El anterior libro de relatos de Kjell Askildsen (1929, Mandal, Noruega) publicado en nuestro país, Los perros de Tesalónica (Lengua de Trapo, 2006) me dejó con cierta sensación de frustración, como si te ofrecieran un bocado de un plato exquisito pero fuera tan escaso que no te permitiera percibir la totalidad de su sabor. Y luego te negaran un segundo bocado. (No sé si esta es la metáfora más adecuada.) Como consecuencia, empiezas a dudar de la calidad de lo que te han dado y te planteas por qué no te han dado más.

Los perros de Tesalónica es un libro breve, compuesto por relatos breves y muy similares. Askildsen nos ofrece una serie de estampas de matrimonios aburridos y sin futuro, donde los cónyuges han dejado atrás su deseo de llegar a conocer a la persona con la que comparten techo. No sucede nada relevante; relevante en el sentido de llamativo para quien observe desde fuera los mezquinos infiernos domésticos de esas parejas. Intercambian palabras lacónicas, fuman, pasean y poco más. El estilo con que esto se nos cuenta es seco, de frases breves y simples, tan monótono como lo narrado. Se podría caer en el error de llamar a este estilo “carveriano”, pero Carver comparado con Askildsen parece Flaubert.

Al tratar de recordar el libro unos meses después de su lectura, todo lo que acude a la memoria es una masa grisácea entre la que no puede diferenciarse un relato de otro. Y entonces se piensa que aquel plato exquisito a lo mejor sólo era un hueso puesto a hervir.

Aparece ahora Desde ahora te acompañaré a casa, que recoge algunos de los primeros relatos del autor, lo que es una oportunidad para contrastar las opiniones generadas por Los perros de Tesalónica y comprobar el modo como ha evolucionado el autor.

Entre un libro y otro existen diferencias; no grandes, pero existen.

Desde ahora te acompañaré a casa es también un libro breve compuesto por relatos breves, cuyos temas principales son la incomunicación y la dificultad de conocernos a nosotros mismos y a las personas con quienes vivimos. El estilo continua siendo sobrio y el tono, por lo general, pesimista. Hasta aquí, todo igual. Sin embargo Desde ahora… es un libro más agradable de leer que Los perros… Esto se debe en primer lugar a su mayor variedad. Aquí no nos encontramos únicamente con parejas adultas. Hay relatos dedicados a la infancia, con atención a las relaciones entre amigos y entre padres e hijos. Estas últimas se vuelven a tratar en otros casos cuando los niños ya se han convertido en adultos y los padres en ancianos. También hay más variedad en cuanto a la localización de las historias, no todas ceñidas a decorados suburbanos noruegos, sino que algunas se ambientan en entornos rurales o en el extranjero (Grecia). Pero la mayor diferencia es una serie de acontecimientos diseminados por los relatos y que permiten individualizar estos. No son hechos espectaculares (o descritos con espectacularidad) y en ocasiones ni siquiera resultan centrales en las historias. Son hechos como el incendio de un islote desierto en “Crías de gaviota”; otro incendio, en este caso de una casa, en “Canícula”; o la visita de un padre a su hijo, después de largos años de separación, en “La noche de Mardon”.

Dentro del panorama de sentimientos átonos y estilo apagado de Askildsen, estos pequeños acontecimientos sirven para fijar las historias a la memoria (el relato de la isla, el del incendio…) e individualizarlas. Es posible entonces rememorarlas y tomarse el tiempo necesario para extraer la carne oculta entre los huesos de sus líneas, antes de que la memoria empiece a confundir unos relatos con otros. Se trata de una estrategia lícita, puesto que el autor en ningún momento engaña al lector haciéndole creer que sus historias van a tratar sobre algo diferente de lo que en realidad tratan, y tampoco cae en efectismos. Es una lástima que en sus obras posteriores la haya desestimado.

Kjell Askildsen. Desde ahora te acompañaré a casa. Lengua de Trapo. Madrid. 2008

Pedro Jorge Romero ha publicado en su blog una reseña de El hermano de las moscas, de la que adjunto tan solo un fragmento:

La lectura es muy ágil y el resultado final da que pensar. Quizá sea una obra sobre lo fácil que es ocultar lo extraño y diferente (…) bajo el manto de la más absoluta normalidad.

