Materia prima

mayo 2, 2010

Columna publicada en Deia el 28 de abril. 

Siempre me hacen sospechar los que predican el irremediable declive de nuestra sociedad. Para ello enarbolan el argumento de que todo tiempo pasado fue mejor. Antes no había tanto fracaso escolar. Antes los jóvenes respetaban más a sus mayores. Antes éramos más cívicos. Antes el agua del grifo sabía mejor. Nuestros padres nos lo dicen a nosotros, nuestros abuelos se lo dijeron a nuestros padres y así sucesivamente. Los neandertales debían de tener una educación y una calidad de vida insuperables.

Antes se escribía mejor. Esta es otra queja habitual. En este caso los profetas del desastre no dudan en señalar a un culpable: Internet. Los emails, los blogs, los chats… están consiguiendo que la gente escriba de forma cada vez más atroz. Sin signos de puntuación. Sin mayúsculas. Usando sólo los signos de cierre en exclamaciones e interrogaciones. Sin comprender la diferencia entre deber y deber de.

No estoy de acuerdo. La mayoría de la gente siempre ha escrito mal; ya fuera por carecer de la formación adecuada o porque en su vida cotidiana no necesitaba la escritura, salvo para redactar la lista de la compra y poco más. Internet sólo nos ha hecho más conscientes de ello. Ahora nos topamos con mucha mayor frecuencia con textos de personas no habituadas a escribir. Y tienen errores, es cierto. Pero también lo es que gracias a Internet mucha gente ha perdido el miedo a la palabra escrita. Eso de escribir ya no es sólo para empollones y poetas atormentados. Los más jóvenes han descubierto en la escritura una forma de comunicación que responde a sus necesidades. Ha dejado de ser sólo una parte tediosa de las tareas escolares. No se avergüenzan de escribir. Se ha roto una barrera importante. El siguiente paso es el perfeccionamiento, que algunos darán y otros no. Pero de nada sirven la ortografía y gramática si no hay una materia prima sobre la que trabajar.

(Reseña publicada bajo el título de “Verano de corrupción” en el número de Enero-Febreo de 2010 de la revista Clarín.)

El revival de Richard Yates propiciado por la adaptación al cine de Vía Revolucionaria ha resistido lo bastante como para permitir la publicación en castellano de una de las novelas de madurez del autor, Cold Spring Harbor.

La mayor parte de la narración se ubica en el verano de 1942,  primer verano tras la incorporación de Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial. El matrimonio formado por los jóvenes Evan y Rachel se instala en una casa de alquiler en la pequeña localidad de Cold Spring Harbor, en Long Island. Él trabaja como maquinista en una fábrica y ella practica para convertirse en un ama de casa modelo. A fin de reducir gastos, comparten techo con la madre de Rachel, Gloria, una mujer que ante cualquier dificultad se defiende de la única forma que sabe: hablando; o, para ser más precisos, parloteando. En el mismo pueblo residen los padres de Evan: Charles, capitán retirado del ejército, y Grace, alcohólica y con una incipiente agorafobia. Al comienzo del verano, una vez terminado el curso en la escuela privada donde estudia, se incorpora al grupo Phil, el inmaduro hermano menor de Rachel. La novela apenas nos concede descripciones del pueblo o de espacios abiertos; la narración se concentra en los interiores, en especial en los de la vieja y húmeda casa de Evan y Rachel. No hay más trama que la convivencia de los personajes. Ver cómo se cuecen a fuego lento durante los meses de verano, con la amenaza permanente de una explosión causada por la presión emocional en aumento, resulta fascinante.

Pero no es sólo el calor lo que adensa el día a día. Ninguno de los tres protagonistas masculinos de la novela puede alistarse para ir a la guerra, lo que desean con fervor. Charles es demasiado mayor y sufre problemas de visión. Phil es demasiado joven. Evan se encuentra en la edad adecuada pero tiene los tímpanos perforados, luego es calificado como no apto. El desconsolador panorama que los rodea en sus casas, unido a la inexistente posibilidad de mejora, les hace preferir enfrentarse a los nazis o los japoneses antes que a su familia. Una vez eliminada la posibilidad de combatir tendrán que aprender a afrontar su situación, o bien buscar enemigos sustitutivos contra quienes probar su valía. Evan se vuelve contra su antes adorada esposa, a la que pasa a definir terriblemente como «más blanda que la mierda». El joven Phil busca a un chico, aún más inmaduro que él, del que poder aprovecharse y frente al que salir ganando en comparación. Tanto para los personajes masculinos como para los femeninos, durante ese verano Cold Spring Harbor se convierte en un improvisado frente de lucha, parte de una guerra donde no hay gritos, disparos ni bombas, sino medias verdades encubiertas con palabras educadas, sonrisas y litros de martini, pero que no por eso deja de ser una guerra sanguinaria.

