Chihuahuas

mayo 19, 2010

Columna publicada en Deia el 19 de mayo de 2010.

¡Alerta! El área metropolitana de Los Ángeles sufre una invasión de perros chihuahua abandonados. El que hasta ayer era el complemento más chic e interactivo de los epígonos de Paris Hilton vive horas bajas. Se acabaron las visitas a los clubes de moda, se acabaron los posados en los photocall acompañando a sus dueñas, se acabaron las visitas a veterinarios especializados en mascotas tamaño bolso. Puesto que sus dimensiones están en el límite de lo que un inodoro puede tragar, los chihuahuas no siguen los pasos de los míticos cocodrilos neoyorquinos, sino que acaban, sin más, abandonados en la calle. Me imagino a la pija de turno trotando sobre sus stilettos, de regreso a un descapotable, después de atar a su mascota a una señal de stop en un cruce remoto.

La Protectora de Animales achaca esta ola de abandonos a la crisis. Los chihuahuas son pequeños, pero no por eso requieren pocos cuidados. El recorte de gastos al que se ven sometidas las familias obliga a prescindir de los perritos. Es una explicación comprensible… hasta cierto punto. Resulta difícil creer que la crisis haya afectado a la high society angelina hasta el extremo de tener que deshacerse de sus miniperros para evitar un gasto que es el chocolate del loro. Me temo que muchas mascotas acaban en la calle por la sencilla y frívola razón de que han pasado de moda. Abandonarlas por el gasto que representan es criticable. Hacerlo porque ya no gustan, porque están out, es despreciable.

Pero las cosas no van a quedar así. Los perros repudiados se están organizando. Todas las noches se reúnen en un oscuro callejón de Los Ángeles y corean las arengas de un chihuahua anciano y tuerto, de lomo encorvado y voz ronca. Éste les recuerda que el perdón es cosa de humanos. Les pide que no olviden los collares de diseño que atenazaban sus cuellos, ni los nombres ridículos. Les asegura que la venganza será terrible.

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Materia prima

mayo 2, 2010

Columna publicada en Deia el 28 de abril. 

Siempre me hacen sospechar los que predican el irremediable declive de nuestra sociedad. Para ello enarbolan el argumento de que todo tiempo pasado fue mejor. Antes no había tanto fracaso escolar. Antes los jóvenes respetaban más a sus mayores. Antes éramos más cívicos. Antes el agua del grifo sabía mejor. Nuestros padres nos lo dicen a nosotros, nuestros abuelos se lo dijeron a nuestros padres y así sucesivamente. Los neandertales debían de tener una educación y una calidad de vida insuperables.

Antes se escribía mejor. Esta es otra queja habitual. En este caso los profetas del desastre no dudan en señalar a un culpable: Internet. Los emails, los blogs, los chats… están consiguiendo que la gente escriba de forma cada vez más atroz. Sin signos de puntuación. Sin mayúsculas. Usando sólo los signos de cierre en exclamaciones e interrogaciones. Sin comprender la diferencia entre deber y deber de.

No estoy de acuerdo. La mayoría de la gente siempre ha escrito mal; ya fuera por carecer de la formación adecuada o porque en su vida cotidiana no necesitaba la escritura, salvo para redactar la lista de la compra y poco más. Internet sólo nos ha hecho más conscientes de ello. Ahora nos topamos con mucha mayor frecuencia con textos de personas no habituadas a escribir. Y tienen errores, es cierto. Pero también lo es que gracias a Internet mucha gente ha perdido el miedo a la palabra escrita. Eso de escribir ya no es sólo para empollones y poetas atormentados. Los más jóvenes han descubierto en la escritura una forma de comunicación que responde a sus necesidades. Ha dejado de ser sólo una parte tediosa de las tareas escolares. No se avergüenzan de escribir. Se ha roto una barrera importante. El siguiente paso es el perfeccionamiento, que algunos darán y otros no. Pero de nada sirven la ortografía y gramática si no hay una materia prima sobre la que trabajar.

febrero 11, 2010

Columna publicada en Deia el 10 de febrero de 2010.

