Partido de Vicente López, provincia de Buenos Aires. 9 de junio de 1956. Revolución de Valle.

Cerca de la medianoche la policía aporrea la puerta de un apartamento donde, según la información de que dispone, se esconde el general rebelde Tanco. Con lo que se encuentra en realidad es con un grupo de amigos, vecinos y conocidos que escucha un combate de boxeo por la radio. Todos son detenidos. Sin que existan cargos contra ellos, son transportados a un descampado y fusilados.

Seis meses después, a Rodolfo Walsh, periodista y escritor de relatos policíacos, alguien le desliza en un bar la frase: «Hay un fusilado que vive». A partir de ahí comienza a investigar lo sucedido aquella noche. La forma chapucera y precipitada, además de por completo ilegal, en que se desarrolló la Operación Masacre permitió que no uno sino siete prisioneros salvaran la vida, ya fuera porque las balas sólo los hirieron o porque huyeron cuando empezaron los disparos. El ejército y la policía niegan una parte de lo sucedido y dan una versión interesada del resto.

Dado lo que se cuenta en Operación Masacre, dados el carácter real de los hechos y su gravedad, resulta complicado entrar en valoraciones del libro. Se trata de una denuncia de un flagrante delito de Estado. Eso es lo importante. Con eso basta. Pesa más la denuncia que lo literario. El retrato de los personajes resulta un tanto difuso, algunos de ellos son poco más que un nombre. Pero queda claro que son personas y que son inocentes. En algunos momentos la narración se hace confusa: saltos de aquí para allá, muchos involucrados: personas, estamentos… Pero es que fue una noche muy confusa, y es una característica de los libros-investigación que haya que leerlos acompañado de un cuaderno para tomar notas (pienso por ejemplo en Libra de Don DeLillo). La última parte del libro, donde se narra la investigación judicial de los hechos, resulta repetitiva, se vuelven a contar muchas cosas que ya se nos han contado; se reitera la culpabilidad de los acusados, la cual es evidente puesto que «los hemos visto actuar» en la recreación que Rodolfo Walsh hace en las partes anteriores del libro. Pero es que esa culpabilidad hay que señalarla hasta la saciedad.

A pesar de todo lo anterior Operación Masacre atrapa y se lee con agilidad. Y a medida que avanzan las páginas crece la indignación. La sensación final es de tristeza y de mala hostia.

La puntilla la dan unas palabras del autor en el Epílogo. Al ver que el proceso judicial iba a concluir en nada, que los culpables no iban a pagar por sus actos sino que iban a continuar en sus puestos como si nada e incluso a ser ascendidos, Rodolfo Walsh dice: «Entonces me pregunté si valía la pena, si lo que yo perseguía no era una quimera, si la sociedad en que uno vive necesita realmente enterarse de cosas como estas. Aún no tengo una respuesta. Se comprenderá, de todas maneras, que haya perdido algunas ilusiones, la ilusión en la justicia, en la reparación, en la democracia, en todas esas palabras, y finalmente en lo que una vez fue mi oficio, y ya no lo es.»

Perdida o no la ilusión, Walsh siguió insistiendo en lo que pensaba que debía ser su oficio. En 1977 su Carta abierta de un escritor a la Junta Militar provocó que su nombre se incorporara a la lista de desaparecidos durante la dictadura argentina.

Lo dicho: una pena y mala hostia hasta el final.

Rodolfo Walsh. Operación Masacre. 451 Editores. Madrid. 2008

Revista de Letras acaba de publicar la entrevista que me hizo con motivo de la publicación de Como una historia de terror.  Aquí va un fragmento:

Como una historia de terror no fue el resultado de una planificación previa, no fue concebido como una serie de relatos con una temática común o conexiones argumentales. Entre los relatos que tenía escritos seleccioné siete de los que, en primer lugar, me sentía satisfecho. El siguiente criterio que seguí fue el de la variedad: relatos cortos, largos (casi nouvelles), de final más bien abierto, de final más bien cerrado, con localizaciones diversas, con un claro protagonista, relatos de parejas… Como lector disfruto más con las colecciones variadas, donde el autor ofrece un muestrario de formas de narrar. Cuando todos los relatos se parecen, aunque sean muy buenos, me pasa que al terminar el libro y pensar en lo que he leído me resulta difícil diferenciar unos relatos de otros, todos se entremezclan. Y es una pena. Es como si presentar los relatos en conjunto fuera en detrimento del efecto individual de cada uno de ellos. Creo que esto no sucede, o sucede menos, cuanto más variada es la colección.