Como ya hizo en Vía revolucionaria y Las hermanas Grimes, Richard Yates demuestra que no necesita aparatosas peripecias para urdir una novela capaz de enganchar desde el principio. Le bastan para ello su habilidad para crear personajes interesantes y de carne y hueso, a los que el lector enseguida siente conocer desde siempre (incluso aunque se trate de secundarios que sólo aparecen brevemente), así como un ágil manejo de los puntos de vista. Una reunión social donde uno de los asistentes se emborracha inoportunamente y otras dos personas se presentan por sorpresa, sin haber sido invitadas, se lee con la misma tensión que si Yates nos narrara uno de los combates que, en ese mismo momento, tenían lugar en el frente del Pacífico. En este caso no hay muertos, pero sí heridos y mutilados, aunque sólo sea a nivel emocional. Pero a diferencia de lo que a la postre terminaría sucediendo en la otra guerra, en la de verdad, en Cold Spring Harbor no habrá un ganador claro, sólo vencidos. Aquéllos personajes que en las páginas finales logran algo que ellos interpretan como una victoria no gozan más que de un alivio pasajero, apenas una prórroga antes de sucumbir derrotados cuando salgan de Cold Spring Harbor y se enfrenten a enemigos mucho más numerosos e implacables.

Richard Yates. Cold Spring Harbor. RBA. Barcelona. 2009

Mal sexo

diciembre 10, 2009

Columna publicada en Deia el 9 de diciembre de 2009.

MAL SEXO

La revista literaria británica “Literary Review” acaba de conceder su premio “Bad Sex”, otorgado a la peor escena de sexo aparecida en una novela publicada en inglés el pasado año. En esta ocasión el ganador ha sido Jonathan Littell, autor de Las benévolas, novela muy celebrada en otros ámbitos. Porque es precisamente en este libro donde figura la escena en cuestión, que incluye frases como: Su sexo me miraba, me espiaba como la cabeza de una gorgona, como un cíclope cuyo ojo nunca parpadeara (…). Estiré mi brazo y enterré mi dedo mayor dentro de ese ojo sin límite.

Escribir sobre sexo siempre es difícil. El autor se mueve sobre un terreno quebradizo que fácilmente puede hacerle caer en la vulgaridad, o (lo que es peor) la cursilería, o (lo que es peor aún) la inviabilidad anatómica. Sin embargo, la revista que concede el “Bad Sex” no pretende poner en duda las virtudes estilísticas ni los conocimientos de los escritores sobre la materia, sino, o al menos así lo manifiesta, traer un poco de humor al panorama literario. No está de más sacar los colores de vez en cuando a las vacas sagradas.

En un mundillo con tan alta concentración por metro cuadrado de egos desaforados, una iniciativa como la de “Literary Review” es de agradecer. Yo propondría incorporarla a nuestra literatura y hacerla extensiva a otras categorías, por ejemplo: peor escena sobre la Guerra Civil (por lo casposa o tendenciosa); peor escena de modernidad desesperada (trufada con neologismos y referencias pop); peor escena de regodeo en el pasado, negación del paso del tiempo y el cambio de tendencias; peor escena de aprovechamiento oportunista de una problemática social; peor escena de peloteo descarado a una literatura foránea; peor escena de exaltación descarada de nuestra tradición; y también, haciendo extensivo el premio a la prensa, peor columna (por lo cogido por los pelos de su contenido).

Mientras leía la última novela de Ramiro Pinilla, a menudo me venía a la mente otro libro que, en principio, nada tiene que ver con el imaginario del autor de Verdes valles, colinas rojas. Se trata de El sindicato de policía Yiddish, de Michael Chabon. Las dos novelas comparten un objetivo común: una renovación/ampliación de la literatura negra mediante la adaptación de los arquetipos del género a los universos particulares de sus autores. También en ambos casos, el proceso revela un profundo conocimiento y respeto a tales arquetipos.

Vayamos ahora con las diferencias. Chabon se sirvió de una interesante ucronía para ambientar su incursión en la novela negra: tras la Segunda Guerra Mundial, una colonia de judíos se asienta, en vez de en Israel, en una franja de la costa de Alaska. Pinilla, por su parte, ha escogido un escenario de carne y hueso, y que conoce muy bien: el Getxo de la posguerra. El trabajo imaginativo de Chabon fue notable, pero al mismo tiempo se convirtió en un arma de doble filo. En el El sindicato de policía Yiddish resulta más atractivo el decorado de la historia que la historia en sí. En Sólo un muerto más, ambos aspectos de la novela avanzan de la mano, apoyándose mutuamente a cada paso. Por otro lado, el universo creativo de Chabon, con sus referencias al mundo judío y a la cultura pulp está menos asentado y es más flexible que el Getxo de Pinilla, que ha venido construyéndose desde Las ciegas hormigas (1960), por lo que el casamiento de aquél con el género negro era mucho más sencillo.

 

Estamos en 1945 y Sancho Bordaberri es propietario de una librería en Getxo. Además de leer le gusta escribir. Admira a los clásicos del género negro: Hammett, Chandler, Cain… y escribe novelas emulándolos, ambientadas en un Los Ángeles donde nunca ha estado y protagonizadas por detectives de gabardina, sombrero de ala ancha y revólver calibre 38. Lamentablemente, ninguna editorial acepta sus novelas. Tras dieciséis fracasos (dieciséis novelas), casi arroja la toalla. Está a punto de abandonar sus aspiraciones literarias cuando se detiene a pensar que quizá lo que debería hacer es escribir sobre lo que sabe y sobre las personas que conoce, lo que dará verosimilitud y garra a sus historias. Además, tiene una historia delante de sus mismas narices. La ha tenido desde hace diez años, cuando los gemelos Altube, unos conocidos marrulleros y timadores, fueron encadenados a una roca de la playa de Arrigúnaga para que la marea los ahogara. El inicio de la Guerra Civil eclipsó la posterior investigación y el culpable nunca fue descubierto. Sancho decide convertirse él mismo en investigador y vivir la novela que luego escribirá.