O quizá no.

Gracias, Pedro.

A Grossman le apasionan los cómics, eso resulta evidente, pero hay ciertos elementos de ellos que no le gustan nada. En un momento de la novela, el Doctor Imposible se lamenta:

¿Cómo se conquista el mundo? Lo he intentado todo. Armas de destrucción total de todo tipo: nucleares, termonucleares, nanotecnológicas (…). He intentado el control mental de las masas, he robado las reservas de oro de Fort Knox y las he vuelto a perder. He viajado al pasado para cambiar la historia, al futuro para escapar de ella; he detenido el tiempo para vivir en un mundo de estatuas. He dirigido ejércitos de robots, insectos y dinosaurios. Un ejército de hongos. Otro de peces. Otro de roedores. He probado con una invasión alienígena. Una invasión alienígena interdimensional. Una invasión de dioses alienígenas (…). Pero, una y otra vez, mis planes acaban del mismo modo. He estado entre rejas doce veces.

¿Cómo puede ser? ¿Por qué los supervillanos nunca vencen, a pesar de toda su inteligencia y el indudable esfuerzo dedicado a sus planes? Por una mera cuestión de estadística, deberían vencer de cuando en cuando. Pero es como si alguna ley de la física se lo impidiera.

Esto resulta aún más frustrante tras leer el retrato que Grossman realiza de superhéroes y superenemigos. El Doctor Imposible dedica unas cuantas páginas a hablarnos de cómo era en su infancia y adolescencia: un chico tímido, callado, aficionado a la ciencia, con pocos amigos, víctima de las burlas de sus compañeros de clase, más exitosos socialmente. En definitiva: un retrato bastante familiar. El mensaje que Grossman transmite es que esos chicos que todos hemos conocido, unos hachas en matemáticas y física, que se enamoran de la chica más guapa de la clase mientras que a ellos nadie les presta atención, objetivo de los matones, aficionados a las maquetas, los ordenadores y los cómics, no quieren convertirse en Superman cuando sean mayores, sino en Lex Luthor. Puede que en algún momento desearan ser atractivos, admirados y queridos, pero las abundantes dosis de ninguneo y desprecio sufridas han hecho que prefieran ser temidos. También quieren que se reconozca su esfuerzo, todas las horas pasadas en la biblioteca y sus buenas notas, pero no mediante una rutinaria palmada en la espalda. Quieren que la gente lo reconozca en el instante previo a que un robot gigante construido por esos chicos, animado por una poderosísima fuente de energía descubierta por ellos, los aplaste.

Lo triste es que esto nunca llega a suceder. Ni siquiera en los cómics.

A los superenemigos los trajes con capa y antifaz nunca les sientan tan bien como a los superhéroes, con sus perfectas musculaturas. Los laboratorios y bases secretas tienen algo de megalomaniaco, de excesivo y de ridículo, que invita a interpretaciones freudianas. Y siguen sin conseguir a la chica. Y siguen sin ganar nunca.

Y si esto sucede es porque los superhéroes son, precisamente, aquellos mismos chicos que le restregaban por la cara el hecho de que ellos lo tenían todo, y que, además, en el patio del colegio les hacían la vida imposible.

El Doctor Imposible coincidió en Harvard con Fuego Esencial (un trasunto de Supermán), que luego se convertiría en su némesis. Por aquel entonces ninguno de los dos tenía poderes. Imposible dice de él:

Para Jason, Harvard era lo más parecido a una carrera sin obstáculos por una pista que parecía haber sido diseñada expresamente para él. Cumplía puntualmente las expectativas depositadas en su persona respecto a las notas, las novias, las fraternidades estudiantiles, y todo le auguraba un brillante porvenir. Mientras tanto, yo había iniciado una lenta pero inexorable deriva que me empujaba cada vez más lejos del centro de todo.

Los superenemigos estudian, miman sus planes, cultivan sus conocimientos, idean artimañas que nadie más podría concebir, y luego, en el último momento, aparece un superhéroe y arruina todo ese esfuerzo en un instante, con los puños y sin ni siquiera despeinarse. Es cierto que les ampara el obrar en nombre del bien, pero la arrogancia y falta de reflexión con que actúan los pone más cerca de matones que de verdaderos héroes.

