Mal sexo

diciembre 10, 2009

Columna publicada en Deia el 9 de diciembre de 2009.

MAL SEXO

La revista literaria británica “Literary Review” acaba de conceder su premio “Bad Sex”, otorgado a la peor escena de sexo aparecida en una novela publicada en inglés el pasado año. En esta ocasión el ganador ha sido Jonathan Littell, autor de Las benévolas, novela muy celebrada en otros ámbitos. Porque es precisamente en este libro donde figura la escena en cuestión, que incluye frases como: Su sexo me miraba, me espiaba como la cabeza de una gorgona, como un cíclope cuyo ojo nunca parpadeara (…). Estiré mi brazo y enterré mi dedo mayor dentro de ese ojo sin límite.

Escribir sobre sexo siempre es difícil. El autor se mueve sobre un terreno quebradizo que fácilmente puede hacerle caer en la vulgaridad, o (lo que es peor) la cursilería, o (lo que es peor aún) la inviabilidad anatómica. Sin embargo, la revista que concede el “Bad Sex” no pretende poner en duda las virtudes estilísticas ni los conocimientos de los escritores sobre la materia, sino, o al menos así lo manifiesta, traer un poco de humor al panorama literario. No está de más sacar los colores de vez en cuando a las vacas sagradas.

En un mundillo con tan alta concentración por metro cuadrado de egos desaforados, una iniciativa como la de “Literary Review” es de agradecer. Yo propondría incorporarla a nuestra literatura y hacerla extensiva a otras categorías, por ejemplo: peor escena sobre la Guerra Civil (por lo casposa o tendenciosa); peor escena de modernidad desesperada (trufada con neologismos y referencias pop); peor escena de regodeo en el pasado, negación del paso del tiempo y el cambio de tendencias; peor escena de aprovechamiento oportunista de una problemática social; peor escena de peloteo descarado a una literatura foránea; peor escena de exaltación descarada de nuestra tradición; y también, haciendo extensivo el premio a la prensa, peor columna (por lo cogido por los pelos de su contenido).

Fanta-realidad

diciembre 3, 2009

Columna publicada en Deia el 2 de diciembre de 2009.

Fanta-realidad

Hace poco presencié un atropello. Nada serio. El coche iba muy despacio y apenas rozó al peatón. Aun así éste cayó al suelo y pidió a gritos que alguien llamara al 091. El conductor, muy asustado, le preguntó por qué quería llamar a la policía. El herido puso gesto de desconcierto y dijo que sólo necesitaba una ambulancia, no a la policía. Entonces alguien marcó el 112 y todo se solucionó.

El herido estaría habituado a ver en el cine que la gente en apuros llama al 091, y quiso hacer lo mismo; es sólo un ejemplo de la influencia que la ficción ejerce sobre la realidad. Para quienes vean este tipo de intromisión como algo negativo tengo otra historia.

En 1964 un carguero con varios miles de ovejas a bordo se hundió ante la costa de Kuwait. Para evitar que su cargamento, al pudrirse, contaminara las aguas, se decidió reflotar el barco. La labor fue asignada a una empresa danesa de ingeniería. Ésta ideó un sistema consistente en introducir en la nave naufragada veintisiete millones de pequeñas esferas de poliestireno que la elevarían a la superficie. El sistema fue un éxito y la empresa danesa intentó patentarlo. Pero se topó con una negativa. Para que la patente fuera viable no podía existir ningún precedente, ni en la teoría ni en la práctica. Y lo había. En el número 104 de Walt Disney´s Comics and Stories, publicado en 1949, el pato Donald y sus sobrinos reflotaban el yate hundido del tío Gilito usando pelotas de ping-pong. Para la oficina de patentes eso contaba como precedente. Los daneses se quedaron tan frustrados como sorprendidos. En este caso la influencia de la ficción fue limitadora: como algo ya se había hecho en un cómic no podía repetirse en la realidad (o explotarse comercialmente).

Yo agradezco que la fantasía sirva no sólo como entretenimiento sino también como estímulo y fuente de inspiración, aunque eso nos lleve a confundirnos de número de teléfono.

“Grendel” en Solodelibros

diciembre 3, 2009

No os perdáis la reseña de Grendel publicada en Solodelibros.