Dicho esto, podría pensarse que Sólo un muerto más consiste en una traslación de las tramas clásicas del género negro a un escenario diferente del habitual, que los personajes en lugar de whisky beberán txakolí; en lugar de empuñar revólveres llevarán escopetas de caza; y en lugar de los policías corruptos, las palizas las darán los falangistas. Esto, de por sí, ya sería interesante y meritorio. Pero hay bastante más.

La inmersión de Sancho Bordaberri en su proyecto detectivesco/literario va más allá de hacer unas cuantas preguntas a sus vecinos. Puesto que actuará como investigador, también se convertirá en un personaje de su futura novela, y eso requiere someterse a ciertos cambios. Sancho Bordaberri pasa a llamarse Samuel Esparta (en homenaje a Sam Spade), se enfunda el traje que sólo usaba en bodas y entierros y desempolva el sombrero que su tío trajo de las Américas. Pero esto no es suficiente. Todo investigador privado que se precie debe disponer de una oficina y de la secretaria de rigor. La librería hará las funciones de lo primero; y en cuanto a la secretaria, Koldobike, la antigua dependienta del negocio es ascendida de repente, previo teñido de rubio platino.

Este modo de afrontar la investigación es el aspecto más llamativo de la novela, y también el más arriesgado. En una primera lectura, la presencia de alguien disfrazado de detective encaja a duras penas en el escenario del Getxo de la posguerra, un entorno poco dado a las fantasías. Choca el modo como sus vecinos, tras la obvia sorpresa inicial, atienden las indagaciones de Samuel Esparta, cuando parecería más lógico que se rieran de él y no se lo tomaran en serio. Sin embargo, es precisamente el cambio de atuendo y actitud lo que permite progresar a Samuel Esparta y que las personas implicadas en el caso de los gemelos Altube se sinceren con él. La apariencia de Samuel los impresiona y anula sus reacciones primeras. Al mismo tiempo introduce un elemento de distanciamiento que permite a los vecinos contar a Samuel Esparta cosas que no dirían a Sancho Bordaberri.

Es obligado hablar también del carácter metaliterario de Sólo un muerto más. Durante sus indagaciones, Samuel Esparta se topa con un peculiar antagonista: un miembro de la Falange que, al igual que él, posee ambiciones literarias. El falangista es un poeta con inclinación a cantar las hazañas y virtudes del Régimen, pero quiere dar el salto a la narrativa. La idea de «vivir una novela» le atrae y el falangista se convierte en competidor de Samuel Esparta a la hora de desvelar el misterio de los gemelos Altube. Las conversaciones de tema literario entre ambos investigadores, verdaderos enfrentamientos de narrativa contra poesía, constituyen uno de los puntos más interesantes e inesperados del libro. El discurso de Esparta, partidario de la narrativa, es más que una declaración de intenciones; se trata de una poética en sí mismo, una poética en la que al lector familiarizado con la obra de Ramiro Pinilla le resultará fácil identificar la voz de éste. Por lo tanto, Ramiro Pinilla, a través de Sancho Bordaberri, a través de Samuel Esparta, nos regala una clase magistral sobre su concepción de la escritura, otra de las razones por las que Sólo un muerto más no es sólo una novela más.

Ramiro Pinilla. Sólo un muerto más. Tusquets. Barcelona. 2009

Con un retraso para el que no tengo excusa leo Norteamérica Profunda, de Juan Carlos Márquez, colección de relatos ganadora del VIII Certamen Rafael González Castell en el año 2005, pero que no fue publicada hasta el pasado 2008. Como se puede intuir por el título, los cinco relatos que forman la colección están ambientados en lugares más o menos profundos de Norteamérica; valga esto, por el momento, como elemento que presta unicidad a la colección.

Se pueden apreciar en estos relatos numerosas influencias literarias y cinematográficas, pero influencias las tenemos todos. Si en lugar de en Norteamérica los relatos estuvieran ambientados en París, Madrid o Bilbao, también tendrían influencias, pero seguramente se hablaría menos de ellas en una reseña o ni siquiera se mencionarían. No sé cuál ha sido la fuente de inspiración de Juan Carlos Márquez, si se ha basado en sus lecturas, seguro que muy abundantes, y sus visionados, también abundantes, o si ha recorrido en persona los lugares descritos y experimentado de primera o segunda mano algunas de las situaciones narradas. Por este motivo no quiero emplear el término «homenaje» para calificar estos relatos. Homenaje implica algo secundario, un pastiche, algo que está por debajo de aquello a lo que se homenajea. En este caso, al margen de influencias, referencias y homenajes de cualquier tipo, estamos, simplemente, ante buenos relatos.

antelope-hunt

Abre el fuego “La sombra de las acacias”, una bildungsroman en miniatura donde en menos de treinta páginas Juan Carlos Márquez habla sin apresuramiento de la niñez, de la ausencia del padre, del desarraigo, del paso de la vida urbana a la rural, de la amistad, del sexo, del remordimiento, del perdón, de la responsabilidad, de la guerra…; todo ello con un estilo clásico, terso y libre de afectación: lo que pide la historia. Ni más ni menos. Se trata del relato más extenso y, en apariencia, más elaborado de la colección. No es, sin embargo, mi preferido; no por carencias narrativas sino por lo reiterativo de las etapas por las que pasan las historias de formación.

