Sobre “Adiós, hasta mañana”, de William Maxwell

noviembre 8, 2008

Adiós, hasta mañana comienza con un crimen rural. En una granja a las afueras de Lincoln, Illinois, un hombre es asesinado una mañana mientras ordeña sus vacas. Todo indica que el culpable es un vecino con el que últimamente había tenido desavenencias. Pero Adiós, hasta mañana no es una novela negra ni una crónica criminal al estilo de A sangre fría. Esta novela de William Maxwell (1908-2000), la más celebrada de las seis que escribió, trata sobre la amistad; o, de forma más precisa, sobre el fin de la amistad.

La víctima se llama Lloyd Wilson; el asesino, Clarence Smith. Los dos están casados, son padres de familia y arrendatarios de granjas colindantes. Clarence tiene un hijo, Cletus, que en el momento del crimen no es más que un niño. Cletus tiene un amigo: el narrador de la historia. Este narrador posee una voz que recuerda mucho a la de William Maxwell e incluso comparte datos biográficos con el autor, como la muerte de su madre a consecuencia de la epidemia de gripo española, el cuidado a cargo de un padre responsable pero distante y la existencia de un hermano mayor con una pierna ortopédica (todo ello presente también en la novela autobiográfica Vinieron como golondrinas). El crimen cometido por el padre de Cletus trae como consecuencia que los dos amigos se distancien. Vuelven a verse cuando tienen ya quince años -un instante fugaz pero cargado de significado- y se alejan para siempre uno del otro. Los remordimientos acosan al narrador durante décadas: dio la espalda a su amigo en el momento en que éste más necesitaba de su apoyo.

Son esos remordimientos los que, cuando es ya un hombre maduro, llevan al narrador a reconstruir lo que sucedió aquella mañana en una granja a las afueras de Lincoln, y los hechos que condujeron a ello. Lo hace para tratar de comprender cómo se sintió entonces su amigo, para compartir su dolor y -aunque Cletus nunca llegue a saberlo- para pedirle perdón.

La víctima y el asesino también eran amigos. Durante años fueron casi como hermanos. Se ayudaban cuando el motor de un tractor se averiaba, cuando un ternero se ponía enfermo o cuando alguno de los dos iba retrasado con la recogida de la cosecha. Pasaban ratos agradables en casa de uno y otro. Sus hijos jugaban juntos. Sus mujeres se hacían favores. Pero un día todo eso empezó a desmoronarse. Lloyd dejó de visitar la granja de Clarence. Ya no eran amigos, sino todo lo contrario. Y junto con su amistad se vino abajo toda la vida de ambos: les corroía trabajar unas tierras de las que no eran propietarios y no disponer del dinero necesario para empezar de nuevo en otro lugar; sus mujeres manifestaron no ser felices y desear algo mejor que una vida en una mísera granja; el vecindario del que formaban parte se llenó de prejuicios y chismorreos… La situación se fue enconando de tal modo que hizo falta un revólver para resolverla. Y Lloyd y Clarence no habrían llegado a tal situación si no hubieran sido amigos. Eso era lo peor.

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William Maxwell ejerció durante más de cuarenta años como editor de ficción en The New Yorker. A lo largo de ese tiempo encarriló las carreras de autores como John Updike y John Cheever, además de instaurar el que aún hoy es el estilo característico de la revista: pulcro, fluido, realista y libre de experimentalismos. En su propia obra, Maxwell predicó con el ejemplo. Adiós, hasta mañana se lee sin trabas y con gran disfrute a pesar de la tristeza que empapa sus páginas. Es una novela de escritura cristalina, emotiva pero nunca sensiblera. Compadecemos a la víctima y también al asesino, a sus mujeres, a los niños, al narrador. Y lo hacemos porque los comprendemos. A todos. De una forma natural, sin malabarismos, Maxwell nos mete en sus pellejos para que sepamos lo que sienten (precisamente lo que pretende el narrador al reconstruir la historia del crimen).

Pero no es éste el mayor logro de Maxwell en esta novela, sino hacernos disfrutar con la lectura a pesar del atroz recordatorio que albergan sus páginas: que no importa cuánto queramos a alguien y creamos conocerlo, porque quizás algún día ya no podremos decirle «Adiós, hasta mañana», ni siquiera «Adiós», sino que sólo habrá silencio.

William Maxwell. Adiós, hasta mañana. Libros del asteroide. Barcelona. 2008

2 comentarios to “Sobre “Adiós, hasta mañana”, de William Maxwell”

  1. paloma said

    Leí Vinieron como golondrinas y me encantó.

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