Sobre “Quince días en las soledades americanas”, de Alexis de Tocqueville

enero 24, 2008

Alexis de Tocqueville (1805-1859) es conocido sobre todo como el autor de La democracia en América, texto fundacional de la sociología política y obra resultante del viaje que Tocqueville emprendió por Estados Unidos a la edad de veintiséis años. Pero de su periplo surgió además otra obra, un libro breve en el que ofreció una visión tan crítica como admirada de un país ocupado aún en gran parte por espacios vírgenes. Tal obra se tituló Quince días en las soledades americanas y fue publicada a título póstumo por quien fue precisamente el compañero de viaje de Tocqueville, su amigo Gustave de Beaumont.

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El verano de 1831 Tocqueville y Beaumont partieron de Nueva York hacia la región de los Grandes Lagos. Llegaron a Detroit y desde allí prosiguieron camino hacia el que era su destino final: Saginaw, un pequeño pueblo de pioneros y, en aquel momento, el asentamiento de hombres blancos más remoto de esa zona del país. Todo lo miraban con la curiosidad y el distanciamiento propios del extranjero. Tocqueville registró en su libro impresiones, descripciones y detalles muy alejados de la mítica habitual asociada a la conquista del Oeste. Los viajeros se hicieron pasar por compradores de terrenos (su intención de adentrarse en los bosques por el mero placer de visitar tierra virgen resultaba demasiado excéntrica para la época). Gracias a esta artimaña no tuvieron dificultades para encontrar interlocutores que les explicaran el proceder de los pioneros que se instalaban en aquellas tierras. Y Tocqueville nos transmite tales informaciones de forma clara, contrastada con su propia experiencia al tomar contacto con los pioneros; algo así como un “lo que usted siempre quiso saber sobre la colonización de América y nunca se atrevió a preguntar”. Deja constancia de su asombro al descubrir periódicos en las toscas cabañas levantadas en mitad del bosque o al encontrar una de tales cabañas en la que un oso hacía la función de perro guardián. A los indios les dedica palabras que oscilan entre la admiración y la lástima, siempre bajo una mayor o menor perplejidad ante sus modos de comportarse. Pero las mejores páginas son aquellas en las Tocqueville describe los bosques vírgenes, cuya desaparición ya era anunciada por el imparable avance de los colonos: Otros [árboles], tras largo tiempo azotados por el viento, se han precipitado enteros sobre el suelo formando (…) parapetos naturales tras los que fácilmente podrían protegerse varios hombres. Inmensos árboles, sostenidos por las ramas de los que los circundan, permanecen suspendidos en el aire y se van transformando en polvo sin llegar a tocar el suelo. Ojalá Tocqueville hubiera pasado en los Grandes Lagos más de quince días.

Alexis de Tocqueville. Quince días en las soledades americanas. Ediciones Barataria. Barcelona. 2005    

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