En los “Los jueves de Pleasent” se produce un golpe de timón. Pasamos del rancho a la mansión costera; del olor a pasto y estiércol, al del perfume y la madera barnizada; del relincho de los caballos, al tintineo del hielo en una copa; de Steinbeck/Canin a Cheever/Fitzgerald. Nos encontramos con el siempre resultón enfrentamiento entre nuevos y viejos ricos y con un protagonista con el que apetece compartir una coctelera de dry martini.

“Salvajes”. Otro golpe de timón. Retrocedemos varios siglos, hasta la colonización del territorio. Indios, colonos, caballos, cabañas y bosques. Mejor no hablar mucho sobre el relato para no destriparlo. Ojalá fuera más largo.

Llegamos ahora a los dos últimos, que son mis preferidos. “La Tierra en pedazos” cuenta una historia de amistad, otro de esos temas inagotables, entre un convicto y uno de sus carceleros. Al margen de mi inclinación por los relatos de amistad/compañerismo, valoro en “La Tierra en pedazos”, sobre todo, su final: emotivo, contenido y potente. Por supuesto, no pienso contarlo aquí.

Cierra la colección “El Espíritu del Norte”, a mi entender el mejor relato del conjunto. Una mujer padece cáncer de pulmón. Antes de que sea demasiado tarde, ella y su marido alquilan una caravana y emprenden el viaje que siempre quisieron hacer: a Churchill (Canadá) para presenciar el espectáculo de la aurora boreal. De nuevo un relato emotivo, que no cae en la sensiblería a pesar de que el planteamiento se prestaba a ello, salpicado de un simbolismo flexible, elegante y no obstructivo (la aurora boreal, la anciana india que acompaña a la pareja a presenciar el espectáculo celeste, sus encuentros con dos jóvenes por el camino…), y un final palpitante, perfecto para concluir el libro.

¿Los peros? En primer lugar, “Norteamérica Profunda” se merecía una edición y, sobre todo, una distribución mejores de las que ha disfrutado; pero qué vamos a decir a estas alturas de las publicaciones institucionales que no sepamos ya. Por otro lado, quizá el final de “La sombra de las acacias” sea un poco forzado; ese entrenador de atletismo que de repente desvela al chico protagonista cómo fue el final del padre de éste en Vietnam; y quizá la lectura que debemos hacer del título “Salvajes” resulte predecible: los salvajes no son los indios, sino los aparentemente pacíficos y bienintencionados colonos. Quizá, quizá, quizá… Principalmente, aspectos que quedan fuera del control del autor, dudas y críticas basadas más en gustos personales que en verdaderas certezas.

Y hablando de certezas…

Una. Que cuando lees bien, ves cine bien, te empapas bien de lo que te rodea y escribes bien puedes ambientar tus historias en Norteamérica, China o una galaxia lejana, muy lejana sin que importe que seas de París, Madrid o Bilbao.

Y otra. Que el único criterio unificador que importa a la hora de valorar una colección de relatos es el de la calidad.

Juan Carlos Márquez, Norteamérica Profunda, Diputación de Badajoz, 2008

ACTUALIZACIÓN: Ahora esta reseña también puede leerse en Revista de Letras.

Los cinéfilos agraciados con el don de almacenar información inútil -lo que incluye a muchos o a casi todos- quizá recuerden una escena de Hannah y sus hermanas en que Barbara Hershey agradece a Michael Caine que le haya prestado un libro de Richard Yates titulado Desfile de Pascua. Bien, pues Desfile de Pascua y Las hermanas Grimes -novela objeto de la presente reseña- son el mismo libro. El motivo del cambio de título puede ser, quizá, que la novela está protagonizada por dos hermanas que se apellidan Grimes. Otro motivo puede ser que de esta forma el título suena más femenino, y como las mujeres son las principales clientas de las librerías…

Las tripas de la novela, eso sí, siguen siendo las mismas. Y es una suerte, porque se trata de una obra más que notable. Es comprensible que Barbara le agradezca a Michael el habérsela prestado.

Nueva York, años 30. Sarah y Emily Grimes son hijas de un reportero frustrado que trabaja como copista en un panfleto reaccionario y de Pookie, como le gusta que la llamen, una mujer parlanchina, que hace gala de unas injustificadas aspiraciones de clase y cuyos adjetivos preferidos, repetidos hasta el extremo de perder todo su sentido, son «maravilloso» y «delicioso». Tras la separación del matrimonio, las niñas se quedan con Pookie, que empieza una peregrinación por distintos empleos y domicilios. Sarah, la mayor, hace suyas las aspiraciones de su madre: encontrar un marido maravilloso, vivir en una casa deliciosa y tener hijos que sean ambas cosas. Emily, por su parte, es la independiente, la liberal, la que aspira a ir a la universidad y tener una carrera. Ambas consiguen lo que quieren. Sarah se casa con un hombre que se parece a Laurence Olivier, se muda al campo y se reproduce en tres ocasiones. Emily consigue una beca universitaria, estudia literatura y entra en una agencia publicitaria; por el camino conoce a buen número de hombres. Si las Grimes deben considerarse afortunadas o no por lograr sus aspiraciones es decisión del lector.

