Ayer, sábado, apareció una reseña de El Hermano de las moscas en el suplemento literario Periferia Libros del periódico La Opinión de Granada, firmada por Cristina Monteoliva. Podéis leerla aquí.

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Si tenéis problemas con el link, entrad en el sitio web de La Opinión de Granada; una vez allí, pinchad en “Suplementos”; y a continuación en el PDF Periferia 056.

 

Puffin Classics

marzo 27, 2008

La editorial Penguin ha llevado su gusto por el buen diseño e imagen de los libros hasta Puffin, su división dedicada a las obras infantiles. Prueba de ello son las nuevas ediciones de algunos de los Puffin Classics. Da gusto verlos y leerlos.

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Siempre que abres un libro de Elmore Leonard (Nueva Orleáns, 1925) hay varias cosas que sabes de antemano que vas a encontrar. La primera es entretenimiento de calidad, quizá la primera exigencia de todo lector de novela negra. Otra son unos diálogos contundentes y verosímiles (hoy nadie se creería los malabarismos dialécticos de Raymond Chandler). Otra, un agradable regusto a western. Otra, un hábil manejo de los arquetipos del género, haciendo que nadie resulte ser lo que parece ser. Y otra más, la genialidad (y confianza en sí mismo) de un autor que no necesita docenas de personajes y tramas alambicadas para montar una buena historia.

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En Persecución mortal (Killshot, 1989) un asesino a sueldo de la mafia de Toronto es enviado a Detroit para realizar un trabajo. Una vez despachado, decide tomarse unas pequeñas vacaciones antes de regresar a casa; le apetece visitar a su abuela, que vive por la zona. Pero cuando sale de un restaurante, un tipo duro con pinta de macarra trata de robarle el coche a punta de pistola. Para un profesional como él, esto significa menos que un contratiempo. Sin embargo, decide perdonar la vida al macarra. Éste resulta ser un ex presidiario con experiencia en atracos a bancos y chanchullos varios. En ese momento se trae entre manos una extorsión al dueño de una agencia inmobiliaria. Y no le vendría mal un socio temporal. El asesino acepta la propuesta. Lo toma como una parte más de sus vacaciones.

En la agencia inmobiliaria trabaja Carmen Colson, de mediana edad y todavía de buen ver, casada y con un hijo en la marina. Su marido, Wayne, es ferrallista. Se dedica a montar estructuras metálicas de edificios. Trabaja a diez pisos de altura empernando vigas. Su principal afición es cazar ciervos de cola blanca. Está en forma. No es alguien que se deje intimidar fácilmente. Y da la casualidad de que Wayne se encuentra de visita en la agencia inmobiliaria la mañana en que el asesino canadiense y el macarra se presentan en busca de unos miles de dólares. Sin perder la calma, Wayne va a su furgoneta, coge una de sus herramientas de empernar y les hace frente. Los otros dos, que no esperaban oposición física, acaban machacados y terminan por retirarse. Claro que la historia no concluye aquí. Todo lo contrario. Un asesino de la mafia sabe muy bien que nunca hay que dejar cabos sueltos, y tanto Wayne como Carmen le han visto bien la cara y pueden identificarlo. A partir de este momento el objetivo de los extorsionadores será eliminar al matrimonio Colson.

Cuatro personajes. Dos de ellos quieren acabar con los otros dos. Eso es todo. Y es más que suficiente.

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¿Es ésta una de las mejores novelas de Leonard? Probablemente no. Hay momentos en los que se tiene la impresión de que el autor nos da una de cal y luego otra de arena. La subtrama acerca del agente del Plan de Protección de Testigos asignado a los Colson está introducida con calzador. Se nota que se encuentra ahí para prolongar un poco la trama. Sin embargo el personaje es de los mejores de la novela. El agente resulta ser un chulito aficionado a la musculación que no tiene clara la línea que separa la protección del acoso, en especial en lo que a la señora Colson se refiere. Por otro lado, Leonard quiere sacar partido al tiempo invertido en la documentación y dedica una excesiva atención al proceso de montaje de estructuras metálicas, a los cebos para ciervos y al sistema de esclusas del Mississippi (el matrimonio viaja hasta orillas de este río huyendo de sus perseguidores). Pero al mismo tiempo la narración de cómo el FBI trata a sus testigos protegidos es impagable, y por momentos hilarante.

