Los cinéfilos agraciados con el don de almacenar información inútil -lo que incluye a muchos o a casi todos- quizá recuerden una escena de Hannah y sus hermanas en que Barbara Hershey agradece a Michael Caine que le haya prestado un libro de Richard Yates titulado Desfile de Pascua. Bien, pues Desfile de Pascua y Las hermanas Grimes -novela objeto de la presente reseña- son el mismo libro. El motivo del cambio de título puede ser, quizá, que la novela está protagonizada por dos hermanas que se apellidan Grimes. Otro motivo puede ser que de esta forma el título suena más femenino, y como las mujeres son las principales clientas de las librerías…

Las tripas de la novela, eso sí, siguen siendo las mismas. Y es una suerte, porque se trata de una obra más que notable. Es comprensible que Barbara le agradezca a Michael el habérsela prestado.

Nueva York, años 30. Sarah y Emily Grimes son hijas de un reportero frustrado que trabaja como copista en un panfleto reaccionario y de Pookie, como le gusta que la llamen, una mujer parlanchina, que hace gala de unas injustificadas aspiraciones de clase y cuyos adjetivos preferidos, repetidos hasta el extremo de perder todo su sentido, son «maravilloso» y «delicioso». Tras la separación del matrimonio, las niñas se quedan con Pookie, que empieza una peregrinación por distintos empleos y domicilios. Sarah, la mayor, hace suyas las aspiraciones de su madre: encontrar un marido maravilloso, vivir en una casa deliciosa y tener hijos que sean ambas cosas. Emily, por su parte, es la independiente, la liberal, la que aspira a ir a la universidad y tener una carrera. Ambas consiguen lo que quieren. Sarah se casa con un hombre que se parece a Laurence Olivier, se muda al campo y se reproduce en tres ocasiones. Emily consigue una beca universitaria, estudia literatura y entra en una agencia publicitaria; por el camino conoce a buen número de hombres. Si las Grimes deben considerarse afortunadas o no por lograr sus aspiraciones es decisión del lector.

Si en Vía Revolucionaria, su novela más conocida, Richard Yates presentaba un drama de tono intenso, concentrado en un puñado de personajes y en un tiempo y un decorado muy limitados, el drama de Las hermanas Grimes es sordo y extensivo. Afecta a Sarah y Emily, a sus padres, a la familia que forma Sarah y a las sucesivas parejas de Emily, además de prolongarse durante décadas. Vía Revolucionaria dispone de un clímax trágico que, a nivel narrativo, permite que la tensión acumulada se libere. Eso no sucede en este caso. Las hermanas pasan por una serie de malos tragos en nada ajenos a lo que cualquier persona puede experimentar: el envejecimiento y muerte de los padres, la mudanza de carácter de las parejas, los trabajos que se revelan infructuosos, la continua postergación de ciertos sueños… La familiaridad de los baches que sufren las Grimes, el modo natural como se suceden -no por previsible menos sobrecogedor- y la forma en que es mostrado el paso del tiempo -como agua sucia que corre entre los dedos dejándolos cubiertos por una película desagradable- hacen que esta novela se lea con un nudo en el estómago. Un nudo que nunca se destensa. Pero gracias al buen oficio de Yates no dejamos de pasar las páginas.

Lo que mayor desasosiego produce es el discurrir del tiempo. En poco más de doscientas páginas, Yates concentra la vida de varias personas, y en particular la de Emily, la hermana pequeña y personaje central de la novela. Pero lo peor no es la rapidez con que se suceden los acontecimientos, sino su carácter infructuoso. O aparentemente infructuoso.

A pesar de todos sus deseos de independencia Emily no es tan impermeable como piensa a los adoctrinamientos de su madre. Sin ser plenamente consciente de ello busca una vida tan perfecta y ordenada, tan de color de rosa como la que (aparentemente) disfruta su hermana. Nada le parece lo bastante bueno, ningún trabajo, ningún hombre, ninguno de sus intentos por convertirse en escritora… Al principio todo parece «maravilloso» y «delicioso» para revelarse a la postre como descorazonador, feo y perecedero.