Si en Vía Revolucionaria, su novela más conocida, Richard Yates presentaba un drama de tono intenso, concentrado en un puñado de personajes y en un tiempo y un decorado muy limitados, el drama de Las hermanas Grimes es sordo y extensivo. Afecta a Sarah y Emily, a sus padres, a la familia que forma Sarah y a las sucesivas parejas de Emily, además de prolongarse durante décadas. Vía Revolucionaria dispone de un clímax trágico que, a nivel narrativo, permite que la tensión acumulada se libere. Eso no sucede en este caso. Las hermanas pasan por una serie de malos tragos en nada ajenos a lo que cualquier persona puede experimentar: el envejecimiento y muerte de los padres, la mudanza de carácter de las parejas, los trabajos que se revelan infructuosos, la continua postergación de ciertos sueños… La familiaridad de los baches que sufren las Grimes, el modo natural como se suceden -no por previsible menos sobrecogedor- y la forma en que es mostrado el paso del tiempo -como agua sucia que corre entre los dedos dejándolos cubiertos por una película desagradable- hacen que esta novela se lea con un nudo en el estómago. Un nudo que nunca se destensa. Pero gracias al buen oficio de Yates no dejamos de pasar las páginas.

Lo que mayor desasosiego produce es el discurrir del tiempo. En poco más de doscientas páginas, Yates concentra la vida de varias personas, y en particular la de Emily, la hermana pequeña y personaje central de la novela. Pero lo peor no es la rapidez con que se suceden los acontecimientos, sino su carácter infructuoso. O aparentemente infructuoso.

A pesar de todos sus deseos de independencia Emily no es tan impermeable como piensa a los adoctrinamientos de su madre. Sin ser plenamente consciente de ello busca una vida tan perfecta y ordenada, tan de color de rosa como la que (aparentemente) disfruta su hermana. Nada le parece lo bastante bueno, ningún trabajo, ningún hombre, ninguno de sus intentos por convertirse en escritora… Al principio todo parece «maravilloso» y «delicioso» para revelarse a la postre como descorazonador, feo y perecedero.

Cada vez que Emily se encuentra en una situación que la incomoda, la confunde o la frustra, o cada vez que la vida la deja en la cuneta, siempre dice lo mismo: «Ya veo». Pero no es cierto. En realidad no ve nada. No ve que sus sucesivas parejas llevan los defectos expuestos en la solapa: el universitario impotente, el poeta atormentado por su declive creativo, el ejecutivo que sigue enamorado de su primera mujer… Ella sólo ve idealizaciones de lo que podría llegar a ser. Quiere que todo sea perfecto, como aquella foto que su hermana tiene colgada en el salón, en la que una Sarah adolescente y su marido igualito a Laurence Olivier, vestidos de gala, se sonríen uno al otro en la Quinta Avenida, bajo un sol primaveral, durante el desfile de Pascua. Una fotografía «maravillosa» y «deliciosa».

Al final, a fuerza de equivocarse, Emily abandona sus sueños de perfección. Se carga de tristeza y rencor contra todo y todos los que la rodean. Y una vez más vuelve a equivocarse. Vuelve a no ver. Porque es cierto que la perfección resulta inalcanzable, pero hay personas y objetivos en los que confiar, y están ahí, presentes, desde siempre, sólo hay que enfocar la mirada para verlos.

Richard Yates, Las hermanas Grimes, Alfaguara, Madrid, 2009

También podéis leer esta reseña en la revista Clarín (#80).

Con El androide y las quimeras Ignacio Padilla prosigue su proyecto narrativo Micropedia. En esta segunda entrega nos ofrece una colección de relatos con protagonismo repartido entre autómatas y niñas/mujeres. El libro se divide en dos partes: “El androide en nueve tiempos”, consistente en nueve relatos breves (ninguno supera las diez páginas), y “Quimeras de tres orillas”, otros tres relatos, apenas más extensos que los anteriores. Casi todas las historias poseen base documental, tal como se recoge en el apéndice “Referencias”, donde Padilla deja constancia de las referencias bibliográficas en que se ha basado. Se aprecian la detenida labor investigadora del autor y su envidiable gusto a la hora de escoger anécdotas y personajes en los que inspirarse. La brevedad, agilidad e interés de los relatos hacen que El androide y las quimeras se lea, y se disfrute, de un tirón.

Ahora bien…

Una vez concluida la lectura es posible que apetezca más acudir a la biblioteca a por los títulos recopilados en “Referencias” que en busca de un nuevo libro de Ignacio Padilla. La principal razón es la brevedad de sus relatos; una brevedad en muchos casos frustrante y difícil de explicar. Padilla nos sumerge en situaciones y nos presenta a personajes de indudable potencial dramático, pero nos deja con la miel en los labios. No profundiza. Se diría que tiene prisa por poner el punto final. El lector se ve introducido en salones repletos de objetos y personas fascinantes pero, una vez allí, sólo se le permite echar un rapidísimo vistazo antes de ser expulsado en volandas. Es más, algunos de los relatos (“Las furias de Menlo Park” y “Pacto de caballeros”, por ejemplo) se reducen casi en su totalidad a una plasmación de anécdotas históricas. La narración, el relato que surge de tales anécdotas es mínimo, se diría que apenas una excusa para hablar sobre la obsesión de Edison por construir una muñeca parlante o sobre las apuestas acerca del sexo del Caballero D´Eon, como sucede en los relatos citados. Claro que todo esto no debería entenderse necesariamente como una crítica negativa, pues, al fin y al cabo, a un libro se le pueden hacer pocos halagos mejores que “Ojalá fuera más largo”.

