Para disfrutar de la obra de Joseph Conrad (1857-1924) hay que tener presentes ciertas cosas y obviar algunas más. Entre las primeras se encuentra el hecho de que el autor de origen polaco estaba más interesado por lo subjetivo que por lo objetivo. Formó parte del grupo de novelistas en activo a finales del siglo XIX y comienzos del XX que decidió adentrarse en la mente y la conciencia humanas para tratar de descifrar su funcionamiento. Unas décadas después tal exploración conduciría a los postulados del movimiento modernista, con James Joyce y Virginia Woolf a la cabeza en lo que a narrativa se refiere. En el caso de Conrad, una de las formas en que se manifiesta su indagación en lo subjetivo es la exposición paso a paso de los motivos por los que un personaje lleva a cabo determinada acción trascendente. Como un pintor que aplica una mano de pintura sobre otra, y luego afina los detalles, Conrad aporta motivaciones, dudas, puntos de vista… a menudo antes incluso de que se nos revele qué es lo que hizo el personaje. Al igual que sucede con algunos postulados del modernismo, el planteamiento anterior funciona mejor en la teoría que en la práctica, en especial cuando el lector ya ha adivinado cuál es esa acción que se le oculta y el narrador continúa escamoteándola. Esto es lo que sucede, por ejemplo, en Lord Jim durante el episodio del vapor Patna y su accidente.

 

Y en cuanto a las cosas que es mejor obviar, entre ellas se encuentra esa costumbre de Conrad de prescindir del narrador omnisciente y dejar que sea uno de sus personajes quien nos cuente la historia de turno, de la cual ha sido protagonista o testigo más o menos directo. Esto nos lleva a una de las críticas dedicadas habitualmente a Conrad: ¿cómo puede una persona permanecer hablando durante horas, recordando innumerables detalles de lo sucedido, reproduciendo complejos diálogos e incluso cometiendo el desliz de narrar hechos que no presenció y de los que no puede tener noticia? (Véase, de nuevo, Lord Jim.)

Tanto la exposición demorada de los hechos como la técnica de la narración dentro de la narración (cuyas pegas, no obstante, apenas restan valor a la obra conradiana) resultan menos evidentes cuando se aplican a textos de extensión corta o media. En estos casos no existe espacio para detenerse demasiado en la indagación psicológica de los personajes, y el hecho de que alguien cuente la historia a un tercero resulta más natural, debido a la brevedad de la misma.

Esta es una de las buenas razones para leer Entre mareas, una recopilación de cuatro relatos largos-novelas cortas (al menos en dos de los casos es complicado decidirse por un género u otro) publicada originalmente en 1915. La otra razón es que dos de las narraciones que conforman el libro (“El hacendado de Malata” y “El socio”) son Conrad en estado puro, mientras que las restantes constituyen variaciones muy interesantes dentro la trayectoria del autor polaco.

“El hacendado de Malata” es la más larga y conocida, y también la mejor de las cuatro historias, aunque “El socio” la sigue muy de cerca en cuanto a calidad. Ambas deben incluirse entre lo mejor de la producción de Conrad. Ambas ofrecen dos de las “marcas de la casa”: conflictos morales y entorno marítimo. En la primera, un aventurero reconvertido en criador de gusanos de seda se ve solicitado por una bella joven londinense para que le ayude a encontrar a su novio, quien ha huido a Asia tras ser involucrado en un escándalo financiero. El plantador se verá dividido entre el deber de informar sobre el paradero del desaparecido y la atracción que siente por la chica. Por otro lado, en “El socio” se narra el sabotaje de un barco por parte de uno de sus dos propietarios con el fin de cobrar el seguro. El segundo propietario es su hermano, capitán además de la nave.

Lo dicho: cien por cien Conrad.

Las otras dos historias, más breves, son interesantes por diversas razones. En el caso de “La posada de las dos brujas” llaman la atención el coqueteo con el género de terror y una ambientación deudora de Edgar Allan Poe. El lector español encontrará además otro aliciente. La historia se localiza en Asturias, en tiempo de la guerra de Independencia. Un barco inglés se aproxima en secreto a la costa para aprovisionar a la resistencia contra los franceses, y sus dos emisarios deben vérselas con un peculiar grupo de lugareños.

“Por culpa de unos dólares” parece escrita pensando en su adaptación al cine; dispone de todos los ingredientes de una buena película de aventuras, además de una especial agilidad narrativa. Davidson es un capitán de barco a quien le vendrían como anillo al dedo los rasgos de Gregory Peck. Recibe la misión de recaudar por diferentes islas del sur de Asia viejos dólares de plata, proceso previo a una nueva emisión de moneda. Su tarea llega a oídos interesados y un grupo de ladrones decide tenderle una emboscada en una de las escalas de su viaje. Al frente de éstos, uno de esos personajes impagables: un francés inmenso, siempre colérico, a quien le faltan las dos manos y que transforma sus muñones en armas mortales fijándoles pesos de hierro de tres kilos. Por supuesto, también hay un personaje femenino, además de una sutil trama romántica.

¿Hacen falta más motivos para leer este libro? 

Joseph Conrad. Entre mareas. El olivo azul. Córdoba. 2008

Good is Dead

mayo 14, 2008

A través de El ojo fisgón he descubierto Good is Dead, el estupendo sitio web del diseñador gráfico Chip Kidd. A continuación, algunos ejemplos de sus diseños para portadas de libros.

The Secret History of Batman in Japan (2008)

Trade Cover for James Ellroy's Blood on the Moon (2005)

Jacket for Cormac McCarthy's All the Pretty Horses (1992)

 

El cameo de John Cheever en la adaptación cinematográfica de “El nadador”, uno de sus relatos más célebres.

 

Thoreau en viñetas

mayo 9, 2008

Las adaptaciones al formato cómic de obras literarias han sido siempre abundantes. Basta recordar las versiones ilustradas de obras de Julio Verne, Emilio Salgary y James Fenimore Cooper que han sido para muchos de nosotros el primer paso a la hora de iniciarse en la lectura. Pero de un tiempo a esta parte tales adaptaciones han ido dejando atrás a esos autores digamos previsibles, para atreverse con nombres y obras más ambiciosos y que representan para los adaptadores un reto tan sugerente como arriesgado. Los resultados de algunas de estas nuevas versiones han sido interesantes y en varios casos brillantes: la adaptación de Moby Dick realizada por Bill Sienkiewicz y Dan Chichester; la de Por el camino de Swann, primera parte de En busca del tiempo perdido, de Stéphane Hevet; o la de La tempestad, a cargo de Santiago García y Javier Peinado.

Y ahora, leyendo el blog de la editorial Drawn and Quarterley, me encuentro con la noticia de la próxima aparición de una versión de uno de mis libros preferidos: Walden, de Henry David Thoreau. El autor es John Porcellino y podéis disfrutar a continuación de un adelanto de su trabajo. La sencillez del dibujo me parece una apoyatura idónea para las reflexiones filosóficas recogidas en la obra original. Ojalá podamos disfrutar pronto del cómic al completo.

P. S. Desde hace tiempo vengo pensando en dedicar una nueva sección a las adaptaciones al cómic de obras literarias, la cual incluiría reseñas, previews, etc. Mis dudas nacen del riesgo de recargar el blog de secciones. ¿Qué opináis vosotros al respecto?