Sobre “Zona fría”, de Jonathan Franzen

abril 17, 2008

A Jonathan Franzen (Chicago, 1959) le encanta hablar sobre Jonathan Franzen. Dio muestras de ello en su anterior recopilación de ensayos, Cómo estar solo, y también en su novela más célebre, Las correcciones, que incluye numerosos elementos autobiográficos. Ahora se lanza abiertamente a ello con Zona fría, libro que lleva el subtítulo de Una historia personal. Estamos pues frente a seis ensayos autobiográficos en los que Franzen analiza diferentes aspectos y periodos de su vida.

Cualquiera que haya leído alguna obra anterior del autor habrá llegado a varias conclusiones:

  • i) Franzen escribe bien.
  • ii) Franzen es un ególatra.
  • iii) Franzen escribiría mejor si no fuera un ególatra.

La lectura de Zona fría confirma sin ningún género de dudas los tres puntos anteriores.

¿Cuáles son las mejores piezas de las que componen esta recopilación? “Y entonces brota la alegría” y “Ubicación céntrica”, las cuales tiene en común que aunque tratan sobre Franzen, éste no nos está recordando de forma continua que tratan sobre Franzen. En la primera narra sus años de instituto y en particular su militancia en un grupo religioso para adolescentes llamado Compañerismo. La segunda, también ubicada en los años de instituto, trata sobre los actos vandálicos que perpetró junto a un grupo organizado de estudiantes que se ocultaba bajo el nombre de DIOTI (anagrama de idiota, en inglés, además de un absurdo juego de palabras que me niego a reproducir). En ambos casos da la impresión de que la distancia que proporciona la edad ha permitido al autor verse más como un personaje que como él mismo, así como que las reflexiones intercaladas en la narración sean pertinentes, claras y libres de digresiones.

Los demás ensayos del libro oscilan entre lo interesante, lo frustrante y lo irritante. No soy capaz de entender cómo Franzen piensa que sus opiniones sobre el sistema de recaudación de donativos para los damnificados del huracán Katrina pueden interesar al lector, en especial si están incrustadas en el ensayo que a priori parecía tratar sobre el proceso de venta de la casa de sus padres, una vez fallecidos ambos. Lo que comienza como una situación dolorosa (retirada de recuerdos personales de la casa y valoración económica del hogar), provista de elementos dramáticos (discusiones entre los hermanos sobre el precio de venta) e idónea como pie para un mea culpa sobrio y sincero (la relación de Franzen con su madre sufrió numerosos escollos) se pierde en una maraña de digresiones que parece indicar que, a pesar del gusto del autor por hablar sobre él y lo que lo rodea, aún no está preparado para enfrentarse a sus demonios en campo abierto.

La destreza narrativa del autor evita que cerremos el libro, pero no que le cojamos manía a él. En “Mi problema con los pájaros” Franzen afronta sus recurrentes problemas de pareja y sus dudas sobre tener o no descendencia, empleando su afición a la observación de aves como contrapunto (ir a reservas naturales y alejarse de su entorno habitual le permiten olvidarse de todo lo anterior). Sin embargo, a medida que avanzan las páginas, va dejando de lado el tema principal y se embarca en una tediosa narración de avistamientos de patos enmascarados, escribanos de California y grullas cantoras, dando muestras no sólo del fervor del converso por su nueva afición sino también de una completa falta de empatía hacia sus lectores. Lo mismo se puede decir sobre “La lengua extranjera”, donde Franzen deja bien claras sus dificultades iniciales para aprender alemán, su posterior enamoramiento de esta lengua y, finalmente, su fascinación por su literatura. Todo eso estaría muy bien, si no fuera porque el efecto que produce en el lector es el de alejarse de cualquier cosa que tenga que ver con Alemania.

Cuando empecé este blog me dije que sólo escribiría reseñas de libros que me gustaran, y parece que en este caso no lo estoy cumpliendo. Pero si mi reacción a Zona fría ha sido, precisamente, fría, el motivo es que Franzen es un escritor al que he venido siguiendo con interés. Varios de los ensayos contenidos en Cómo estar solo merecen relecturas periódicas. Me pareció curioso y valiente que concluyera su novela Movimiento fuerte con un deus ex máchina en la forma de un movimiento sísmico. Y me conmovió el retrato de los Lambert, la familia de clase media protagonista de Las correcciones; me conmovió por lo minucioso, descarnado y extrapolable fuera de las fronteras estadounidenses (es difícil no verse reflejado en alguno de los miembros de esa familia). Y también he disfrutado con determinadas partes de Zona fría. Es estupenda la semblanza que en “Dos ponis” Franzen lleva a cabo de Charles M. Schulz, autor del célebre Snoopy; y me he reído mucho cuando Franzen habla de su infancia y adolescencia y se retrata como un freak aficionado a los juegos de palabras y los libros de Tolkien. Lo que sucede es que luego ese adolescente se convierte en adulto y deja de caerme bien. Quizá porque se olvida de que ser sincero no es lo mismo que ser interesante.

Ojalá Franzen pronto se dé cuenta de ello. Yo, mientras tanto, esperaré su próxima novela, a ser posible no autobiográfica.

Jonathan Franzen. Zona fría. Seix Barral. Barcelona. 2008

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