No deja de sorprender el número de títulos que a diario llegan a las mesas de novedades de las librerías, pero tanto o más sorprende la cantidad de buenos libros escritos en otras lenguas que no son traducidos al castellano, o que lo fueron en algún momento y ahora resultan ilocalizables. A menudo la recuperación de alguno de estos títulos se debe a razones no directamente literarias, como la concesión de un premio a su autor (acabamos de comprobarlo con Le Clézio) o el estreno de una película basada en el libro. A este motivo se debe la reedición de
Vía Revolucionaria de Richard Yates por parte de Alfaguara (hay una edición de Emecé de 2003); en fechas próximas se estrenará una adaptación cinematográfica filmada por Sam (American Beauty) Mendes. En cualquier caso, todo motivo es bueno si permite disfrutar de una novela como ésta.

ryatesvintage

Richard Yates (1926-1992) recuerda a escritores como Ernest Hemingway y James Salter tanto por lo activo de su vida como por la robustez y elegancia de su obra. Yates combatió en Europa durante la Segunda Guerra Mundial. A su regreso a Estados Unidos ejerció el periodismo y llegó a escribir discursos para el senador Robert Kennedy, al mismo tiempo que se iniciaba en la literatura con la escritura de relatos. En 1961 publicó su primera y más célebre novela, Vía Revolucionaria (Revolutionary Road).

A mediados de los años 50 Frank y April Wheeler viven en uno de los suburbios que proliferan a las afueras de Nueva York, más concretamente en una calle llamada Revolutionary Road. Él tiene un trabajo kafkiano en una oscura empresa que fabrica calculadoras electrónicas y ella es ama de casa. Tiene dos hijos y una casa que casi todos sus vecinos consideran muy aceptable. Los dos rondan la treintena pero se sienten viejos. Ella estudió arte dramático y le habría gustado llegar a ser actriz. Él no sabe bien lo que le gustaría hacer pero sí sabe que no quiere envejecer en su triste trabajo.

La novela arranca con el estreno de una versión de El bosque petrificado interpretada por vecinos de Revolutionary Road. April encarna a la protagonista. La función es un desastre. La falta de profesionalidad de los actores salta a la vista desde la primera escena. Ni siquiera los esfuerzos de April por levantar la obra logran algo, y pronto ella también se sume en la mediocridad general. La metáfora está clara. La vida de los vecinos de Revolutionary Road es una farsa, un montaje. Pero ni siquiera son capaces de actuar bien. Esa noche April sufre una crisis. Al día siguiente ella y Frank se sientan a hablar y toman una decisión. Están a comienzos de la primavera; en cuanto termine el verano harán las maletas y se mudarán a París con los niños. Allí reiniciarán su vida tratando que se parezca a como esperaban que fuese cuando estaban en la universidad. El resto de la novela abarca los meses restantes hasta el final del verano y la intriga se basa en si al final se van o no.

Esta breve sinopsis basta para enmarcar Vía Revolucionaria en ese género literario que podríamos llamar de «insatisfacción suburbial», popularizado por John Cheever y que desde entonces no ha dejado de recibir aportaciones (Véase La tormenta de hielo de Rick Moody o Juego de niños de Tom Perrotta). La novela de Richard Yates, sin embargo, posee una fuerte personalidad que la aparta de la poderosa referencia Cheeveriana. Los personajes, apenas un puñado, están sobria pero magníficamente trazados y la trama nunca pierde tensión. Quizá sea éste el mayor mérito de Vía Revolucionaria: sacar un partido inesperado a un planteamiento sencillo y a unos personajes a priori anodinos, exprimirlos al máximo, convertirlos en sorprendentes sin que dejen de ser verosímiles. Los obstáculos y giros que sufre la vida de los Wheeler desde que toman su repentina decisión no dejan de sucederse. Todo en esta novela resulta sobrio a la vez que frenético. No hay fiestas al borde piscinas, ni reuniones de la alta sociedad, ni actores de Broadway, al estilo Cheever. Ni falta que hace. Los encuentros de los Wheeler con sus vecinos se convierten en duelos apenas velados en los que el autor del comentario más ingenioso o el mensajero del último cotillero se convierte en el ganador. Los bostezos y los gestos de aburrimiento se temen como enfermedades contagiosas. No resulta extraño que Frank y April quieran largarse de allí. Richard Yates es consciente de que tanto el escenario como los personajes predisponen al lector contra ellos, por eso no concede a éste un momento de respiro, juega con su rechazo y su curiosidad. La historia nunca decae. Ni siquiera cuando a los dos tercios del libro ya vemos claro si los Wheeler se irán a París o no. Para entonces la novela ha cobrado tal inercia que no puede dejar de leerse.