Los relatos de la segunda parte, más extensos (sólo un poco), funcionan mejor. Los personajes disponen de espacio para cobrar cuerpo y la narración respira. Es en este grupo de relatos donde está el que probablemente sea el mejor de la colección: “Miranda en Chalons”. También basado en un personaje verídico, en este caso una niña salvaje, el relato aborda una cuestión compleja: ¿puede ser acusado de un delito alguien que no es consciente de haberlo cometido, alguien que ni siquiera conoce el concepto de delito? Y en una interesante vuelta de tuerca: quien hace consciente a esa persona de haber cometido un delito ¿se convierte también, en cierto modo, en culpable? “Miranda en Chalons” no es esquemático, deja pensando al lector; inquieto, sí, pero no insatisfecho. Ojalá lo mismo sucediera con más relatos de El androide y las quimeras; varios entrañan el potencial para ello.

Ignacio Padilla. El androide y las quimeras. Páginas de espuma. Madrid. 2008

También podéis leer esta reseña en Revista de letras.

Partido de Vicente López, provincia de Buenos Aires. 9 de junio de 1956. Revolución de Valle.

Cerca de la medianoche la policía aporrea la puerta de un apartamento donde, según la información de que dispone, se esconde el general rebelde Tanco. Con lo que se encuentra en realidad es con un grupo de amigos, vecinos y conocidos que escucha un combate de boxeo por la radio. Todos son detenidos. Sin que existan cargos contra ellos, son transportados a un descampado y fusilados.

Seis meses después, a Rodolfo Walsh, periodista y escritor de relatos policíacos, alguien le desliza en un bar la frase: «Hay un fusilado que vive». A partir de ahí comienza a investigar lo sucedido aquella noche. La forma chapucera y precipitada, además de por completo ilegal, en que se desarrolló la Operación Masacre permitió que no uno sino siete prisioneros salvaran la vida, ya fuera porque las balas sólo los hirieron o porque huyeron cuando empezaron los disparos. El ejército y la policía niegan una parte de lo sucedido y dan una versión interesada del resto.

Dado lo que se cuenta en Operación Masacre, dados el carácter real de los hechos y su gravedad, resulta complicado entrar en valoraciones del libro. Se trata de una denuncia de un flagrante delito de Estado. Eso es lo importante. Con eso basta. Pesa más la denuncia que lo literario. El retrato de los personajes resulta un tanto difuso, algunos de ellos son poco más que un nombre. Pero queda claro que son personas y que son inocentes. En algunos momentos la narración se hace confusa: saltos de aquí para allá, muchos involucrados: personas, estamentos… Pero es que fue una noche muy confusa, y es una característica de los libros-investigación que haya que leerlos acompañado de un cuaderno para tomar notas (pienso por ejemplo en Libra de Don DeLillo). La última parte del libro, donde se narra la investigación judicial de los hechos, resulta repetitiva, se vuelven a contar muchas cosas que ya se nos han contado; se reitera la culpabilidad de los acusados, la cual es evidente puesto que «los hemos visto actuar» en la recreación que Rodolfo Walsh hace en las partes anteriores del libro. Pero es que esa culpabilidad hay que señalarla hasta la saciedad.

A pesar de todo lo anterior Operación Masacre atrapa y se lee con agilidad. Y a medida que avanzan las páginas crece la indignación. La sensación final es de tristeza y de mala hostia.

La puntilla la dan unas palabras del autor en el Epílogo. Al ver que el proceso judicial iba a concluir en nada, que los culpables no iban a pagar por sus actos sino que iban a continuar en sus puestos como si nada e incluso a ser ascendidos, Rodolfo Walsh dice: «Entonces me pregunté si valía la pena, si lo que yo perseguía no era una quimera, si la sociedad en que uno vive necesita realmente enterarse de cosas como estas. Aún no tengo una respuesta. Se comprenderá, de todas maneras, que haya perdido algunas ilusiones, la ilusión en la justicia, en la reparación, en la democracia, en todas esas palabras, y finalmente en lo que una vez fue mi oficio, y ya no lo es.»

Perdida o no la ilusión, Walsh siguió insistiendo en lo que pensaba que debía ser su oficio. En 1977 su Carta abierta de un escritor a la Junta Militar provocó que su nombre se incorporara a la lista de desaparecidos durante la dictadura argentina.

Lo dicho: una pena y mala hostia hasta el final.