En definitiva, los combates por hacerse con el poder mundial se diferencian poco de las peleas infantiles. Peleas que tanto en el mundo real como en los cómics siempre concluyen del mismo modo. Quizá en las páginas de una novela las cosas sean diferentes.

Austin Grossman. Muy pronto seré invencible. Reservoir Books Mondadori. Barcelona. 2008

Muy pronto seré invencible es una novela sobre superhéroes vestidos con capa y antifaz que combaten contra supercriminales, también con capa y antifaz, que aspiran a dominar el mundo.

Esta frase puede bastar para que unos cuantos lectores potenciales nunca se acerquen al libro. A otros les repelerá el hecho de que Muy pronto seré invencible suela encontrarse en ese rincón de las librerías, repleto de portadas coloridas, donde se almacenan las obras de ciencia-ficción, terror y género negro; ese rincón que los amantes de la “Literatura De Verdad” miran por encima del hombro o ni siquiera miran. A otros lectores les repelerá que esta novela se englobe en la llamada “nueva narrativa norteamericana”, una corriente en la que en bastantes ocasiones prima lo original por lo original. Y a otros lectores les repelerá que el autor, Austin Grossman, antes de dar el salto a la escritura haya trabajado como diseñador de videojuegos; un prejuicio absurdo pues ¿por qué representa un inconveniente a la hora de dedicarse a la literatura haber trabajado antes en el campo de los videojuegos y no lo es, por ejemplo, haberlo hecho en una compañía de seguros en Praga?

Todos estos lectores posibles que, por una razón u otra, pasen de largo ante Muy pronto seré invencible estarán cometiendo un error, porque esta novela es una de las propuestas más interesantes (aunque no por ello perfecta) de los últimos años.

Muy pronto seré invencible está narrada en primera persona por sus dos protagonistas, a los que se dedican capítulos alternados. Uno de ellos es el Doctor Imposible, archivillano que ha tratado innumerables veces de hacerse con el poder mundial. El Doctor Imposible se fuga al comienzo de la historia del penal de alta seguridad donde estaba recluido y de inmediato comienza a urdir un nuevo plan de conquista, del que asegura que será el definitivo. El segundo protagonista es Fatale, una ciborg recién fichada como miembro de los Nuevos Campeones, el grupo de superhéroes más importante del momento. Su primera misión será desbaratar las maquinaciones del Doctor Imposible. Hasta aquí, la trama típica de cualquier cómic. Pero Muy pronto seré invencible no se trata de una mera novelización de una historia precedente y mil veces contada, sino que es una novela con entidad propia.

Los elementos desmitificadores y revisionistas abundan. El autor ha vestido con rasgos adultos y realistas los clásicos elementos del cómic de superhéroes. Esto puede llevar a creer que la novela se encuentra próxima a algunos intentos recientes de reconstruir el género de superhéroes, como la película El protegido, que tratan de enmarcar a los superhéroes en un entorno real y actual. Muy pronto seré invencible sigue un camino diferente, el de minar, y al mismo tiempo homenajear, y al mismo tiempo ensalzar, a los superhéroes desde dentro. La historia parece extraída de la edad de plata de los cómics DC, su periodo más kitsch, fértil en space operas, cuarteles secretos en bases espaciales, dimensiones alternativas, familias de superhéroes y supermascotas. Es en este decorado donde Austin Grossman aplica sus elementos revisionistas, lo que sitúa Muy pronto seré invencible más cerca de Wachtmen que de El protegido.

Y ahora una pregunta obvia: ¿hay que ser aficionado a los cómics para disfrutar de esta novela. La respuesta es no. El autor se ha esforzado para que su libro sea por completo autoexplicativo. Ahora bien, el disfrute será mucho mayor si se captan las numerosas referencias y homenajes que salpican cada página, y también si se conocen los elementos clásicos que Grossman retuerce: desde los inevitables monólogos megalomaniacos de los supervillanos cuando están a punto de lograr su objetivo, hasta el siempre ridículo trámite de narrar el origen de los superpoderes. Para el aficionado a los cómics, leer una novela de superhéroes puede resultar extraño a priori, pero a las pocas páginas te sientes como si te hubieras calzado unas botas viejas y confortables, ablandadas después de recorrer muchos kilómetros con ellas, y que hacía tiempo que no usabas.

