Sobre “Sólo un muerto más”, de Ramiro Pinilla

febrero 27, 2009

Mientras leía la última novela de Ramiro Pinilla, a menudo me venía a la mente otro libro que, en principio, nada tiene que ver con el imaginario del autor de Verdes valles, colinas rojas. Se trata de El sindicato de policía Yiddish, de Michael Chabon. Las dos novelas comparten un objetivo común: una renovación/ampliación de la literatura negra mediante la adaptación de los arquetipos del género a los universos particulares de sus autores. También en ambos casos, el proceso revela un profundo conocimiento y respeto a tales arquetipos.

Vayamos ahora con las diferencias. Chabon se sirvió de una interesante ucronía para ambientar su incursión en la novela negra: tras la Segunda Guerra Mundial, una colonia de judíos se asienta, en vez de en Israel, en una franja de la costa de Alaska. Pinilla, por su parte, ha escogido un escenario de carne y hueso, y que conoce muy bien: el Getxo de la posguerra. El trabajo imaginativo de Chabon fue notable, pero al mismo tiempo se convirtió en un arma de doble filo. En el El sindicato de policía Yiddish resulta más atractivo el decorado de la historia que la historia en sí. En Sólo un muerto más, ambos aspectos de la novela avanzan de la mano, apoyándose mutuamente a cada paso. Por otro lado, el universo creativo de Chabon, con sus referencias al mundo judío y a la cultura pulp está menos asentado y es más flexible que el Getxo de Pinilla, que ha venido construyéndose desde Las ciegas hormigas (1960), por lo que el casamiento de aquél con el género negro era mucho más sencillo.

 

Estamos en 1945 y Sancho Bordaberri es propietario de una librería en Getxo. Además de leer le gusta escribir. Admira a los clásicos del género negro: Hammett, Chandler, Cain… y escribe novelas emulándolos, ambientadas en un Los Ángeles donde nunca ha estado y protagonizadas por detectives de gabardina, sombrero de ala ancha y revólver calibre 38. Lamentablemente, ninguna editorial acepta sus novelas. Tras dieciséis fracasos (dieciséis novelas), casi arroja la toalla. Está a punto de abandonar sus aspiraciones literarias cuando se detiene a pensar que quizá lo que debería hacer es escribir sobre lo que sabe y sobre las personas que conoce, lo que dará verosimilitud y garra a sus historias. Además, tiene una historia delante de sus mismas narices. La ha tenido desde hace diez años, cuando los gemelos Altube, unos conocidos marrulleros y timadores, fueron encadenados a una roca de la playa de Arrigúnaga para que la marea los ahogara. El inicio de la Guerra Civil eclipsó la posterior investigación y el culpable nunca fue descubierto. Sancho decide convertirse él mismo en investigador y vivir la novela que luego escribirá.

Dicho esto, podría pensarse que Sólo un muerto más consiste en una traslación de las tramas clásicas del género negro a un escenario diferente del habitual, que los personajes en lugar de whisky beberán txakolí; en lugar de empuñar revólveres llevarán escopetas de caza; y en lugar de los policías corruptos, las palizas las darán los falangistas. Esto, de por sí, ya sería interesante y meritorio. Pero hay bastante más.

La inmersión de Sancho Bordaberri en su proyecto detectivesco/literario va más allá de hacer unas cuantas preguntas a sus vecinos. Puesto que actuará como investigador, también se convertirá en un personaje de su futura novela, y eso requiere someterse a ciertos cambios. Sancho Bordaberri pasa a llamarse Samuel Esparta (en homenaje a Sam Spade), se enfunda el traje que sólo usaba en bodas y entierros y desempolva el sombrero que su tío trajo de las Américas. Pero esto no es suficiente. Todo investigador privado que se precie debe disponer de una oficina y de la secretaria de rigor. La librería hará las funciones de lo primero; y en cuanto a la secretaria, Koldobike, la antigua dependienta del negocio es ascendida de repente, previo teñido de rubio platino.

Este modo de afrontar la investigación es el aspecto más llamativo de la novela, y también el más arriesgado. En una primera lectura, la presencia de alguien disfrazado de detective encaja a duras penas en el escenario del Getxo de la posguerra, un entorno poco dado a las fantasías. Choca el modo como sus vecinos, tras la obvia sorpresa inicial, atienden las indagaciones de Samuel Esparta, cuando parecería más lógico que se rieran de él y no se lo tomaran en serio. Sin embargo, es precisamente el cambio de atuendo y actitud lo que permite progresar a Samuel Esparta y que las personas implicadas en el caso de los gemelos Altube se sinceren con él. La apariencia de Samuel los impresiona y anula sus reacciones primeras. Al mismo tiempo introduce un elemento de distanciamiento que permite a los vecinos contar a Samuel Esparta cosas que no dirían a Sancho Bordaberri.

Es obligado hablar también del carácter metaliterario de Sólo un muerto más. Durante sus indagaciones, Samuel Esparta se topa con un peculiar antagonista: un miembro de la Falange que, al igual que él, posee ambiciones literarias. El falangista es un poeta con inclinación a cantar las hazañas y virtudes del Régimen, pero quiere dar el salto a la narrativa. La idea de «vivir una novela» le atrae y el falangista se convierte en competidor de Samuel Esparta a la hora de desvelar el misterio de los gemelos Altube. Las conversaciones de tema literario entre ambos investigadores, verdaderos enfrentamientos de narrativa contra poesía, constituyen uno de los puntos más interesantes e inesperados del libro. El discurso de Esparta, partidario de la narrativa, es más que una declaración de intenciones; se trata de una poética en sí mismo, una poética en la que al lector familiarizado con la obra de Ramiro Pinilla le resultará fácil identificar la voz de éste. Por lo tanto, Ramiro Pinilla, a través de Sancho Bordaberri, a través de Samuel Esparta, nos regala una clase magistral sobre su concepción de la escritura, otra de las razones por las que Sólo un muerto más no es sólo una novela más.

Ramiro Pinilla. Sólo un muerto más. Tusquets. Barcelona. 2009

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