Rodolfo Walsh. Operación Masacre. 451 Editores. Madrid. 2008

No deja de sorprender el número de títulos que a diario llegan a las mesas de novedades de las librerías, pero tanto o más sorprende la cantidad de buenos libros escritos en otras lenguas que no son traducidos al castellano, o que lo fueron en algún momento y ahora resultan ilocalizables. A menudo la recuperación de alguno de estos títulos se debe a razones no directamente literarias, como la concesión de un premio a su autor (acabamos de comprobarlo con Le Clézio) o el estreno de una película basada en el libro. A este motivo se debe la reedición de
Vía Revolucionaria de Richard Yates por parte de Alfaguara (hay una edición de Emecé de 2003); en fechas próximas se estrenará una adaptación cinematográfica filmada por Sam (American Beauty) Mendes. En cualquier caso, todo motivo es bueno si permite disfrutar de una novela como ésta.

ryatesvintage

Richard Yates (1926-1992) recuerda a escritores como Ernest Hemingway y James Salter tanto por lo activo de su vida como por la robustez y elegancia de su obra. Yates combatió en Europa durante la Segunda Guerra Mundial. A su regreso a Estados Unidos ejerció el periodismo y llegó a escribir discursos para el senador Robert Kennedy, al mismo tiempo que se iniciaba en la literatura con la escritura de relatos. En 1961 publicó su primera y más célebre novela, Vía Revolucionaria (Revolutionary Road).

A mediados de los años 50 Frank y April Wheeler viven en uno de los suburbios que proliferan a las afueras de Nueva York, más concretamente en una calle llamada Revolutionary Road. Él tiene un trabajo kafkiano en una oscura empresa que fabrica calculadoras electrónicas y ella es ama de casa. Tiene dos hijos y una casa que casi todos sus vecinos consideran muy aceptable. Los dos rondan la treintena pero se sienten viejos. Ella estudió arte dramático y le habría gustado llegar a ser actriz. Él no sabe bien lo que le gustaría hacer pero sí sabe que no quiere envejecer en su triste trabajo.

La novela arranca con el estreno de una versión de El bosque petrificado interpretada por vecinos de Revolutionary Road. April encarna a la protagonista. La función es un desastre. La falta de profesionalidad de los actores salta a la vista desde la primera escena. Ni siquiera los esfuerzos de April por levantar la obra logran algo, y pronto ella también se sume en la mediocridad general. La metáfora está clara. La vida de los vecinos de Revolutionary Road es una farsa, un montaje. Pero ni siquiera son capaces de actuar bien. Esa noche April sufre una crisis. Al día siguiente ella y Frank se sientan a hablar y toman una decisión. Están a comienzos de la primavera; en cuanto termine el verano harán las maletas y se mudarán a París con los niños. Allí reiniciarán su vida tratando que se parezca a como esperaban que fuese cuando estaban en la universidad. El resto de la novela abarca los meses restantes hasta el final del verano y la intriga se basa en si al final se van o no.

Esta breve sinopsis basta para enmarcar Vía Revolucionaria en ese género literario que podríamos llamar de «insatisfacción suburbial», popularizado por John Cheever y que desde entonces no ha dejado de recibir aportaciones (Véase La tormenta de hielo de Rick Moody o Juego de niños de Tom Perrotta). La novela de Richard Yates, sin embargo, posee una fuerte personalidad que la aparta de la poderosa referencia Cheeveriana. Los personajes, apenas un puñado, están sobria pero magníficamente trazados y la trama nunca pierde tensión. Quizá sea éste el mayor mérito de Vía Revolucionaria: sacar un partido inesperado a un planteamiento sencillo y a unos personajes a priori anodinos, exprimirlos al máximo, convertirlos en sorprendentes sin que dejen de ser verosímiles. Los obstáculos y giros que sufre la vida de los Wheeler desde que toman su repentina decisión no dejan de sucederse. Todo en esta novela resulta sobrio a la vez que frenético. No hay fiestas al borde piscinas, ni reuniones de la alta sociedad, ni actores de Broadway, al estilo Cheever. Ni falta que hace. Los encuentros de los Wheeler con sus vecinos se convierten en duelos apenas velados en los que el autor del comentario más ingenioso o el mensajero del último cotillero se convierte en el ganador. Los bostezos y los gestos de aburrimiento se temen como enfermedades contagiosas. No resulta extraño que Frank y April quieran largarse de allí. Richard Yates es consciente de que tanto el escenario como los personajes predisponen al lector contra ellos, por eso no concede a éste un momento de respiro, juega con su rechazo y su curiosidad. La historia nunca decae. Ni siquiera cuando a los dos tercios del libro ya vemos claro si los Wheeler se irán a París o no. Para entonces la novela ha cobrado tal inercia que no puede dejar de leerse.

Richard Yates. Vía Revolucionaria. Alfaguara. Madrid. 2009

NOTA

Si esta reseña va ilustrada con la portada de la edición de Vintage no es porque no haya podido encontrar otra, sino porque la de Alfaguara es, sencillamente, aburrida. Por no decir algo peor. En ella vemos a una mujer, de espaldas, caminar por la cuneta de una carretera que atraviesa un paisaje nevado. Vaya. Pero si resulta que la novela se desarrolla en primavera y verano. Y si resulta que el personaje principal es masculino (la trama gira principalmente alrededor de Frank Wheeler). Al menos hay una carretera… y como el título es Revolutionary RoadRoad, carretera, vía… En fin. Esto no hace sino confirmar una vez más la desidia que las llamadas editoriales «grandes» ponen a la hora de escoger sus portadas: leemos el título del libro, tiramos de base de datos de imágenes y cuando alguna ilustra, más o menos, éste pues ya está. Para qué seguir buscando.