Cada vez que Emily se encuentra en una situación que la incomoda, la confunde o la frustra, o cada vez que la vida la deja en la cuneta, siempre dice lo mismo: «Ya veo». Pero no es cierto. En realidad no ve nada. No ve que sus sucesivas parejas llevan los defectos expuestos en la solapa: el universitario impotente, el poeta atormentado por su declive creativo, el ejecutivo que sigue enamorado de su primera mujer… Ella sólo ve idealizaciones de lo que podría llegar a ser. Quiere que todo sea perfecto, como aquella foto que su hermana tiene colgada en el salón, en la que una Sarah adolescente y su marido igualito a Laurence Olivier, vestidos de gala, se sonríen uno al otro en la Quinta Avenida, bajo un sol primaveral, durante el desfile de Pascua. Una fotografía «maravillosa» y «deliciosa».

Al final, a fuerza de equivocarse, Emily abandona sus sueños de perfección. Se carga de tristeza y rencor contra todo y todos los que la rodean. Y una vez más vuelve a equivocarse. Vuelve a no ver. Porque es cierto que la perfección resulta inalcanzable, pero hay personas y objetivos en los que confiar, y están ahí, presentes, desde siempre, sólo hay que enfocar la mirada para verlos.

Richard Yates, Las hermanas Grimes, Alfaguara, Madrid, 2009

También podéis leer esta reseña en la revista Clarín (#80).

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Con unos días de retraso me sumo a la celebración del doscientos aniversario del nacimiento de Edgar Allan Poe. Con este motivo (aunque en realidad no hace falta ninguno) resulta interesante echar un vistazo a la versión en cómic del célebre relato “El pozo y el péndulo” realizada por Jamie Delano (adaptación) y Steve Pugh (ilustraciones).

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Vía Entrecómics.

Ya ha pasado un tiempo desde la publicación de Como una historia de terror y me parece que es buen momento para recopilar las reseñas y entrevistas (de las que tengo noticia) que han aparecido en la red con motivo del libro.

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Podéis encontrar las reseñas en los blogs (sin ningún orden particular): El tacto de un billete falso, Solodelibros, Masacre en los jardines, La tormenta en un vaso, Papel en blanco, Relataduras, La biblioteca imaginaria, El desván de los libros, Tiempo de silencio, El laberinto de Noé , En blanco y negro y Notodo.

Y las entrevistas en: El laberinto de Noé, La biblioteca imaginaria, Revista de letras y Hoy (entrevista originariamente concedida a Territorios, suplemento cultural del periódico El Correo).

Con El androide y las quimeras Ignacio Padilla prosigue su proyecto narrativo Micropedia. En esta segunda entrega nos ofrece una colección de relatos con protagonismo repartido entre autómatas y niñas/mujeres. El libro se divide en dos partes: “El androide en nueve tiempos”, consistente en nueve relatos breves (ninguno supera las diez páginas), y “Quimeras de tres orillas”, otros tres relatos, apenas más extensos que los anteriores. Casi todas las historias poseen base documental, tal como se recoge en el apéndice “Referencias”, donde Padilla deja constancia de las referencias bibliográficas en que se ha basado. Se aprecian la detenida labor investigadora del autor y su envidiable gusto a la hora de escoger anécdotas y personajes en los que inspirarse. La brevedad, agilidad e interés de los relatos hacen que El androide y las quimeras se lea, y se disfrute, de un tirón.

Ahora bien…

Una vez concluida la lectura es posible que apetezca más acudir a la biblioteca a por los títulos recopilados en “Referencias” que en busca de un nuevo libro de Ignacio Padilla. La principal razón es la brevedad de sus relatos; una brevedad en muchos casos frustrante y difícil de explicar. Padilla nos sumerge en situaciones y nos presenta a personajes de indudable potencial dramático, pero nos deja con la miel en los labios. No profundiza. Se diría que tiene prisa por poner el punto final. El lector se ve introducido en salones repletos de objetos y personas fascinantes pero, una vez allí, sólo se le permite echar un rapidísimo vistazo antes de ser expulsado en volandas. Es más, algunos de los relatos (“Las furias de Menlo Park” y “Pacto de caballeros”, por ejemplo) se reducen casi en su totalidad a una plasmación de anécdotas históricas. La narración, el relato que surge de tales anécdotas es mínimo, se diría que apenas una excusa para hablar sobre la obsesión de Edison por construir una muñeca parlante o sobre las apuestas acerca del sexo del Caballero D´Eon, como sucede en los relatos citados. Claro que todo esto no debería entenderse necesariamente como una crítica negativa, pues, al fin y al cabo, a un libro se le pueden hacer pocos halagos mejores que “Ojalá fuera más largo”.