EL ESCRITOR SECRETO II

El fallecimiento de J. D. Salinger ha traído la recuperación de los muchos chismorreos surgidos durante las cinco décadas de retiro del escritor. Entre las lindezas que hemos podido leer en la prensa en las últimas fechas están que su encierro era «enfermizo», que su decisión de escribir sólo para él era «un ejercicio de autoindulgencia» y, por supuesto, historias más escabrosas, como su presunta afición a provocarse el vómito tras las comidas y a beber su propia orina.

En medio de este clima, que casa a duras penas el ataque al autor con la admiración por su obra, ha sido un alivio el artículo de Barbara Celis publicado por El País el pasado domingo. En él se ofrece una imagen muy diferente de Salinger. Si bien se le reconoce un temperamento singular, y a veces difícil, a través de los testimonios de varios conocidos se le muestra como alguien que vivía integrado en su comunidad, que jugaba al golf, iba a restaurantes y recibía visitas de sus amigos. Pero mucho me temo que la imagen que perdure de él sea la otra, la del anciano maniático que vivía encerrado en su casa y amenazaba a todo el que se acercara.

Nos cuesta aceptar que alguien quiera, simplemente, vivir su vida. ¿Cómo una persona que escribió un libro que casi sesenta años después de publicarse sigue vendiendo 250.000 ejemplares anuales decide dar la espalda al mundo? ¿Por qué no aprovecha ese éxito? Estará loco, pensamos. No nos damos cuenta de que sí disfrutaba de su éxito. Salinger declaró una vez que publicar era una terrible invasión de su vida. Le aterrorizaba ser el centro de las miradas, y las ventas de El guardián entre el centeno le permitieron alejarse de ellas. En una de sus últimas, y más famosas, fotos aparece amenazando al fotógrafo, o eso es lo que se dice. Después de examinarla largamente, no veo rabia en su cara, sólo miedo. Y el puño alzado parece más un gesto de defensa que de ataque.

El escritor secreto

febrero 4, 2010

Columna publicada en Deia el 3 de febrero de 2010.

 

EL ESCRITOR SECRETO

Hoy se cumple una semana del fallecimiento de J. D. Salinger. A estas alturas sus herederos ya habrán revisado cada cajón, armario y archivador de la casa del escritor, a la caza de lo que hubiera producido durante sus cincuenta años de retiro. Todos (herederos, editores, lectores) ansían, por diferentes motivos, una nueva obra del autor de El guardián entre el centeno, el más célebre de los escritores secretos.

Es éste un calificativo que ha llegado a trivializarse. Basta con que un escritor no sea amigo de los focos para que se lo apliquen, y no necesariamente en sentido laudatorio. Parece que no basta con escribir y, de vez en cuando, publicar. Para ser un «escritor de verdad» hay que hacerse omnipresente: como jurado de premios literarios, conferenciante, columnista de prensa o como la voz siempre dispuesta a dar su opinión sobre el tema de turno; actividades, en algunos casos, fruto de la vocación y la necesidad económica, pero en otros del afán de visibilidad. Salinger sí fue un escritor secreto, en el sentido más estricto. Dio la espalda al mundo y desde entonces escribió sólo para su propia satisfacción.

Inevitablemente, siento curiosidad ante la posibilidad de nuevas novelas o relatos de Salinger. Me gustaría saber si en la intimidad de su refugio de Cornish, New Hampshire, superó las cimas de El guardián entre el centeno y 9 cuentos. Claro que también es posible que esto no sucediera, que lo que hubiera producido no estuviera a la altura de su nivel de exigencia, ni de las expectativas acumuladas por los demás durante cinco décadas. Quiero pensar que él era consciente de las consecuencias que ese fracaso traería. Así que deberíamos prepararnos para otra posibilidad: que sus herederos no descubrieran ningún manuscrito, sino un montón de cenizas en el fondo de una barbacoa. Eso no minaría la opinión que tengo de él como escritor. Más bien todo lo contrario.

(Aprovecho la ocasión para enlazar este post del blog de Roberto Bartual, no porque en él mencione esta columna sino por sus interesantes reflexiones sobre la vida, obra y desaparición de Salinger.) 