Aunque pueda parecerlo tras un primer golpe de vista La educación de Oscar Fairfax no se trata de unas falsas memorias. Es más bien una colección de episodios de la vida de su protagonista y narrador que, tal como reza el título, resultaron relevantes en su educación como persona. Oscar nació en la clase alta de la ciudad de Nueva York (aunque él, la mayoría de las veces muy modesto, diría que sólo media-alta), hijo de uno de los socios de un importante bufete de abogados. Esta acomodada cuna le ayudó a estudiar en instituciones prestigiosas, acudir a la universidad de Yale, convertirse él también en abogado, codearse con personajes célebres e ingresar en el bufete de su padre.

Los episodios que Oscar decide narrarnos no son los típicos de unas memorias (su participación en la Primera Guerra Mundial, por ejemplo, queda ventilada en apenas un párrafo y nada se menciona de sus logros profesionales, que se adivinan numerosos y muy lucrativos), sino que tienen un carácter en apariencia anecdótico (algunos de ellos) y en muchos ni siquiera es Oscar el protagonista, sino una serie de personajes de los que habrá de extraer alguna enseñanza. El capítulo que abre el libro, por ejemplo, tiene a su padre como personaje principal. En él Oscar nos narra el modo cómo, siendo un niño, fue testigo de un agrio enfrentamiento entre su padre y su abuelo materno. Éste, obispo episcopaliano de Nueva York, estaba empecinado en la construcción de una nueva catedral y pretendía que su yerno le ayudara a recaudar fondos, para lo que tendría que servirse de sus contactos del bufete. El padre de Oscar veía la catedral innecesaria, más indicativa del ego del señor obispo que de su devoción divina y voluntad de regalar a los feligreses un nuevo lugar de culto. Durante su periodo de reflexión, el padre de Oscar convierte al niño en confidente, tratándolo de igual a igual, gracias a lo que Oscar aprende que en ocasiones conviene dejar a un lado los principios personales y plegarse a otros superiores. En otro de los capítulos la enseñanza es la opuesta y complementaria. Durante una serie de entrevistas con un juez del Tribunal Supremo sobre el que Oscar, ya adulto, pretende escribir una colección de ensayos, aprende cuándo hay que hacer oídos sordos a todos los principios salvo a los propios. De este modo, capítulo a capítulo, mediante episodios autoconclusivos, va forjándose la educación de Oscar. Durante su paso por un colegio privado se convierte en secretario de su profesor de griego, fundador de la institución, autoridad en la cultura clásica y aficionado al homoerotismo. Ya casado, Oscar pasa un tiempo en París con su mujer. Allí él vive una aventura y aprende unas cuantas cosas sobre la infidelidad y el carácter de las mujeres, de la suya en especial.

Por los sofisticados ambientes que describe y la tersura y vivacidad de su estilo, La educación de Oscar Fairfax hace pensar en Scott Fitzgerald y John Cheever, pero sin las caudalosas corrientes de amargura (subterráneas sólo a veces) y el espíritu autodestructivo de estos dos. Y es que parece que a Oscar le salen demasiado bien las cosas, que aprende sin necesidad de demasiados errores y que siempre saca buen provecho de las enseñanzas. Así que cuando se llega a la mitad de esta novela uno empieza a aguardar que las cosas se tuerzan. Y lo hacen, pero no del modo que sería previsible: un modo llamativo, novelesco, un punto de giro incuestionable.

Cuando Oscar alcanza la madurez le llega el momento de ser él quien eduque a los miembros de las nuevas generaciones próximos a su persona. Y entonces descubre que  a pesar de toda su buena voluntad y de la probada calidad de las enseñanzas éstas no siempre son aceptadas por sus destinatarios. Y esto no puede achacarse sólo a un cambio de los tiempos. Oscar, demasiado inmerso en su clase social y en su familia, tiende a generalizar y piensa que todo el mundo es como los miembros de su círculo y como él en particular. Y por tanto que las enseñanzas que a él le sirvieron deberían servirles también a los demás. Pero esto no es así. En absoluto. Esas enseñanzas ni siquiera sirven a sus seres cercanos. Así, Oscar tiene que ver cómo su hijo se casa sin contar con su aprobación (o al menos con toda su aprobación), y cómo su protegido, a quien había tratado de transmitir todo lo que sabía sobre la abogacía y casi todo sobre la vida, no resulta ser más que un habilidoso trepa dueño de una moral interesada. Este fracaso en transmitir lo aprendido es la pequeña-gran tragedia de Oscar Fairfax.

Quizás el lector de esta reseña pueda pensar que el libro, por lo dicho hasta ahora de él, peque de moralina. Nada más lejos de la realidad. Oscar es modesto y no nos restriega por la cara sus logros ni se rasga las vestiduras por sus fracasos. Cada capítulo no va acompañado de una moraleja. Todo es mucho más sutil.

A esto debe añadirse que como más se disfruta La educación de Oscar Fairfax es leyendo entre líneas. Es divertido ver cómo Oscar pone en práctica lo aprendido unos capítulos atrás, en ocasiones con efectos positivos y en otras con inesperados. Pero es más divertido aún atisbar los huecos que quedan en su educación y que asoman aquí y allá entre su discurso: el orgullo de clase, la satisfacción que siente tras las explosiones atómicas de Hiroshima y Nagasaki, el recelo hacia las mujeres, el modo educado pero también en ocasiones autoritario que tiene de imponer su parecer…, porque su educación, como la de cualquiera, dista mucho de ser perfecta.

Louis Aunchincloss. La educación de Oscar Fairfax. Libros del Asteroide. Barcelona. 2008