Richard Yates. Vía Revolucionaria. Alfaguara. Madrid. 2009

NOTA

Si esta reseña va ilustrada con la portada de la edición de Vintage no es porque no haya podido encontrar otra, sino porque la de Alfaguara es, sencillamente, aburrida. Por no decir algo peor. En ella vemos a una mujer, de espaldas, caminar por la cuneta de una carretera que atraviesa un paisaje nevado. Vaya. Pero si resulta que la novela se desarrolla en primavera y verano. Y si resulta que el personaje principal es masculino (la trama gira principalmente alrededor de Frank Wheeler). Al menos hay una carretera… y como el título es Revolutionary RoadRoad, carretera, vía… En fin. Esto no hace sino confirmar una vez más la desidia que las llamadas editoriales «grandes» ponen a la hora de escoger sus portadas: leemos el título del libro, tiramos de base de datos de imágenes y cuando alguna ilustra, más o menos, éste pues ya está. Para qué seguir buscando.

Pynchon writes back

diciembre 16, 2008

Leo en ThomasPynchon.com que Penguin publicará en agosto de 2009 una nueva novela del autor más alérgico a las fotografías. Llevará por título Inherent Vice.

Traduzco la sinopsis:

Ha pasado mucho tiempo desde que Doc Sportello vio por última vez a su ex novia. De pronto ella aparece de la nada hablando sobre un plan para secuestrar a un promotor de terrenos billonario del que acaba de enamorarse. Para ella resulta fácil decirlo. Nos encontramos a finales de los sicodélicos años sesenta en Los Angeles, y Doc sabe que «amor» es una de esas palabras de moda, como «viaje» o «guay», salvo que ésta suele conducir a problemas. A pesar de ello en seguida se ve envuelto en una maraña de crímenes y pasiones cuyo elenco de personajes incluye surferos, timadores, drogadictos y rockeros, un prestamista asesino, un saxofonista tenor que trabaja encubierto, un ex convicto con una esvástica tatuada y encariñado con Ethel Merman (actriz de musicales estadounidense, célebre en los años treinta) y una misteriosa entidad conocida como Colmillo Dorado, que sólo puede ser una estratagema fiscal empleada por algunos dentistas (!!!???!!!).

En este animado panorama, Thomas Pynchon, trabajando en un género inhabitual en él, ilustra ese dicho que reza que si recuerdas los sesenta, no estuviste allí… o… si estuviste allí, entonces… o, no, un momento, no era así…

Parte género negro, parte retozo sicodélico, todo Thomas Pynchon: el detective privado Doc Portello asoma de la niebla de marihuana para atisbar el final de una era, al mismo tiempo que el amor libre se desvanece y la paranoia se desliza con cautela junto a la niebla de Los Ángeles.

Teniendo en cuenta los buenos resultados que le dio a Pynchon la evocación sesentera en Vineland (una de sus mejores novelas, a pesar de lo que digan los Pynchoadictos extremistas), y el coqueteo con el género negro, esto pinta muy, muy bien.

Recordemos que aún está pendiente de publicarse en castellano su anterior novela Against the Day; en principio anunciada por Tusquets.

Aunque pueda parecerlo tras un primer golpe de vista La educación de Oscar Fairfax no se trata de unas falsas memorias. Es más bien una colección de episodios de la vida de su protagonista y narrador que, tal como reza el título, resultaron relevantes en su educación como persona. Oscar nació en la clase alta de la ciudad de Nueva York (aunque él, la mayoría de las veces muy modesto, diría que sólo media-alta), hijo de uno de los socios de un importante bufete de abogados. Esta acomodada cuna le ayudó a estudiar en instituciones prestigiosas, acudir a la universidad de Yale, convertirse él también en abogado, codearse con personajes célebres e ingresar en el bufete de su padre.

