Mientras leía la última novela de Ramiro Pinilla, a menudo me venía a la mente otro libro que, en principio, nada tiene que ver con el imaginario del autor de Verdes valles, colinas rojas. Se trata de El sindicato de policía Yiddish, de Michael Chabon. Las dos novelas comparten un objetivo común: una renovación/ampliación de la literatura negra mediante la adaptación de los arquetipos del género a los universos particulares de sus autores. También en ambos casos, el proceso revela un profundo conocimiento y respeto a tales arquetipos.

Vayamos ahora con las diferencias. Chabon se sirvió de una interesante ucronía para ambientar su incursión en la novela negra: tras la Segunda Guerra Mundial, una colonia de judíos se asienta, en vez de en Israel, en una franja de la costa de Alaska. Pinilla, por su parte, ha escogido un escenario de carne y hueso, y que conoce muy bien: el Getxo de la posguerra. El trabajo imaginativo de Chabon fue notable, pero al mismo tiempo se convirtió en un arma de doble filo. En el El sindicato de policía Yiddish resulta más atractivo el decorado de la historia que la historia en sí. En Sólo un muerto más, ambos aspectos de la novela avanzan de la mano, apoyándose mutuamente a cada paso. Por otro lado, el universo creativo de Chabon, con sus referencias al mundo judío y a la cultura pulp está menos asentado y es más flexible que el Getxo de Pinilla, que ha venido construyéndose desde Las ciegas hormigas (1960), por lo que el casamiento de aquél con el género negro era mucho más sencillo.

 

Estamos en 1945 y Sancho Bordaberri es propietario de una librería en Getxo. Además de leer le gusta escribir. Admira a los clásicos del género negro: Hammett, Chandler, Cain… y escribe novelas emulándolos, ambientadas en un Los Ángeles donde nunca ha estado y protagonizadas por detectives de gabardina, sombrero de ala ancha y revólver calibre 38. Lamentablemente, ninguna editorial acepta sus novelas. Tras dieciséis fracasos (dieciséis novelas), casi arroja la toalla. Está a punto de abandonar sus aspiraciones literarias cuando se detiene a pensar que quizá lo que debería hacer es escribir sobre lo que sabe y sobre las personas que conoce, lo que dará verosimilitud y garra a sus historias. Además, tiene una historia delante de sus mismas narices. La ha tenido desde hace diez años, cuando los gemelos Altube, unos conocidos marrulleros y timadores, fueron encadenados a una roca de la playa de Arrigúnaga para que la marea los ahogara. El inicio de la Guerra Civil eclipsó la posterior investigación y el culpable nunca fue descubierto. Sancho decide convertirse él mismo en investigador y vivir la novela que luego escribirá.

Dicho esto, podría pensarse que Sólo un muerto más consiste en una traslación de las tramas clásicas del género negro a un escenario diferente del habitual, que los personajes en lugar de whisky beberán txakolí; en lugar de empuñar revólveres llevarán escopetas de caza; y en lugar de los policías corruptos, las palizas las darán los falangistas. Esto, de por sí, ya sería interesante y meritorio. Pero hay bastante más.

La inmersión de Sancho Bordaberri en su proyecto detectivesco/literario va más allá de hacer unas cuantas preguntas a sus vecinos. Puesto que actuará como investigador, también se convertirá en un personaje de su futura novela, y eso requiere someterse a ciertos cambios. Sancho Bordaberri pasa a llamarse Samuel Esparta (en homenaje a Sam Spade), se enfunda el traje que sólo usaba en bodas y entierros y desempolva el sombrero que su tío trajo de las Américas. Pero esto no es suficiente. Todo investigador privado que se precie debe disponer de una oficina y de la secretaria de rigor. La librería hará las funciones de lo primero; y en cuanto a la secretaria, Koldobike, la antigua dependienta del negocio es ascendida de repente, previo teñido de rubio platino.

Este modo de afrontar la investigación es el aspecto más llamativo de la novela, y también el más arriesgado. En una primera lectura, la presencia de alguien disfrazado de detective encaja a duras penas en el escenario del Getxo de la posguerra, un entorno poco dado a las fantasías. Choca el modo como sus vecinos, tras la obvia sorpresa inicial, atienden las indagaciones de Samuel Esparta, cuando parecería más lógico que se rieran de él y no se lo tomaran en serio. Sin embargo, es precisamente el cambio de atuendo y actitud lo que permite progresar a Samuel Esparta y que las personas implicadas en el caso de los gemelos Altube se sinceren con él. La apariencia de Samuel los impresiona y anula sus reacciones primeras. Al mismo tiempo introduce un elemento de distanciamiento que permite a los vecinos contar a Samuel Esparta cosas que no dirían a Sancho Bordaberri.