Hay además otra razón para recomendar la lectura de Muy pronto seré invencible, más allá de sus revisiones y homenajes, una más importante: el punto de vista adoptado a la hora de plasmar la relación entre los superhéroes y sus némesis, que logra que éstos nos resulten muy familiares. Y no por lo que hemos leído, sino por lo que hemos vivido.

Austin Grossman. Muy pronto seré invencible. Reservoir Books Mondadori. Barcelona. 2008

Batcrimen y batcastigo

junio 17, 2008

Hace ocho años, la revista Drawn and Quarterly, dedicada al cómic, publicó Dostoyevsky Comics, una muy particular versión de Crimen y castigo en la que Batman adoptaba el papel del atormentado Raskolnikov y la malvada usurera tenía unos rasgos sospechosamente parecidos a los de Jóker. La historia completa: en Again with the Comics.

A finales del verano de 1992 un grupo de cazadores se adentró en una zona de Alaska conocida como Distrito del Lobo, al este del Parque Nacional de Denali. Planeaban montar su campamento en un viejo autobús, situado en la conocida como Ruta de la Estampida. El vehículo llevaba allí desde los años sesenta, cuando se acometió la construcción de una carretera que permitiera el acceso a un yacimiento de antimonio situado en la zona. La empresa encargada de los trabajos se había hecho con varios autobuses condenados al desguace. Los equipó con literas y una estufa y los utilizó como barracones para sus empleados. Una vez finalizada la construcción, los autobuses fueron retirados; todos menos uno, que se quedó donde estaba a fin de servir como refugio para cualquiera que pudiera adentrarse en la zona.

Cuando los cazadores llegaron al destartalado autobús se encontraron con una sorpresa desagradable. Por los alrededores había señales de que alguien había estado viviendo allí durante meses. Y dentro, en una de las literas, envuelto en un saco de dormir, descansaba un cadáver.

La posterior investigación desveló que el fallecido se llamaba Christopher Johnson McCandless. Pertenecía a una familia acomodada de Washington D.C. (su padre había trabajado para la NASA) y llevaba desaparecido desde hacía dos años, justo después de graduarse en la universidad Emory de Atlanta. La autopsia dictaminó que Chris McCandless había fallecido de hambre. Su trágico final, combinado con su extraña desaparición y el origen acomodado del chico provocaron que la historia encontrara amplio eco en los medios de comunicación de Estados Unidos.

En 1992 Jon Krakauer (Brookline, Massachusetts, 1954) era un reconocido alpinista que compaginaba su afición a la montaña con la escritura de reportajes para publicaciones como National Geographic y Rolling Stone. La revista Outside le encargó 9.000 palabras sobre lo sucedido a McCandless. El reportaje, aparecido en el número de enero de 1993, fue la base de Hacia rutas salvajes.

Krakauer no se dio por satisfecho con lo que pudo averiguar en el breve plazo impuesto por la revista, así que en los meses siguientes se dedicó a profundizar en la historia y a tratar de descubrir por qué un buen estudiante y deportista, querido por su familia y amigos, lo abandona todo y acaba muriendo de inanición en un solitario rincón de Alaska.

En el verano de 1990 Chris McCandles donó todo el dinero de su cuenta corriente a una organización humanitaria y abandonó el espartano apartamento en el que había vivido hasta su graduación en la universidad. Sólo se llevó consigo un exiguo equipo de acampada, un puñado de dólares (que luego quemó junto con toda su documentación) y su viejo coche de segunda mano (que luego abandonó). No se despidió de su familia. Adoptó el nombre de Alexander Supertramp y con él emprendió un largo periplo por el sur y el oeste de Estados Unidos y, finalmente, por Alaska.

