Sobre “Un tipo implacable”, de Elmore Leonard

abril 9, 2008

La obra de Elmore Leonard puede dividirse en dos grandes grupos: sus textos enmarcados en el género del western y los de género negro. Entre los primeros puede destacarse el relato breve 3:10 to Yuma, en el que se basó la película de mismo título protagonizada por Glenn Ford. El segundo grupo es el más conocido entre nosotros por existir unas cuantas traducciones al castellano, como Ciudad salvaje, Pronto o Persecución mortal.

Un tipo implacable (The Hot Kid, 2005) se ubica, abriéndose paso a codazos, entre los dos grupos.

En los años 30, las zonas rurales del estado de Oklahoma vivían todavía inmersas en el siglo XIX. Se habían producido cambios, pero el modo de vida continuaba siendo el mismo en lo esencial. Los ranchos habían dejado paso a las explotaciones petrolíferas, los caballos a flamantes coches Ford y las historias sobre célebres cuatreros a las contadas por los veteranos de la 1ª Guerra Mundial. Existía una inercia, y también una añoranza,  que frenaban la entrada del siglo XX. El pasado era mejor, más limpio, provisto de una épica ya asimilada y rememorada de modo incansable. La aceptación de los nuevos tiempos exigía una épica propia, o bien una extensión de la antigua a los tiempos modernos.

Los intentos de establecer esta nueva épica se encarnan en Un tipo implacable en la figura de Tony Antonelli, periodista en nómina de la revista True Detective y cronista no oficial de las andanzas de Carl Webster. Carl es el hombre de moda, un policía que a pesar de su juventud posee a sus espaldas una brillante trayectoria. Además es atractivo, se cubre con un sombrero panamá elegantemente ladeado, nunca pierde la calma y ha hecho célebre la frase: “Si me veo obligado a sacar el arma, dispararé a matar”. Y lo ha hecho varias veces. Es un moderno Wiatt Earp.

La némesis de Carl es Jack Belmont, primogénito de un magnate del petróleo. Parece llevar al diablo en la sangre. Siendo sólo un niño intentó ahogar a su hermana en una piscina; como resultado la niña sufrió daños cerebrales permanentes. Al llegar a la adolescencia el currículum delictivo de Jack se amplió, incluyendo el chantaje, el sabotaje y el asesinato, hasta que llegó el momento en que el dinero y los esfuerzos de su padre no bastaron para encubrir sus fechorías. Jack Belmont fue expulsado de la familia. Su madre guarda bajo la almohada un revólver cargado, por si algún día su hijo se atreve a volver a casa. Ahora Jack se dedica a regentar prostíbulos. Pero la idea de emular a John Dillinger o los célebres Bonnie Parker y Clyde Barrow le atrae cada vez más. El auténtico dinero y, lo que es más importante, la gloria están en atracar bancos.

Jack y Carl están destinados a enfrentarse, y Tony Antonelli narrará su duelo.

Los personajes de Un tipo implacable hacen todo lo posible por reproducir en los tiempos que les ha tocado vivir la épica del lejano Oeste. Prestan una gran atención a las formas, a las palabras dichas antes de desenfundar un arma o justo antes de morir, al estilo personal. Cuando una chica es invitada por Jack Belmont a unirse a él y ayudarlo a atracar bancos, a convertirse en “la chica del gánster”, su respuesta es: “¿Qué ropa me pondría?”. Elmore Leonard contribuye a ello no mostrando de forma directa determinados momentos de la historia: los enfrentamientos. Cuando están a punto de tabletear las metralletas Thompson, Leonard hace una elipsis y salta a cuando todo ha concluido. Y luego permite que sean los propios personajes quines narren lo sucedido, vistiéndolo de épica: quién desenfundó primero, dónde se encontraba exactamente cada cual, qué se dijeron…

Sin embargo la verdadera historia de Un tipo implacable es, precisamente, el fracaso en la construcción de esta nueva épica. Carl Webster renunció a la fortuna que su padre, un criador de nogales, le ponía en bandeja, para dedicarse en su lugar a perseguir delincuentes. Una admirable decisión, si no fuera por el apenas contenido afán de notoriedad de Carl y su gusto, también difícilmente contenido, por disparar a la gente. Jack Belmont también renunció a una fortuna. Prefería ser un forajido. Muy romántico. Pero no es ningún Robin Hood. Es un asesino sicópata.

Carl y Jack se parecen más de lo que están dispuestos a admitir. Comparten el gusto por las armas, por el mismo tipo de mujeres y por figurar en la primera plana de los periódicos. Uno ha escogido un bando, y el otro, el contrario. Se persiguen con la intención de liquidarse pero a la vez se necesitan para alcanzar la fama.

En los escasos atisbos que Leonard nos da sobre cómo suceden de veras las cosas, descubrimos que la realidad es muy diferente a como cuentan los supervivientes de los tiroteos o a lo que se publica en True Detective. El famoso disparo de Carl Webster a cuatrocientos metros de distancia con el que abatió a un atracador que huía en coche iba dirigido a una rueda del vehículo. Pero salió desviado y alcanzó al conductor en la cabeza. Esto sólo lo sabemos nosotros. Y el propio Carl, que tiene buen cuidado de no revelarlo.

Cuando por fin Carl y Jack se encuentran frente a frente, uno sobrevive y el otro termina en el polvo, acribillado. Pero los dos fracasan pues descubren en el último momento que el mundo que habían creado a su alrededor sólo existe en las novelas baratas y en las historias contadas en las barras de los bares. Lo auténtico de veras se quedó en el pasado, en el padre de Carl, veterano de la guerra de Cuba, emparejado con una india y tranquilo plantador de nogales; y en el padre de Jack, que salido de la nada pasó su juventud dedicado al duro trabajo de perforar pozos de petróleo y levantó un imperio con sus propias manos.

¿Y qué nos queda a nosotros una vez dicho adiós a la magia del western? La dura realidad plasmada en las demás novelas de Leonard, una realidad no por desprovista de leyenda menos fascinante.

Elmore Leonard. Un tipo implacable. Alianza Editorial. Madrid. 2006

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