Sobre “Muy pronto seré invencible”, de Austin Grossman. Parte 2 (de 2)

junio 24, 2008

A Grossman le apasionan los cómics, eso resulta evidente, pero hay ciertos elementos de ellos que no le gustan nada. En un momento de la novela, el Doctor Imposible se lamenta:

¿Cómo se conquista el mundo? Lo he intentado todo. Armas de destrucción total de todo tipo: nucleares, termonucleares, nanotecnológicas (…). He intentado el control mental de las masas, he robado las reservas de oro de Fort Knox y las he vuelto a perder. He viajado al pasado para cambiar la historia, al futuro para escapar de ella; he detenido el tiempo para vivir en un mundo de estatuas. He dirigido ejércitos de robots, insectos y dinosaurios. Un ejército de hongos. Otro de peces. Otro de roedores. He probado con una invasión alienígena. Una invasión alienígena interdimensional. Una invasión de dioses alienígenas (…). Pero, una y otra vez, mis planes acaban del mismo modo. He estado entre rejas doce veces.

¿Cómo puede ser? ¿Por qué los supervillanos nunca vencen, a pesar de toda su inteligencia y el indudable esfuerzo dedicado a sus planes? Por una mera cuestión de estadística, deberían vencer de cuando en cuando. Pero es como si alguna ley de la física se lo impidiera.

Esto resulta aún más frustrante tras leer el retrato que Grossman realiza de superhéroes y superenemigos. El Doctor Imposible dedica unas cuantas páginas a hablarnos de cómo era en su infancia y adolescencia: un chico tímido, callado, aficionado a la ciencia, con pocos amigos, víctima de las burlas de sus compañeros de clase, más exitosos socialmente. En definitiva: un retrato bastante familiar. El mensaje que Grossman transmite es que esos chicos que todos hemos conocido, unos hachas en matemáticas y física, que se enamoran de la chica más guapa de la clase mientras que a ellos nadie les presta atención, objetivo de los matones, aficionados a las maquetas, los ordenadores y los cómics, no quieren convertirse en Superman cuando sean mayores, sino en Lex Luthor. Puede que en algún momento desearan ser atractivos, admirados y queridos, pero las abundantes dosis de ninguneo y desprecio sufridas han hecho que prefieran ser temidos. También quieren que se reconozca su esfuerzo, todas las horas pasadas en la biblioteca y sus buenas notas, pero no mediante una rutinaria palmada en la espalda. Quieren que la gente lo reconozca en el instante previo a que un robot gigante construido por esos chicos, animado por una poderosísima fuente de energía descubierta por ellos, los aplaste.

Lo triste es que esto nunca llega a suceder. Ni siquiera en los cómics.

A los superenemigos los trajes con capa y antifaz nunca les sientan tan bien como a los superhéroes, con sus perfectas musculaturas. Los laboratorios y bases secretas tienen algo de megalomaniaco, de excesivo y de ridículo, que invita a interpretaciones freudianas. Y siguen sin conseguir a la chica. Y siguen sin ganar nunca.

Y si esto sucede es porque los superhéroes son, precisamente, aquellos mismos chicos que le restregaban por la cara el hecho de que ellos lo tenían todo, y que, además, en el patio del colegio les hacían la vida imposible.

El Doctor Imposible coincidió en Harvard con Fuego Esencial (un trasunto de Supermán), que luego se convertiría en su némesis. Por aquel entonces ninguno de los dos tenía poderes. Imposible dice de él:

Para Jason, Harvard era lo más parecido a una carrera sin obstáculos por una pista que parecía haber sido diseñada expresamente para él. Cumplía puntualmente las expectativas depositadas en su persona respecto a las notas, las novias, las fraternidades estudiantiles, y todo le auguraba un brillante porvenir. Mientras tanto, yo había iniciado una lenta pero inexorable deriva que me empujaba cada vez más lejos del centro de todo.

Los superenemigos estudian, miman sus planes, cultivan sus conocimientos, idean artimañas que nadie más podría concebir, y luego, en el último momento, aparece un superhéroe y arruina todo ese esfuerzo en un instante, con los puños y sin ni siquiera despeinarse. Es cierto que les ampara el obrar en nombre del bien, pero la arrogancia y falta de reflexión con que actúan los pone más cerca de matones que de verdaderos héroes.

En definitiva, los combates por hacerse con el poder mundial se diferencian poco de las peleas infantiles. Peleas que tanto en el mundo real como en los cómics siempre concluyen del mismo modo. Quizá en las páginas de una novela las cosas sean diferentes.

Austin Grossman. Muy pronto seré invencible. Reservoir Books Mondadori. Barcelona. 2008

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