Krakauer contactó con personas que habían conocido a McCandless durante su vagabundeo: que lo habían recogido cuando hacía autostop, que le habían dado trabajo o que le habían prestado alojamiento. Sirviéndose de estos testimonios, junto con el diario y las fotografías halladas entre los enseres de Chris, Krakauer recompuso el itinerario de su viaje y se esforzó por trazar un retrato veraz del chico.

Desde que no era más que un niño McCandless se había sentido atraído por los grandes espacios naturales. Desbordaba energía y era un romántico admirador de la obra de Henry David Thoreau y Jack London, cuyos libros no dejaba de releer y subrayar. Para él Alaska era un gran imán que lo atraía sin que pudiera hacer nada por resistirse.

El reportaje en la revista Outside había provocado un aluvión de cartas en las que los lectores manifestaban su opinión acerca de Chris. Todas eran encendidas y muchas negativas. Lo acusaban de insensible y terriblemente egoísta por haber causado tanto dolor innecesario a su familia, con la que no se puso en contacto en ningún momento después de su desaparición. Lo acusaban también de temerario, arrogante y estúpido por pretender adentrarse en las tierras de Alaska sin llevar consigo cosas tan esenciales como una brújula, un mapa, un hacha o un arma de gran calibre. El equipamiento de Chris consistía apenas en un saco de arroz, un rifle del calibre 22 y una guía de plantas comestibles. Incluso su idolatrado Jack London se había burlado de la gente como él. En el relato “En un país lejano” había escrito: “No tenía ninguna razón para embarcarse en una aventura semejante, ninguna en absoluto, salvo que padecía de un desarrollo anormal de sentimentalismo. Y lo confundió con el verdadero espíritu de romanticismo y aventura”.

En su empeño por conocer mejor a Chris, Krakauer se apoya en su propia historia. Cuando tenía más o menos la misma edad que Chris cuando éste puso rumbo a Alaska, el alpinista y escritor había sentido un impulso similar. Por aquel entonces trabajaba como carpintero y no sabía qué camino tomar en la vida. Su situación familiar era similar a la de Chris McCandless, marcada por la figura de un padre autoritario. Y, de la noche a la mañana, se le ocurrió que lo que tenía que hacer era viajar a Alaska y escalar en solitario, por una ruta nunca antes intentada, un remoto picacho conocido como El Pulgar del Diablo. Pensaba que eso daría sentido a su vida.

Krakauer dejó el trabajo, viajó a Alaska haciendo autostop y con un equipamiento mínimo emprendió la escalada. Alcanzó la cima (si bien no por la ruta que deseaba) tras un ascenso arriesgado y desalentador, bajo unas condiciones atmosféricas adversas.

Después volvió a su casa, retomó su puesto de carpintero y se dio cuenta de que nada había cambiado. Unos años después aprendió a ver a su padre con unos ojos más tolerantes y comprensivos.

Los capítulos de Hacia rutas salvajes en los que se narra lo anterior distan de ser meras digresiones. Sirven, al contrario, para dar una nueva dimensión al libro y hacer que éste no se trate tan sólo de una mera enumeración de hechos. Krakauer se identifica con McCandless. La única diferencia es que aquél tuvo más suerte al escalar El Pulgar del Diablo que la que tuvo Chris en su aventura en Alaska. Esto convierte en especialmente emotiva la visita de Krakauer al autobús donde Chris falleció, unos meses después de que se hallara el cadáver. Aún quedan allí enseres del chico: libros, unos pantalones remendados, unas botas… Los alrededores del autobús están sembrados de huesecillos de las ardillas y pájaros que Chris había cazado, y cuya carne no había bastado para mantenerlo con vida. Lo que Krakauer contempla podría haber sido el escenario de su propia muerte.

A pesar de ello, el autor no se deja llevar por el sentimentalismo en ningún momento. Hacia rutas salvajes está escrito con un estilo sobrio y directo, que logra transmitir con efectividad tanto la impresión causada por los paisajes que Chris ansiaba visitar, como el modo de ser de éste. Un modo de ser tan vivo como plagado de contradicciones. Un modo de ser que despierta lástima, admiración y, por momentos, también envidia.

Jon Krakauer. Hacia rutas salvajes. Zeta Bolsillo. Barcelona. 2008