Los relatos de la segunda parte, más extensos (sólo un poco), funcionan mejor. Los personajes disponen de espacio para cobrar cuerpo y la narración respira. Es en este grupo de relatos donde está el que probablemente sea el mejor de la colección: “Miranda en Chalons”. También basado en un personaje verídico, en este caso una niña salvaje, el relato aborda una cuestión compleja: ¿puede ser acusado de un delito alguien que no es consciente de haberlo cometido, alguien que ni siquiera conoce el concepto de delito? Y en una interesante vuelta de tuerca: quien hace consciente a esa persona de haber cometido un delito ¿se convierte también, en cierto modo, en culpable? “Miranda en Chalons” no es esquemático, deja pensando al lector; inquieto, sí, pero no insatisfecho. Ojalá lo mismo sucediera con más relatos de El androide y las quimeras; varios entrañan el potencial para ello.

Ignacio Padilla. El androide y las quimeras. Páginas de espuma. Madrid. 2008

También podéis leer esta reseña en Revista de letras.

999, un blog sobre cómics que no tiene desperdicio, ha posteado la traducción de un artículo firmado por Alan Moore en el que manifiesta su opinión sobre el hoy omnipresente Frank Miller: Parte 1 y Parte 2. El artículo fue publicado en el magazine The Daredevils #1-2, en 1983. Los que prefiráis leerlo en inglés lo tenéis aquí. Y como muestra:

¡Escuchad niños, no intentéis hablarme de comics! He estado leyendo esas malditas cosas desde hace 22 años y estoy amargado, cansado y cínico en proporciones terminales. Estaba allí en 1961 cuando Marvel Comics empezó su gran experimento para dar a los superhéroes de dos dimensiones unas personalidades creíbles y ansiedades humanas auténticas. Estaba allí unos pocos años después cuando la noble empresa se había hundido en la misma rutina aburrida y parecía que para convertirse en un superhumano había que tener una pierna mala, un corazón débil o una tía soltera con varices crónicas.Ahora, como soy viejo, excéntrico y poco razonable, no debería ser extraño que recibiese la llegada de Frank Miller con pesimismo poco amistoso y falta de entusiasmo por su futuro dentro del mundo del comic (…)

Estaba allí cuando Jim Steranko empezó a llenar las páginas de ‘Agente de SHIELD’ con mareantes diseños donde el tiempo podía ralentizarse extremadamente al romper la acción en montones de pequeños paneles, o donde la trayectoria del salto de un personaje se podía romper en una secuencia de imágenes cinéticas flotantes. Estaba allí cuando Neal Adams tomó el control de la parte gráfica de ‘Deadman’ en Strange Adventures de DC, convirtiendo en el proceso la historieta en una desagradable y brutal fantasía clásica donde cada viñeta exudaba una palpable ferocidad. Me regocijaba con el ‘Manhunter’ de Goodwin y Simonson, el ingeniosamente paranoico ‘Warlock’ de Jim Starlin, la suntuosa interpretación Art Nouveau del ‘Conan’ de Barry Smith.

También estaba allí cuando todas estas historietas sucumbieron bajo la guadaña de la caída de las ventas y sus creadores se marcharon, con pocas notables excepciones, para dedicar sus energías a producir extravagantes y autocomplacientes portafolios que sólo se podían permitir los Rothschild y Lord Kagans de este mundo. Todo lo cual demuestra aquella vieja, inexorable máxima que dice cruelmente: “El buen material no dura porque el buen material no vende”. Así que no me habléis de comics. Es demasiado doloroso. Ahora, como soy viejo, excéntrico y poco razonable, no debería ser extraño que recibiese la llegada de Frank Miller con pesimismo poco amistoso y falta de entusiasmo por su futuro dentro del mundo del comic (…)

¿Qué me gustaría conseguir en este 2009 recién estrenado?

Una mansión con telarañas, una doncella ojerosa, aprender a bailar (o al menos seguir bailando mal pero sin avergonzarme de ello) y conocer a Susan Sarandon.