Dependiente electrónico

enero 28, 2010

Columna publicada en el periódico Deia el 27 de enero de 2010.

DEPENDIENTE ELECTRÓNICO

Durante las pasadas navidades, con la disculpa de comprar regalos, pasé una cantidad de tiempo enfermizamente alta en las librerías. Gracias a eso, presencié en varias ocasiones una escena que, con escasos cambios, se desarrolló conforme al siguiente guión:

Un cliente entra en la tienda y pide un libro. Si el cliente es joven, el dependiente le ofrece un título de la saga Crepúsculo. Si el cliente es mayor o ya ha leído todo lo que se puede leer sobre vampiros adolescentes, el dependiente le ofrece la trilogía Millenium. Si el cliente ya es experto en las andanzas de Lisbeth Salander, el dependiente le ofrece La mano de Fátima, de Ildenfonso Falcones. Si el último éxito del autor de La catedral del mar ya está leído, el dependiente ofrece La soledad de los números primos. Si el cliente ya sabe cómo concluye la dramática historia de Mattia y Alice, el dependiente le ofrece La elegancia del erizo, y puede que añada que ése ya es un libro para los muy lectores. Si resulta que el cliente también lo ha leído, el dependiente mira a su alrededor rascándose la cabeza, con expresión de apuro.

Llegado a este punto debo aclarar que esta escena se producía en librerías pertenecientes a cadenas. Supongo que los libreros tradicionales, por la cuenta que les trae, conocerán más títulos que proponer a la clientela.

Todo lo anterior no tiene como objetivo soltar una diatriba contra la cultura de masas, ni contra los best-sellers en particular, sino hacer una advertencia a cierto tipo de dependiente. Más les vale ponerse las pilas porque si no, en estos tiempos de crisis y despidos a la orden del día, dentro de poco en las librerías no sólo podrán encontrarse libros electrónicos; también habrá dependientes electrónicos: una pantalla táctil donde con dos o tres pulsaciones averigüemos cuál es el libro más apropiado para nosotros. Visto lo visto, será más fácil que sacar un bono para el metro. 

Fanta-realidad

diciembre 3, 2009

Columna publicada en Deia el 2 de diciembre de 2009.

Fanta-realidad

Hace poco presencié un atropello. Nada serio. El coche iba muy despacio y apenas rozó al peatón. Aun así éste cayó al suelo y pidió a gritos que alguien llamara al 091. El conductor, muy asustado, le preguntó por qué quería llamar a la policía. El herido puso gesto de desconcierto y dijo que sólo necesitaba una ambulancia, no a la policía. Entonces alguien marcó el 112 y todo se solucionó.

El herido estaría habituado a ver en el cine que la gente en apuros llama al 091, y quiso hacer lo mismo; es sólo un ejemplo de la influencia que la ficción ejerce sobre la realidad. Para quienes vean este tipo de intromisión como algo negativo tengo otra historia.

En 1964 un carguero con varios miles de ovejas a bordo se hundió ante la costa de Kuwait. Para evitar que su cargamento, al pudrirse, contaminara las aguas, se decidió reflotar el barco. La labor fue asignada a una empresa danesa de ingeniería. Ésta ideó un sistema consistente en introducir en la nave naufragada veintisiete millones de pequeñas esferas de poliestireno que la elevarían a la superficie. El sistema fue un éxito y la empresa danesa intentó patentarlo. Pero se topó con una negativa. Para que la patente fuera viable no podía existir ningún precedente, ni en la teoría ni en la práctica. Y lo había. En el número 104 de Walt Disney´s Comics and Stories, publicado en 1949, el pato Donald y sus sobrinos reflotaban el yate hundido del tío Gilito usando pelotas de ping-pong. Para la oficina de patentes eso contaba como precedente. Los daneses se quedaron tan frustrados como sorprendidos. En este caso la influencia de la ficción fue limitadora: como algo ya se había hecho en un cómic no podía repetirse en la realidad (o explotarse comercialmente).