Es obligado hablar también del carácter metaliterario de Sólo un muerto más. Durante sus indagaciones, Samuel Esparta se topa con un peculiar antagonista: un miembro de la Falange que, al igual que él, posee ambiciones literarias. El falangista es un poeta con inclinación a cantar las hazañas y virtudes del Régimen, pero quiere dar el salto a la narrativa. La idea de «vivir una novela» le atrae y el falangista se convierte en competidor de Samuel Esparta a la hora de desvelar el misterio de los gemelos Altube. Las conversaciones de tema literario entre ambos investigadores, verdaderos enfrentamientos de narrativa contra poesía, constituyen uno de los puntos más interesantes e inesperados del libro. El discurso de Esparta, partidario de la narrativa, es más que una declaración de intenciones; se trata de una poética en sí mismo, una poética en la que al lector familiarizado con la obra de Ramiro Pinilla le resultará fácil identificar la voz de éste. Por lo tanto, Ramiro Pinilla, a través de Sancho Bordaberri, a través de Samuel Esparta, nos regala una clase magistral sobre su concepción de la escritura, otra de las razones por las que Sólo un muerto más no es sólo una novela más.

Ramiro Pinilla. Sólo un muerto más. Tusquets. Barcelona. 2009

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Con un retraso para el que no tengo excusa leo Norteamérica Profunda, de Juan Carlos Márquez, colección de relatos ganadora del VIII Certamen Rafael González Castell en el año 2005, pero que no fue publicada hasta el pasado 2008. Como se puede intuir por el título, los cinco relatos que forman la colección están ambientados en lugares más o menos profundos de Norteamérica; valga esto, por el momento, como elemento que presta unicidad a la colección.

Se pueden apreciar en estos relatos numerosas influencias literarias y cinematográficas, pero influencias las tenemos todos. Si en lugar de en Norteamérica los relatos estuvieran ambientados en París, Madrid o Bilbao, también tendrían influencias, pero seguramente se hablaría menos de ellas en una reseña o ni siquiera se mencionarían. No sé cuál ha sido la fuente de inspiración de Juan Carlos Márquez, si se ha basado en sus lecturas, seguro que muy abundantes, y sus visionados, también abundantes, o si ha recorrido en persona los lugares descritos y experimentado de primera o segunda mano algunas de las situaciones narradas. Por este motivo no quiero emplear el término «homenaje» para calificar estos relatos. Homenaje implica algo secundario, un pastiche, algo que está por debajo de aquello a lo que se homenajea. En este caso, al margen de influencias, referencias y homenajes de cualquier tipo, estamos, simplemente, ante buenos relatos.

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Abre el fuego “La sombra de las acacias”, una bildungsroman en miniatura donde en menos de treinta páginas Juan Carlos Márquez habla sin apresuramiento de la niñez, de la ausencia del padre, del desarraigo, del paso de la vida urbana a la rural, de la amistad, del sexo, del remordimiento, del perdón, de la responsabilidad, de la guerra…; todo ello con un estilo clásico, terso y libre de afectación: lo que pide la historia. Ni más ni menos. Se trata del relato más extenso y, en apariencia, más elaborado de la colección. No es, sin embargo, mi preferido; no por carencias narrativas sino por lo reiterativo de las etapas por las que pasan las historias de formación.

En los “Los jueves de Pleasent” se produce un golpe de timón. Pasamos del rancho a la mansión costera; del olor a pasto y estiércol, al del perfume y la madera barnizada; del relincho de los caballos, al tintineo del hielo en una copa; de Steinbeck/Canin a Cheever/Fitzgerald. Nos encontramos con el siempre resultón enfrentamiento entre nuevos y viejos ricos y con un protagonista con el que apetece compartir una coctelera de dry martini.

“Salvajes”. Otro golpe de timón. Retrocedemos varios siglos, hasta la colonización del territorio. Indios, colonos, caballos, cabañas y bosques. Mejor no hablar mucho sobre el relato para no destriparlo. Ojalá fuera más largo.

Llegamos ahora a los dos últimos, que son mis preferidos. “La Tierra en pedazos” cuenta una historia de amistad, otro de esos temas inagotables, entre un convicto y uno de sus carceleros. Al margen de mi inclinación por los relatos de amistad/compañerismo, valoro en “La Tierra en pedazos”, sobre todo, su final: emotivo, contenido y potente. Por supuesto, no pienso contarlo aquí.

