El próximo miércoles, 24 de febrero, tendré el gusto de ejercer como maestro de ceremonias en la presentación de Las ciegas hormigas, de Ramiro Pinilla. El acto tendrá lugar en la librería Troa, Calle Las Mercedes, 40, Las Arenas, a las 19:00 horas.

Como ya sabéis, esta estupenda novela recibió el Premio Nadal hace nada menos que cincuenta años. Después de décadas en las que fue casi imposible localizarla, vuelve ahora a las librerías, reeditada por Tusquets y con un muy interesante prólogo del autor.

Espero estar a la altura de las circunstancias.

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febrero 11, 2010

Columna publicada en Deia el 10 de febrero de 2010.

EL ESCRITOR SECRETO II

El fallecimiento de J. D. Salinger ha traído la recuperación de los muchos chismorreos surgidos durante las cinco décadas de retiro del escritor. Entre las lindezas que hemos podido leer en la prensa en las últimas fechas están que su encierro era «enfermizo», que su decisión de escribir sólo para él era «un ejercicio de autoindulgencia» y, por supuesto, historias más escabrosas, como su presunta afición a provocarse el vómito tras las comidas y a beber su propia orina.

En medio de este clima, que casa a duras penas el ataque al autor con la admiración por su obra, ha sido un alivio el artículo de Barbara Celis publicado por El País el pasado domingo. En él se ofrece una imagen muy diferente de Salinger. Si bien se le reconoce un temperamento singular, y a veces difícil, a través de los testimonios de varios conocidos se le muestra como alguien que vivía integrado en su comunidad, que jugaba al golf, iba a restaurantes y recibía visitas de sus amigos. Pero mucho me temo que la imagen que perdure de él sea la otra, la del anciano maniático que vivía encerrado en su casa y amenazaba a todo el que se acercara.

Nos cuesta aceptar que alguien quiera, simplemente, vivir su vida. ¿Cómo una persona que escribió un libro que casi sesenta años después de publicarse sigue vendiendo 250.000 ejemplares anuales decide dar la espalda al mundo? ¿Por qué no aprovecha ese éxito? Estará loco, pensamos. No nos damos cuenta de que sí disfrutaba de su éxito. Salinger declaró una vez que publicar era una terrible invasión de su vida. Le aterrorizaba ser el centro de las miradas, y las ventas de El guardián entre el centeno le permitieron alejarse de ellas. En una de sus últimas, y más famosas, fotos aparece amenazando al fotógrafo, o eso es lo que se dice. Después de examinarla largamente, no veo rabia en su cara, sólo miedo. Y el puño alzado parece más un gesto de defensa que de ataque.

El escritor secreto

febrero 4, 2010

Columna publicada en Deia el 3 de febrero de 2010.

 

EL ESCRITOR SECRETO

Hoy se cumple una semana del fallecimiento de J. D. Salinger. A estas alturas sus herederos ya habrán revisado cada cajón, armario y archivador de la casa del escritor, a la caza de lo que hubiera producido durante sus cincuenta años de retiro. Todos (herederos, editores, lectores) ansían, por diferentes motivos, una nueva obra del autor de El guardián entre el centeno, el más célebre de los escritores secretos.

Es éste un calificativo que ha llegado a trivializarse. Basta con que un escritor no sea amigo de los focos para que se lo apliquen, y no necesariamente en sentido laudatorio. Parece que no basta con escribir y, de vez en cuando, publicar. Para ser un «escritor de verdad» hay que hacerse omnipresente: como jurado de premios literarios, conferenciante, columnista de prensa o como la voz siempre dispuesta a dar su opinión sobre el tema de turno; actividades, en algunos casos, fruto de la vocación y la necesidad económica, pero en otros del afán de visibilidad. Salinger sí fue un escritor secreto, en el sentido más estricto. Dio la espalda al mundo y desde entonces escribió sólo para su propia satisfacción.

Inevitablemente, siento curiosidad ante la posibilidad de nuevas novelas o relatos de Salinger. Me gustaría saber si en la intimidad de su refugio de Cornish, New Hampshire, superó las cimas de El guardián entre el centeno y 9 cuentos. Claro que también es posible que esto no sucediera, que lo que hubiera producido no estuviera a la altura de su nivel de exigencia, ni de las expectativas acumuladas por los demás durante cinco décadas. Quiero pensar que él era consciente de las consecuencias que ese fracaso traería. Así que deberíamos prepararnos para otra posibilidad: que sus herederos no descubrieran ningún manuscrito, sino un montón de cenizas en el fondo de una barbacoa. Eso no minaría la opinión que tengo de él como escritor. Más bien todo lo contrario.

(Aprovecho la ocasión para enlazar este post del blog de Roberto Bartual, no porque en él mencione esta columna sino por sus interesantes reflexiones sobre la vida, obra y desaparición de Salinger.)