Yo agradezco que la fantasía sirva no sólo como entretenimiento sino también como estímulo y fuente de inspiración, aunque eso nos lleve a confundirnos de número de teléfono.

Cuentos embotellados

noviembre 26, 2009

Columna publicada en Deia el 25 de noviembre de 2009.

CUENTOS EMBOTELLADOS

Voy a hablar de algo que no me gusta, aun a riesgo de hacerle publicidad. Entre los productos navideños de este año destaca un libro. Título: Cuentos de Navidad. En la portada, en el lugar correspondiente al autor: Ana Botella (en adelante: la antóloga).

El libro es una selección de cuentos clásicos de autores como los hermanos Grimm, Hans Christian Andersen y Mark Twain. Hasta aquí nada que objetar; podemos suponer a la antóloga cierto gusto literario y buen asesoramiento. La cosa se complica al saber que estos cuentos “son una herramienta muy útil para los padres y para leer en familia”. Y se complica más cuando nos enteramos de que al libro lo acompaña un CD donde la antóloga recita algunos de los cuentos.

La apropiación de obras literarias por los políticos es cosa antigua pero siempre censurable. De las declaraciones de la antóloga se deduce que el libro es una herramienta de transmisión de valores. Pero siendo ella quien es, no se tratará de valores universales, sino de ciertos valores. Sus cuentos serán para leer en familia, pero no para todo tipo de familias.

El problema reside en que (y esto me atrevo a afirmarlo sin saber qué cuentos aparecen en el libro) sí son para todas las familias. Una obra literaria no posee un significado cerrado; eso implicaría, por parte del autor, un conocimiento absoluto de algún aspecto de la existencia, lo que es imposible. La literatura es subjetiva. Al apropiársela, los políticos destacan el significado que les interesa y relegan los demás posibles. Como sucede en este caso. El nombre de la antóloga en la portada y su voz en el CD serán poderosos motivos para que mucha gente rechace el libro y, lo que es peor, vea con sospecha a los autores que en él aparecen. A esa gente le pido criterio propio. No compren Cuentos de Navidad si no quieren, pero lean a los hermanos Grimm, a Twain y a los demás, y disfrútenlos sin prejuicios. 

Barreras a eliminar

noviembre 5, 2009

Columna publicada en Deia el 5 de noviembre de 2009.

BARRERAS A ELIMINAR

Hace dos semanas escribí en estas páginas una columna dedicada al libro electrónico. Con su permiso voy a insistir en el tema, tanto para matizar y completar lo dicho como por el gusto de especular sobre el futuro de una innovación tecnológica.

Concluí aquella columna diciendo que no debemos temer al libro electrónico, porque si éste se universaliza será sólo porque ha demostrado una utilidad mayor que la de otros formatos de lectura.

Sin embargo, creo que en el concepto mismo del libro electrónico hay algo intrínsecamente poco práctico. Me explico. A diferencia de lo que sucede con la música, para la que siempre es necesario un sistema de reproducción (tocadiscos, reproductor MP3…), los libros no requieren intermediarios. Esto, que quizá por darlo por hecho no apreciamos en su justa medida, supone una enorme comodidad. El libro electrónico implica acabar con esa relación directa entre texto y lector interponiendo entre ambos una serie de barreras. La lectura pasa a depender de un aparato que puede fallar o quedar obsoleto, y de una fuente de energía y una conexión a Internet que pueden no estar disponibles. Paradójicamente, el libro electrónico se convierte así en un obstáculo para la lectura.

Para que el ebook se imponga deberá compensar este inconveniente con unas ventajas que aún están por demostrar. Es ególatra y presuntuoso pensar que porque nosotros, minoría privilegiada, dispongamos de acceso a Internet y dinero para comprar ebooks ha llegado el momento de hacer hogueras con el papel. En algunos contextos el libro electrónico será muy práctico; en otros, incluso en el seno de nuestra supertecnificada vida moderna, será inútil. Esto garantizará una convivencia, espero que fructífera, entre ambos formatos. Una convivencia que durará hasta que nos sea posible preguntar: «¿Qué libro electrónico te llevarías a una isla desierta?».