Los episodios que Oscar decide narrarnos no son los típicos de unas memorias (su participación en la Primera Guerra Mundial, por ejemplo, queda ventilada en apenas un párrafo y nada se menciona de sus logros profesionales, que se adivinan numerosos y muy lucrativos), sino que tienen un carácter en apariencia anecdótico (algunos de ellos) y en muchos ni siquiera es Oscar el protagonista, sino una serie de personajes de los que habrá de extraer alguna enseñanza. El capítulo que abre el libro, por ejemplo, tiene a su padre como personaje principal. En él Oscar nos narra el modo cómo, siendo un niño, fue testigo de un agrio enfrentamiento entre su padre y su abuelo materno. Éste, obispo episcopaliano de Nueva York, estaba empecinado en la construcción de una nueva catedral y pretendía que su yerno le ayudara a recaudar fondos, para lo que tendría que servirse de sus contactos del bufete. El padre de Oscar veía la catedral innecesaria, más indicativa del ego del señor obispo que de su devoción divina y voluntad de regalar a los feligreses un nuevo lugar de culto. Durante su periodo de reflexión, el padre de Oscar convierte al niño en confidente, tratándolo de igual a igual, gracias a lo que Oscar aprende que en ocasiones conviene dejar a un lado los principios personales y plegarse a otros superiores. En otro de los capítulos la enseñanza es la opuesta y complementaria. Durante una serie de entrevistas con un juez del Tribunal Supremo sobre el que Oscar, ya adulto, pretende escribir una colección de ensayos, aprende cuándo hay que hacer oídos sordos a todos los principios salvo a los propios. De este modo, capítulo a capítulo, mediante episodios autoconclusivos, va forjándose la educación de Oscar. Durante su paso por un colegio privado se convierte en secretario de su profesor de griego, fundador de la institución, autoridad en la cultura clásica y aficionado al homoerotismo. Ya casado, Oscar pasa un tiempo en París con su mujer. Allí él vive una aventura y aprende unas cuantas cosas sobre la infidelidad y el carácter de las mujeres, de la suya en especial.

Por los sofisticados ambientes que describe y la tersura y vivacidad de su estilo, La educación de Oscar Fairfax hace pensar en Scott Fitzgerald y John Cheever, pero sin las caudalosas corrientes de amargura (subterráneas sólo a veces) y el espíritu autodestructivo de estos dos. Y es que parece que a Oscar le salen demasiado bien las cosas, que aprende sin necesidad de demasiados errores y que siempre saca buen provecho de las enseñanzas. Así que cuando se llega a la mitad de esta novela uno empieza a aguardar que las cosas se tuerzan. Y lo hacen, pero no del modo que sería previsible: un modo llamativo, novelesco, un punto de giro incuestionable.

Cuando Oscar alcanza la madurez le llega el momento de ser él quien eduque a los miembros de las nuevas generaciones próximos a su persona. Y entonces descubre que  a pesar de toda su buena voluntad y de la probada calidad de las enseñanzas éstas no siempre son aceptadas por sus destinatarios. Y esto no puede achacarse sólo a un cambio de los tiempos. Oscar, demasiado inmerso en su clase social y en su familia, tiende a generalizar y piensa que todo el mundo es como los miembros de su círculo y como él en particular. Y por tanto que las enseñanzas que a él le sirvieron deberían servirles también a los demás. Pero esto no es así. En absoluto. Esas enseñanzas ni siquiera sirven a sus seres cercanos. Así, Oscar tiene que ver cómo su hijo se casa sin contar con su aprobación (o al menos con toda su aprobación), y cómo su protegido, a quien había tratado de transmitir todo lo que sabía sobre la abogacía y casi todo sobre la vida, no resulta ser más que un habilidoso trepa dueño de una moral interesada. Este fracaso en transmitir lo aprendido es la pequeña-gran tragedia de Oscar Fairfax.

Quizás el lector de esta reseña pueda pensar que el libro, por lo dicho hasta ahora de él, peque de moralina. Nada más lejos de la realidad. Oscar es modesto y no nos restriega por la cara sus logros ni se rasga las vestiduras por sus fracasos. Cada capítulo no va acompañado de una moraleja. Todo es mucho más sutil.

A esto debe añadirse que como más se disfruta La educación de Oscar Fairfax es leyendo entre líneas. Es divertido ver cómo Oscar pone en práctica lo aprendido unos capítulos atrás, en ocasiones con efectos positivos y en otras con inesperados. Pero es más divertido aún atisbar los huecos que quedan en su educación y que asoman aquí y allá entre su discurso: el orgullo de clase, la satisfacción que siente tras las explosiones atómicas de Hiroshima y Nagasaki, el recelo hacia las mujeres, el modo educado pero también en ocasiones autoritario que tiene de imponer su parecer…, porque su educación, como la de cualquiera, dista mucho de ser perfecta.

Louis Aunchincloss. La educación de Oscar Fairfax. Libros del Asteroide. Barcelona. 2008

MARTES, 9 de diciembre

19:00 h

FNAC (C/ Alameda Urquijo, 4) 

Presentadora:

KATIXA AGIRRE

Las mejores portadas de 2008

diciembre 4, 2008

Como ya es habitual cuando llegan estas fechas, The Book Design Review organiza una votación para seleccionar las mejores portadas de libros editados en los mercados inglés y norteamericano durante el año que está a punto de concluir.

Aquí tenéis algunas de las propuestas: