ser fatigosa para los propios autores. Hoy Richard Ford es más conocido por sus novelas que por sus relatos, Tobias Wolff ha cultivado con maestría el género autobiográfico y el mismo Richard Bausch cuenta en su haber con buen número de novelas. Ninguno ha abandonado por completo el género del relato, pero todos han buscado parajes más amplios y ventilados donde continuar trabajando. Se puede suponer (sin arriesgarse demasiado) que si Carver no hubiera fallecido prematuramente también habría dado el salto a la novela. De hecho, entre sus notas y textos inéditos e inconclusos (que ahora su viuda Tess Gallagher se dedica a expoliar) se descubrieron fragmentos de lo que parece ser una novela con el título provisional de The Augustine Notebooks. Los derroteros que ha tomado la narrativa estadounidense en las dos últimas décadas, adentrándose en formas de narrar más libres en cuanto a estilo y temática, abrazando el mestizaje de ficción y ensayo, la recuperación de géneros populares como la ciencia ficción y el terror, las influencias pop y los juegos metaliterarios, entre otros rasgos, confirma un cierto agotamiento del “realismo suburbano”.

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Me temo que después de lo dicho se hace necesario repetir que los relatos de Richard Bausch, y en concreto los de ¿No te alegras por mí? (libro sobre el que versa esta reseña, aunque no lo parezca), son excepcionales. Pero para apreciarlos en su adecuada medida hay que tener en cuenta esta advertencia previa: es mejor saborearlos de uno en uno, o de dos en dos, o de tres en tres, como mucho. No más. Una lectura precipitada, pasar de uno a otro sin detenerse a apreciarlos, puede ocasionar que se mezclen los sabores y decaiga su disfrute. Y esto sería una lástima, porque en todos los relatos puede reconocerse una notable labor narrativa. Sin embargo, cuando más disfruta y se deja llevar el lector es, precisamente, cuando el autor se despereza y sale del tiesto, cuando le da algo más que lo habitual.

Richard Bausch. ¿No te alegras por mí? Tropismos. Salamanca. 2007

Moebius Redux

enero 3, 2008

Ya puede disfrutarse en Youtube de la versión francesa del documental Moebius Redux: A life in pictures, que recorre la trayectoria artística del genial dibujante francés. La película cuanta además con testimonios de personajes tan relevantes en el mundo del cómic como Stan Lee y Mike Mignola. También podéis encontrar todas las partes del documental, ordenadas, en el blog Entrecomics.

Adjunto el fragmento del documental en el que Moebius/Jean Giraud habla de uno de mis personajes de cómic favoritos: el teniente Blueberry. Dice de él, entre otras muchas cosas, que a la hora de diseñarlo se inspiró en los rasgos del actor Jean Paul Belmondo, y que lo que más le estimuló fue la posibilidad de crear un personaje cargado de sexualidad y fuerza animal, muy alejado de iconos clásicos del cómic como Tintín.