Sobre “Operación Masacre”, de Rodolfo Walsh

diciembre 29, 2008

Partido de Vicente López, provincia de Buenos Aires. 9 de junio de 1956. Revolución de Valle.

Cerca de la medianoche la policía aporrea la puerta de un apartamento donde, según la información de que dispone, se esconde el general rebelde Tanco. Con lo que se encuentra en realidad es con un grupo de amigos, vecinos y conocidos que escucha un combate de boxeo por la radio. Todos son detenidos. Sin que existan cargos contra ellos, son transportados a un descampado y fusilados.

Seis meses después, a Rodolfo Walsh, periodista y escritor de relatos policíacos, alguien le desliza en un bar la frase: «Hay un fusilado que vive». A partir de ahí comienza a investigar lo sucedido aquella noche. La forma chapucera y precipitada, además de por completo ilegal, en que se desarrolló la Operación Masacre permitió que no uno sino siete prisioneros salvaran la vida, ya fuera porque las balas sólo los hirieron o porque huyeron cuando empezaron los disparos. El ejército y la policía niegan una parte de lo sucedido y dan una versión interesada del resto.

Dado lo que se cuenta en Operación Masacre, dados el carácter real de los hechos y su gravedad, resulta complicado entrar en valoraciones del libro. Se trata de una denuncia de un flagrante delito de Estado. Eso es lo importante. Con eso basta. Pesa más la denuncia que lo literario. El retrato de los personajes resulta un tanto difuso, algunos de ellos son poco más que un nombre. Pero queda claro que son personas y que son inocentes. En algunos momentos la narración se hace confusa: saltos de aquí para allá, muchos involucrados: personas, estamentos… Pero es que fue una noche muy confusa, y es una característica de los libros-investigación que haya que leerlos acompañado de un cuaderno para tomar notas (pienso por ejemplo en Libra de Don DeLillo). La última parte del libro, donde se narra la investigación judicial de los hechos, resulta repetitiva, se vuelven a contar muchas cosas que ya se nos han contado; se reitera la culpabilidad de los acusados, la cual es evidente puesto que «los hemos visto actuar» en la recreación que Rodolfo Walsh hace en las partes anteriores del libro. Pero es que esa culpabilidad hay que señalarla hasta la saciedad.

A pesar de todo lo anterior Operación Masacre atrapa y se lee con agilidad. Y a medida que avanzan las páginas crece la indignación. La sensación final es de tristeza y de mala hostia.

La puntilla la dan unas palabras del autor en el Epílogo. Al ver que el proceso judicial iba a concluir en nada, que los culpables no iban a pagar por sus actos sino que iban a continuar en sus puestos como si nada e incluso a ser ascendidos, Rodolfo Walsh dice: «Entonces me pregunté si valía la pena, si lo que yo perseguía no era una quimera, si la sociedad en que uno vive necesita realmente enterarse de cosas como estas. Aún no tengo una respuesta. Se comprenderá, de todas maneras, que haya perdido algunas ilusiones, la ilusión en la justicia, en la reparación, en la democracia, en todas esas palabras, y finalmente en lo que una vez fue mi oficio, y ya no lo es.»

Perdida o no la ilusión, Walsh siguió insistiendo en lo que pensaba que debía ser su oficio. En 1977 su Carta abierta de un escritor a la Junta Militar provocó que su nombre se incorporara a la lista de desaparecidos durante la dictadura argentina.

Lo dicho: una pena y mala hostia hasta el final.

Rodolfo Walsh. Operación Masacre. 451 Editores. Madrid. 2008

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