Carne de elipsis

octubre 29, 2009

Columna publicada en Deia el 29 de octubre de 2009.

CARNE DE ELIPSIS

El pasado domingo, cuando volvía a casa en coche me encontré la puerta del garaje atascada. No había forma de que se abriera. Los vehículos que regresaban tras pasar fuera el fin de semana se apelotonaban en la calle. Mientras esperábamos a que un técnico y un par de voluntariosos vecinos arreglaran el motor, yo pensaba en lo prescindible de aquel momento. Una escena similar nunca aparecería en una historia de ficción.

Eso me llevó a pensar que el carácter infalible de, por ejemplo, Gil Grissom, célebre protagonista de CSI Las Vegas, no se debe sólo a la inteligencia y templanza que demuestra en cada escena, sino a que son muchos los momentos de su vida que se nos ocultan; de hecho, la mayoría. No le vemos atrapado en un atasco, muerto de aburrimiento, ni pedir al peluquero que le disimule la incipiente calva de la coronilla, ni dudar en el supermercado sobre qué marca de queso comprar… Grissom y sus equivalentes, la clase privilegiada del plano de la ficción, son superhéroes que se trasladan instantáneamente de un lugar a otro, cuyos actos son siempre relevantes y sus palabras pertinentes. Esto no significa que no les veamos cometer errores, pero incluso éstos poseen categoría; les hacen crecer como personajes, no representan un engorroso freno para sus historias sino que las impulsan hacia delante. Para que cualquiera de nosotros se convirtiera en un héroe, o al menos lo pareciera, no haría falta añadir hazañas a su vida, sólo eliminar momentos prescindibles, carne de elipsis.

Quienes se dedican a la escritura pueden acercarse a este ideal. Permanecen ocultos durante meses o años, trabajando, y tras ese tiempo ofrecen al público un destilado de su labor; un destilado que es incluso superior a ellos mismos. Las inseguridades, los tiempos muertos, las tachaduras quedan ocultos. Pero luego llegan las columnas semanales y la puerta del garaje se atasca.

O.L.N.I

octubre 22, 2009

Columna publicada en Deia el 21 de octubre de 2009.

O.L.N.I

Creo que a todos los que nos dedicamos de una forma u otra a la escritura alguien nos ha preguntado últimamente acerca del libro electrónico. Algunas personas te interrogan bajando la voz, con un tono entre grave y confidencial, como si preguntaran por un pariente en estado terminal o por la evolución de alguna enfermedad venérea que uno padeciera. Yo suelo encogerme de hombros y responder con un sencillo: «No me parece mal». Y después, para que quede bien claro, me encojo de hombros otra vez.

El libro electrónico no me quita el sueño. Estamos ante un caso en que la tecnología no acude a aliviar una necesidad, como sí sucedió con el teléfono móvil, sino que avanza por su cuenta y desarrolla algo para lo que no existía demanda previa. De pronto ha aterrizado entre nosotros un artefacto con el que nadie sabe qué hacer, un Objeto Legible No Identificado. Al margen de los fabricantes, creo que nadie se había detenido a pensar con cierto detenimiento cómo serían las cosas cuando llegara el libro electrónico, de ahí la confusión reinante ahora: no se sabe cómo se comercializarán los textos, cómo se gestionarán los derechos… Sony, Amazon y compañía incitan el debate para que a fuerza de oír sobre el tema creamos necesitar un ebook. Por otro lado, les han entrado al trapo unos alarmistas aterrados ante la posibilidad de no poder disfrutar del aroma del papel.

El libro electrónico presenta ventajas e inconvenientes respecto al libro convencional. A día de hoy creo que los segundos son mayores que las primeras. Pero si en el futuro el libro electrónico se impone, no será por la mera insistencia de sus fabricantes sino porque las ventajas habrán pasado a ser predominantes y capaces de convencer a un público mucho más amplio que los tecnofanáticos que babean ante cualquier cosa que pueda conectarse a Internet. Es decir, porque represente un cambio a mejor. Entonces, ¿cuál es el problema?