Cierra la colección “El Espíritu del Norte”, a mi entender el mejor relato del conjunto. Una mujer padece cáncer de pulmón. Antes de que sea demasiado tarde, ella y su marido alquilan una caravana y emprenden el viaje que siempre quisieron hacer: a Churchill (Canadá) para presenciar el espectáculo de la aurora boreal. De nuevo un relato emotivo, que no cae en la sensiblería a pesar de que el planteamiento se prestaba a ello, salpicado de un simbolismo flexible, elegante y no obstructivo (la aurora boreal, la anciana india que acompaña a la pareja a presenciar el espectáculo celeste, sus encuentros con dos jóvenes por el camino…), y un final palpitante, perfecto para concluir el libro.

¿Los peros? En primer lugar, “Norteamérica Profunda” se merecía una edición y, sobre todo, una distribución mejores de las que ha disfrutado; pero qué vamos a decir a estas alturas de las publicaciones institucionales que no sepamos ya. Por otro lado, quizá el final de “La sombra de las acacias” sea un poco forzado; ese entrenador de atletismo que de repente desvela al chico protagonista cómo fue el final del padre de éste en Vietnam; y quizá la lectura que debemos hacer del título “Salvajes” resulte predecible: los salvajes no son los indios, sino los aparentemente pacíficos y bienintencionados colonos. Quizá, quizá, quizá… Principalmente, aspectos que quedan fuera del control del autor, dudas y críticas basadas más en gustos personales que en verdaderas certezas.

Y hablando de certezas…

Una. Que cuando lees bien, ves cine bien, te empapas bien de lo que te rodea y escribes bien puedes ambientar tus historias en Norteamérica, China o una galaxia lejana, muy lejana sin que importe que seas de París, Madrid o Bilbao.

Y otra. Que el único criterio unificador que importa a la hora de valorar una colección de relatos es el de la calidad.

Juan Carlos Márquez, Norteamérica Profunda, Diputación de Badajoz, 2008

ACTUALIZACIÓN: Ahora esta reseña también puede leerse en Revista de Letras.

Miguel Ángel Muñoz ha colgado en su blog El Síndrome Chéjov (una referencia impagable para los aficionados al relato) una entrevista a un servidor. Gracias, Miguel Ángel.

Una muestra:

Es cierto que hay una tendencia a asociar la escritura libre de retórica con el realismo y la objetividad. Por otro lado el género de terror, especialmente en los textos clásicos, suele ir acompañado de una prosa más recargada. En algunos de los relatos de la colección, en especial en “Como una historia de terror” y, en menor medida, “La Fortaleza”, he intentado combinar ambas tendencias. He usado un estilo sin adornos para construir un entorno “realista”, fácilmente reconocible para el lector, y a continuación, sin salirme de ese estilo, he ido introduciendo, poco a poco, elementos propios del género de terror (personajes, situaciones, decorados…). No deja de ser un juego de contrastes. Sobre el fondo realista, los elementos extraños destacan más y hacen que el lector se replantee la veracidad de todo lo que los rodea. Es una estrategia que me gustaría seguir explorando en el futuro.

El pasado 30 de enero el suplemento El Cultural publicó la siguiente reseña de Como una historia de terror:

No es habitual que en un mismo año se den cita los dos primeros títulos de un escritor sin apenas significación en nuestro mercado editorial; en este caso se debe al reconocimiento otorgado al primer libro, lo que abrió hueco al segundo, premio Ojo Crítico de la Narrativa 2008. Uno y otro son resultado de repetidos empeños por escribir acogiéndose a los parámetros de una tradición literaria que contempla por igual la forma, la construcción y la resolución de una historia. Jon Bilbao es, pues, ante todo, el escritor al que no hay que aureolar por su condición de revelación novel sino por la aportación de una novela –El hermano de las moscas– ante la que es imposible permanecer indiferente, y un conjunto de relatos que, bajo el título Como una historia de terror, acoge siete escritos fascinantes, de diferente factura y extensión (el que da título al volumen es casi una nouvelle). Uno y otro reconciliarán a cualquier lector exigente con la literatura.
Una de las sorpresas que depara este volumen es la inclusión de motivos que, en cada relato, sirve a una original construcción y otorga unidad al conjunto. La presencia de una pareja en el centro de cada trama es uno de ellos. Otro son inquietantes presencias secundarias que maneja con verdadero efectismo dramático en diferentes relatos (“El hambre en los alrededores del lago”) así como la dosis justa de humor conviviendo con lo patético (“El ladrón lencería”) y la aparente ausencia de artificio para lograr suspense e intriga, y para minimizar los efectos de lo fantástico sobre la realidad. Todos estos recursos se reúnen en la historia de terror que cierra el volumen: dos jóvenes se lanzan al reto de habitar una casa alejada de todo, pero las pesadillas asedian por los frentes más débiles de la relación. Fascina el enigmático discurrir de la acción, la deriva moral de vidas sin dirección, la sobriedad con que minimiza las desdichas.

PILAR CASTRO