Sobre “La educación de Oscar Fairfax”, de Louis Auchincloss

diciembre 8, 2008

Aunque pueda parecerlo tras un primer golpe de vista La educación de Oscar Fairfax no se trata de unas falsas memorias. Es más bien una colección de episodios de la vida de su protagonista y narrador que, tal como reza el título, resultaron relevantes en su educación como persona. Oscar nació en la clase alta de la ciudad de Nueva York (aunque él, la mayoría de las veces muy modesto, diría que sólo media-alta), hijo de uno de los socios de un importante bufete de abogados. Esta acomodada cuna le ayudó a estudiar en instituciones prestigiosas, acudir a la universidad de Yale, convertirse él también en abogado, codearse con personajes célebres e ingresar en el bufete de su padre.

Los episodios que Oscar decide narrarnos no son los típicos de unas memorias (su participación en la Primera Guerra Mundial, por ejemplo, queda ventilada en apenas un párrafo y nada se menciona de sus logros profesionales, que se adivinan numerosos y muy lucrativos), sino que tienen un carácter en apariencia anecdótico (algunos de ellos) y en muchos ni siquiera es Oscar el protagonista, sino una serie de personajes de los que habrá de extraer alguna enseñanza. El capítulo que abre el libro, por ejemplo, tiene a su padre como personaje principal. En él Oscar nos narra el modo cómo, siendo un niño, fue testigo de un agrio enfrentamiento entre su padre y su abuelo materno. Éste, obispo episcopaliano de Nueva York, estaba empecinado en la construcción de una nueva catedral y pretendía que su yerno le ayudara a recaudar fondos, para lo que tendría que servirse de sus contactos del bufete. El padre de Oscar veía la catedral innecesaria, más indicativa del ego del señor obispo que de su devoción divina y voluntad de regalar a los feligreses un nuevo lugar de culto. Durante su periodo de reflexión, el padre de Oscar convierte al niño en confidente, tratándolo de igual a igual, gracias a lo que Oscar aprende que en ocasiones conviene dejar a un lado los principios personales y plegarse a otros superiores. En otro de los capítulos la enseñanza es la opuesta y complementaria. Durante una serie de entrevistas con un juez del Tribunal Supremo sobre el que Oscar, ya adulto, pretende escribir una colección de ensayos, aprende cuándo hay que hacer oídos sordos a todos los principios salvo a los propios. De este modo, capítulo a capítulo, mediante episodios autoconclusivos, va forjándose la educación de Oscar. Durante su paso por un colegio privado se convierte en secretario de su profesor de griego, fundador de la institución, autoridad en la cultura clásica y aficionado al homoerotismo. Ya casado, Oscar pasa un tiempo en París con su mujer. Allí él vive una aventura y aprende unas cuantas cosas sobre la infidelidad y el carácter de las mujeres, de la suya en especial.

Por los sofisticados ambientes que describe y la tersura y vivacidad de su estilo, La educación de Oscar Fairfax hace pensar en Scott Fitzgerald y John Cheever, pero sin las caudalosas corrientes de amargura (subterráneas sólo a veces) y el espíritu autodestructivo de estos dos. Y es que parece que a Oscar le salen demasiado bien las cosas, que aprende sin necesidad de demasiados errores y que siempre saca buen provecho de las enseñanzas. Así que cuando se llega a la mitad de esta novela uno empieza a aguardar que las cosas se tuerzan. Y lo hacen, pero no del modo que sería previsible: un modo llamativo, novelesco, un punto de giro incuestionable.

Cuando Oscar alcanza la madurez le llega el momento de ser él quien eduque a los miembros de las nuevas generaciones próximos a su persona. Y entonces descubre que  a pesar de toda su buena voluntad y de la probada calidad de las enseñanzas éstas no siempre son aceptadas por sus destinatarios. Y esto no puede achacarse sólo a un cambio de los tiempos. Oscar, demasiado inmerso en su clase social y en su familia, tiende a generalizar y piensa que todo el mundo es como los miembros de su círculo y como él en particular. Y por tanto que las enseñanzas que a él le sirvieron deberían servirles también a los demás. Pero esto no es así. En absoluto. Esas enseñanzas ni siquiera sirven a sus seres cercanos. Así, Oscar tiene que ver cómo su hijo se casa sin contar con su aprobación (o al menos con toda su aprobación), y cómo su protegido, a quien había tratado de transmitir todo lo que sabía sobre la abogacía y casi todo sobre la vida, no resulta ser más que un habilidoso trepa dueño de una moral interesada. Este fracaso en transmitir lo aprendido es la pequeña-gran tragedia de Oscar Fairfax.

Quizás el lector de esta reseña pueda pensar que el libro, por lo dicho hasta ahora de él, peque de moralina. Nada más lejos de la realidad. Oscar es modesto y no nos restriega por la cara sus logros ni se rasga las vestiduras por sus fracasos. Cada capítulo no va acompañado de una moraleja. Todo es mucho más sutil.

A esto debe añadirse que como más se disfruta La educación de Oscar Fairfax es leyendo entre líneas. Es divertido ver cómo Oscar pone en práctica lo aprendido unos capítulos atrás, en ocasiones con efectos positivos y en otras con inesperados. Pero es más divertido aún atisbar los huecos que quedan en su educación y que asoman aquí y allá entre su discurso: el orgullo de clase, la satisfacción que siente tras las explosiones atómicas de Hiroshima y Nagasaki, el recelo hacia las mujeres, el modo educado pero también en ocasiones autoritario que tiene de imponer su parecer…, porque su educación, como la de cualquiera, dista mucho de ser perfecta.

Louis Aunchincloss. La educación de Oscar Fairfax. Libros del Asteroide. Barcelona. 2008

Una respuesta to “Sobre “La educación de Oscar Fairfax”, de Louis Auchincloss”

  1. gorocca said

    Ardua tarea la de educar a los hijos, al final acaban saliendo ranas(sonrío),interesante reseña la tuya aunque el tema de estratosferas sociales no sea mi fuerte en lectura por la no afinidad.
    Te sigo leyendo de cerca.
    Saludos!

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