¿Cuál es la mayor baza de Persecución mortal? Sus personajes. Las tensiones que surgen entre ellos. Pero no entre el matrimonio Colson y sus perseguidores, sino entre Carmen y Wayne por un lado, y entre el asesino y el macarra por el otro. Leonard da media docena de pinceladas a cada uno de ellos y sólo con eso consigue crear mucho más que bocetos. Los cuatro personajes principales tienen carne, huesos, voz e interés propios. Los dos perseguidores se desprecian entre sí, están juntos sólo porque las circunstancias se lo imponen y todo el asunto les fastidia más que mucho. Como no se solucione pronto terminarán a tiros entre ellos. Y la tensión ocasionada por verse perseguidos por delincuentes profesionales hace que los resquemores en la relación de los Colson salgan a relucir. Wayne quiere hacer valer su hombría y tomar las riendas de la situación, anteponiendo sus opiniones a las de los agentes del orden. Pero Carmen tiene una opinión propia acerca de cómo hacer frente al problema.

Lo mejor de todo es que Leonard le da a Carmen la oportunidad de hablar. Y de actuar. El protagonista de Persecuación mortal no es Wayne Colson. Tampoco lo es Carmen. Lo son ambos. El tiene razón unas veces y ella otras. Él hace frente a sus perseguidores en unos momentos y ella en otros. Y tal alternancia hace que las páginas se devoren y que se ansíe saber quién estará presente en el duelo final.

Elmore Leonard. Persecución mortal. Alianza editorial. Madrid. 2007

Público ha publicado hoy un artículo dedicado a El hermano de las moscas (editorial Salto de Página), titulado: “Homenajear a Kafka sin morir en el intento”.

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El fotógrafo quiere saber de qué trata la primera novela de Jon Bilbao antes de retratarle. El aludido tarda en responder. No es fácil defender que has escrito una historia “realista” cuando el protagonista de tu relato es un hombre que se transforma en un enjambre de moscas, así, por las buenas. Pero Jon tiene arrestos incluso para bautizar al hombre-multimosca con el nombre de Grego. A partir de ese momento, se acaba el homenaje a Kafka. (…)

El resto del artículo, aquí.

Sólo era cuestión de tiempo que un cómic se colara en esta sección, dedicada hasta ahora en exclusiva a las reseñas literarias. Aunque se trata de un cómic que posee una estrecha relación con la literatura.

Son varios los aspectos de la obra del autor noruego Jason (John Arne Saeteroy) que llaman la atención cuando uno abre por primera vez uno de sus cómics. El primero de ellos es la sencillez y claridad de su dibujo, de línea clara, heredero de la escuela franco-belga. Jason no emplea sombreados ni textos de apoyo; tampoco se rompe la cabeza con la perspectiva de las viñetas ni con la composición de la página. Por si fuera poco, sus personajes son animales antropomorfos, perros (o algo que se parece a los perros) y cuervos (o algo que se parece a los cuervos), principalmente. Y todos se asemejan mucho entre sí, hasta el punto de que en ocasiones resulta difícil diferenciarlos. Y todos poseen miradas vacías (sus ojos carecen de pupilas). Lo siguiente que llama la atención es, a pesar de todo lo dicho antes, lo expresivo y sugerente de su trabajo. Da gusto ver cómo Jason mueve a sus personajes por la página, cómo extrae el mayor provecho a los pequeños gestos, cómo dota de humanidad a sus animales parlantes y cómo (y ésta es a mi modo de ver una de sus mayores virtudes) se sirve de los silencios a la hora de narrar.

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Pero hay otros elementos sorprendentes. Y éstos se descubren cuando se procede con la lectura. Porque a Jason no le gustan las historias convencionales. Prefiere partir de un terreno cómodo y conocido y después desconcertar al lector con un giro inesperado, ajeno al decorado y tono inicialmente planteados. Pudimos comprobarlo en ¿Por qué haces esto? (publicado, al igual que No me dejes nunca, por Astiberri) donde combina el realismo sucio en la línea de Carver con el thriller al estilo de Alfred Hitchcock; y también en Low Moon (disfrutable por entregas en la edición digital de The New York Times), atípico western donde los duelos a revólver son sustituidos por partidas de ajedrez.

No me dejes nunca nos traslada al París de los años 20, donde Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald, James Joyce y Ezra Pound luchan por abrirse camino. Salvo que en esta versión de la historia los mencionados artistas no se dedican a la literatura, sino a los cómics. Se reúnen en los cafés y asisten al salón de Gertrude Stein, pero no hablan de libros, sino de cómics. La primera mitad de este álbum (autoconclusivo) se encuentra dedicada a mostrar cómo es la vida cotidiana de Hemingway y compañía: sus charlas, sus paseos, sus problemas domésticos, sus dificultades para lograr el reconocimiento… El protagonista es Ernest Hemingway, quien no logra colocar sus historias en las revistas, sueña con viajar a Pamplona y busca alivio a los problemas en brazos de su esposa. Lo acompaña su amigo Fitzgerald, acosado por el alcohol y su inestable mujer, Zelda. A Joyce y a Pound las cosas no les van mucho mejor. Esta primera parte parece un remake abreviado de París era una fiesta, donde los momentos tiernos se alternan con los tristes y donde encontramos incluso la célebre anécdota en la que Fitzgerald confiesa a Hemingway el complejo que sufre por el escaso tamaño de su pene.

Claro que todo lo anterior es demasiado normal (a pesar de los animales parlantes y de los escritores reconvertidos en autores de cómics). En algún momento debía llegar el giro. Éste se produce a mitad de la historia. Hemingway está harto de no ganar dinero con su trabajo, desea dar una vida mejor a su familia, así que decide dar un atraco. Convence a sus amigos artistas para robar la recaudación de un combate de boxeo. Nos vemos así, de pronto, inmersos en una narración de género negro, en la línea de La jungla de asfalto y Crimen perfecto, con sus tiroteos, mujeres fatales y traiciones, y en la que alguno de los protagonistas encontrará la muerte sin haber llegado a escribir (dibujar) sus mayores obras. Esto sí que es darle la vuelta a una historia. Y a la Historia.

Jason. No me dejes nunca. Astiberri. Bilbao. 2008

Este libro no ha sido aún publicado al castellano, diréis algunos. Luego ¿por qué una reseña?No ha sido publicado pero seguro que lo será en breve. La traducción al catalán ya se encuentra en las librerías (El sindicat de policies jueus, Ara Llibres, 2008) y la editorial Mondadori viene publicando todo lo último de Chabon, luego es razonable esperar que pronto todos podamos disfrutar de esta novela. Tomaos, por lo tanto, esta reseña como un adelanto.

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Tras la Segunda Guerra Mundial una colonia de judíos se asienta en tierras cedidas por Estados Unidos en la costa de Alaska. Allí, a pesar del clima adverso, los conflictos territoriales con los nativos y los aires prepotentes de Washington, los judíos logran prosperar y convertir Sitka, la capital del territorio, en la ciudad que nunca habría llegado a ser de no haber sido por su presencia en ella. Pero la cesión es precisamente eso: una cesión, y al cabo de sesenta años el territorio debe retornar a las ansiosas manos del estado de Alaska, y entonces los judíos de Sitka volverán a encontrarse sin lugar donde vivir. Esta es la ucronía que sirve como decorado a The Yiddish Policemen´s Union. La novela arranca cuando faltan escasos meses para la reversión, el ambiente en Sitka es más que crispado y, mientras unos judíos se esfuerzan por lograr un permiso de permanencia y otros por encontrar un sitio adonde emigrar, los más devotos claman por el advenimiento de un mesías que preste alivio a su penosa situación. El detective Landsman, sin embargo, prefiere actuar como si nada de todo esto estuviera sucediendo. Prefiere languidecer en el hotel de mala muerte que tiene como domicilio y beber para no pensar ni en su futuro ni en su pasado, el cual incluye una turbulenta hoja de servicios y un matrimonio roto. Una noche el portero del hotel llama a su puerta. Ha encontrado un cadáver en una de las habitaciones. El fallecido resulta ser un joven judío en una situación casi tan penosa como la de Landsman. Alguien lo ha ejecutado mediante un disparo en la nuca. Landsman se lo toma como algo personal y decide hacerse cargo del caso, uno de los últimos de los que se ocupará antes de que su placa deje de servir para algo en Sitka. Pero lo que a priori parecía un ajuste de cuentas entre drogadictos toma un cariz muy diferente cuándo se descubre de quién es hijo el muerto y que a éste, en su niñez, se le atribuyeron varios hechos inexplicables que no pueden ser calificados de otro modo que de milagros.

A Michael Chabon le encantan el cómic y la literatura de los llamados géneros menores. Dio prueba de ello en Las asombrosas aventuras de Kavalier & Clay, donde noveló el alzamiento de la industria del cómic en Estados Unidos; en La solución final, donde adoptó la línea de las novelas de Sherlock Holmes; y en Gentlemen of the Road: A Tale of Adventure (inédita en castellano), donde reprodujo el estilo de los folletines pulp. Ahora le toca el turno al género negro.

El detective Landsman bebe de los protagonistas de la narrativa hard boiled. Una mitad de la aspereza de Dashiell Hammet, otra mitad del fatalismo de James M. Cain, un toque de Harry el Sucio y otro de Canción triste de Hill Street para actualizar un poco la receta. Es un tío duro que está de vuelta de todo, con una excesiva afición a la botella, con una evidente pulsión suicida, con un compañero mestizo (madre india y padre judío) que daría la vida por él y con un jefe que lo machaca y lo protege a partes iguales (y que además resulta ser su ex mujer). Sitúa a este personaje en el escenario antes descrito de un Sitka terminal y todos nos frotaremos las manos deseando ver lo que ocurre.

Sin embargo The Yiddish Policemen´s Union no es de las mejores novelas de Chabon. Está lejos de Kavalier & Clay y bastante más lejos de Chicos prodigiosos. Salta a la vista que el autor está empapado de literatura negra, pero aun así se encuentra lejos de dominar sus códigos. O quizás el intento de “hacer algo más”, de dar al texto un carácter más elevado, más allá del mero divertimento, es lo que lastra el resultado final. The Yiddish Policemen´s Union no es una novela negra propiamente dicha, ni una crítica a la sociedad actual (con ecos al 11-S) realizada a través de una ingeniosa ucronía. Se encuentra a medio camino de ambas cosas. Da la impresión de que Chabon no se ha atrevido a decantarse por una de las dos opciones y eso hace la novela doblemente frustrante. Hay otros defectos más concretos. Resulta poco verosímil que Landsman, en las horas posteriores al asesinato que investiga, se tope, más o menos por casualidad, con una serie de personajes a los que hacía largo tiempo que no veía y que poseen relevancia en la trama. También es forzada la claustrofobia del detective como disculpa para no explorar el lóbrego túnel que descubre en el sótano de su hotel. Si se hubiera aventurado por él al comienzo de la novela, la conclusión de ésta habría resultado mucho más directa. En los episodios de violencia (escasos) se echa en falta algo más de potencia y la subtrama del ajedrez (el asesinado había sido un niño prodigio de este juego) está cogida con alfileres. Por otro lado, la vinculación personal del protagonista con su caso resalta tardía y en exceso casual.

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Pero a pesar de todo lo anterior The Yiddish Policemen´s Union es una novela con cuya lectura se disfruta y que en absoluto puede considerarse un fracaso. Y es así precisamente porque Chabon es un buen novelista. Quizá no tiene destreza a la hora de tejer una trama detectivesca, pero sin duda sabe cómo captar la atención del lector. Al fin y al cabo (puede haberse dicho a sí mismo), cuando uno se enfrenta a una novela negra lo último que importa es la trama; lo mejor es dejarse llevar y empaparse del ambiente. Y en este caso los diálogos son ágiles y contundentes, en especial los de Landsman y su ex mujer (el mejor personaje de la novela); el ritmo nunca llega a decaer (salvo en las últimas páginas, donde experimenta cierto desinflamiento); todos los personajes poseen su punto de atractivo; y, en especial, el cronotopo donde se desarrolla la historia es tan original como sugerente, con esas bandas de mafiosos judíos, confidentes filipinos, policías escasos de recursos y presionados por Washington, jugadores profesionales de ajedrez y señales del advenimiento del mesías. ¿El resultado? Una novela que se lee con interés y agrado, para dejarse llevar.

Michael Chabon. The Yiddish Policemen´s Union. HarperCollins. New York. 2007

Michael Chabon. El sindicat de policies jueus. Ara Llibres. Badalona. 2008

Poe según Wrightson

marzo 12, 2008

Golden Age Comics sigue regalándonos tesoros. Uno de los últimos es un portafolio del ilustrador estadounidense Berni Wrightson dedicado a los relatos de Edgar Allan Poe. Aquí tenéis una muestra.

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El arte de escribir consiste en hacer cuadrar frases que sugieren más de lo que dicen, que tienen una atmósfera en torno a sí, que no sólo registran una expresión vieja, sino que crean otras nuevas; frases que sugieren tantas cosas y son tan perdurables como un acueducto romano. Frases que salen caras, pues para obtenerlas hubo de invertirse mucha vida y muchos volúmenes; que yacen como rocas sobre la página, en todas direcciones; que contiene las semillas de otras, pero no mediante la mera repetición, sino la creación; frases para cuya construcción un hombre vendería sus tierras y castillos.

Asomarme a los diarios de un escritor al que admiro siempre me produce sentimientos encontrados. Por un lado está la poderosa curiosidad que el texto despierta: el deseo de atisbar la intimidad del creador, sus dudas, sus miedos, sus reflexiones sobre la labor creadora (como la arriba recogida), la necesidad de encontrar pistas, consejos que aplicar al trabajo propio… Por otro lado se halla el pudor producido por meter las narices en la intimidad de otra persona. Y reconozco que cuando escribo “pudor” estoy recurriendo a un eufemismo. Siendo preciso debería decir: miedo. Miedo a descubrir que la persona que hemos intuido o imaginado a través de la lectura de sus obras dista mucho de la persona real, frágil, vacilante, cambiante e imperfecta que en realidad fue. Cualquiera que se haya enfrentado a los desgarrados diarios de John Cheever, por ejemplo, podrá corroborar esta impresión. En definitiva, la lectura de unos diarios de escritor es un recordatorio, siempre necesario, de que no debemos confundir la literatura con sus autores.

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La lectura de Escribir (Una antología), sin embargo, no nos enfrenta al riesgo de conocer en la intimidad a Henry David Thoreau, o al menos no de una forma plena. El breve libro publicado por Pre-Textos es, como su título indica, una antología de fragmentos de sus diarios, en concreto de los referidos a la escritura. A la escritura y no a la literatura (hay que señalar), pues en ellos Thoreau no habla sobre autores u obras (salvo en contadas excepciones), no manifiesta sus opiniones sobre el trabajo de los demás (lo que sin duda podría interesar a muchos), sino que centra su atención en el proceso de escritura, en lo que queda oculto, en los oscuros talleres donde se fragua lo que más tarde aparece en las páginas.

Henry David Thoreau (1817-1862) es una de las figuras más importantes de las letras estadounidenses. Practicó la poesía, la narrativa de viajes, la historia natural y, en especial, el ensayo, género del que fue maestro indiscutible. Su obra más célebre, y también la más importante, fue Walden (1854), una crónica del experimento realizado por el propio Thoreau, con el que quiso demostrar que una persona es capaz de obtener de la tierra cuanto necesita para vivir, requiriendo únicamente para ello algo de organización y una moderada cantidad de esfuerzo. Era su intención denunciar las falsas necesidades que la sociedad capitalista nos induce, obligándonos a malgastar para satisfacerlas cantidades de tiempo y trabajo que bien podríamos emplear en la reflexión, la educación y el disfrute de la naturaleza. Thoreau levantó una cabaña en un terreno cedido por Ralph Waldo Emerson, a orillas de la laguna Walden, en las proximidades de Concord, Massachusetts. Permaneció allí durante dos años, dos meses y dos días, si bien en su libro comprimió su experiencia en un tiempo narrativo de un único año. Entre sus demás obras se encuentran el famoso ensayo Desobediencia civil y Dos semanas en los ríos Concord y Merrimack, texto a medio camino entre la narrativa de viajes y la elegía (dedicada a su hermano John).

Los textos recogidos en Escribir (Una antología) no deben ser tomados como partes de un manual de escritura. No lo son, y ésa es una de sus mayores virtudes. Forman parte de un gran work in progress mediante el cual Thoreau pretendía concretar su filosofía de escritura. No son conclusiones, sino pasos para llegar a ellas, aproximaciones sucesivas. Por lo tanto las contradicciones que se dan entre unos fragmentos y otros, no hay que verlas como tales, sino como cambios en las opiniones del autor; las variaciones de punto de vista y las matizaciones, como acercamientos a opiniones definitivas; las reiteraciones, como manifestaciones de puntos ya claros. Y no debemos olvidar algo importante: la sinceridad de todo lo que Thoreau escribía. No mientas a tu diario, menciona en una de las entradas. Lo que Thoreau dice en este libro se lo está diciendo a sí mismo, tal como lo pensaba. No se está dirigiendo a nadie del exterior, no edulcora ni rebaja sus pensamientos para facilitar la comprensión del lector ni se guarda nada en la manga.

¿Y qué es lo que podemos encontrar en estos fragmentos de diario? Énfasis en el esfuerzo que requiere la escritura si se pretende que ésta sea veraz, amor por la naturaleza e invitación a la atenta observación de cuanto nos rodea (como no podría ser menos viniendo del discípulo aventajado de Emerson, padre del trascendentalismo), insistencia en la experiencia propia como primer tema para la escritura y en la búsqueda de un estilo caracterizado por una complicada conjunción de lo cuidado y lo natural. Pero por encima de todo encontramos a un gran escritor, comprometido con su labor y consciente de las responsabilidades que ésta conlleva, y que era capaz de hacer gran literatura incluso cuando escribía sobre la propia escritura y nadie más que él iba a disfrutar de ella. Afortunadamente, esto último no se ha cumplido.

En la literatura sólo nos atrae lo salvaje. La torpeza es otro nombre para la docilidad. Es el pensamiento indómito, incivilizado, libre y salvaje en Hamlet, en la Ilíada y en todas las escrituras y mitologías lo que nos deleita, lo no aprendido en las escuelas ni refinado y pulido por el arte. Un libro bueno de verdad es algo tal salvajemente natural y primitivo, misterioso y maravilloso, ambrosíaco y fértil como un hongo o un liquen. Supongamos que la rata almizclera o el castor se dedicaran a la literatura: ofrecerían nuevas perspectivas de la naturaleza. La falta de nuestros libros y de nuestras acciones es que son demasiado humanas. Quiero algo que hable en cierto modo de la condición de las ratas almizcleras y de las mofetas tanto como de la de los hombres, lejos de la cháchara complaciente y condescendiente de los filántropos.

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Henry David Thoreau. Escribir (Una antología) Pre-Textos. Valencia. 2007