Materia prima

mayo 2, 2010

Columna publicada en Deia el 28 de abril. 

Siempre me hacen sospechar los que predican el irremediable declive de nuestra sociedad. Para ello enarbolan el argumento de que todo tiempo pasado fue mejor. Antes no había tanto fracaso escolar. Antes los jóvenes respetaban más a sus mayores. Antes éramos más cívicos. Antes el agua del grifo sabía mejor. Nuestros padres nos lo dicen a nosotros, nuestros abuelos se lo dijeron a nuestros padres y así sucesivamente. Los neandertales debían de tener una educación y una calidad de vida insuperables.

Antes se escribía mejor. Esta es otra queja habitual. En este caso los profetas del desastre no dudan en señalar a un culpable: Internet. Los emails, los blogs, los chats… están consiguiendo que la gente escriba de forma cada vez más atroz. Sin signos de puntuación. Sin mayúsculas. Usando sólo los signos de cierre en exclamaciones e interrogaciones. Sin comprender la diferencia entre deber y deber de.

No estoy de acuerdo. La mayoría de la gente siempre ha escrito mal; ya fuera por carecer de la formación adecuada o porque en su vida cotidiana no necesitaba la escritura, salvo para redactar la lista de la compra y poco más. Internet sólo nos ha hecho más conscientes de ello. Ahora nos topamos con mucha mayor frecuencia con textos de personas no habituadas a escribir. Y tienen errores, es cierto. Pero también lo es que gracias a Internet mucha gente ha perdido el miedo a la palabra escrita. Eso de escribir ya no es sólo para empollones y poetas atormentados. Los más jóvenes han descubierto en la escritura una forma de comunicación que responde a sus necesidades. Ha dejado de ser sólo una parte tediosa de las tareas escolares. No se avergüenzan de escribir. Se ha roto una barrera importante. El siguiente paso es el perfeccionamiento, que algunos darán y otros no. Pero de nada sirven la ortografía y gramática si no hay una materia prima sobre la que trabajar.

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Con mucho gusto os anuncio la publicación de mi nuevo libro de relatos: Bajo el influjo del cometa, editado por Salto de Página.

Su presentación en sociedad tendrá lugar en Madrid, el próximo jueves, 22 de abril, a las 20:00, en el Café Libertad 8 (Calle Libertad, 8). Ejercerá como maestro de ceremonias el bilbaíno y además estupendo escritor Juan Carlos Márquez, autor de Oficios y Norteamérica profunda. Espero veros allí.

SINOPSIS:

En este libro, lo inquietante y lo amenazador surgen de lo cotidiano.

Así, una ballena varada en la playa puede estropear el tranquilo día de verano del que pensaba disfrutar una familia. Curiosear a esos vecinos que leen la Biblia puede alterar la paz de una pareja de agnósticos. El paso de un cometa sacude inexplicablemente la existencia de los habitantes de un pequeño pueblo costero. Incluso retirarse unos días a la montaña puede complicarse si se entablan relaciones con un zorro.

Puestos a prueba por tales situaciones, los personajes de estos relatos se ven forzados a conocerse mejor. Lo que descubren les sorprende, y en algunos casos les asusta. Cuando se encuentran con esa faceta oscura y hasta entonces desconocida de sí mismos, las cosas no tienen por qué empeorar. No siempre.

La verbena de los libros

abril 14, 2010

Por si el próximo viernes por la noche estáis en Madrid y no tenéis plan:

 

Desde el 12 al 18 de abril se celebrará en Antequera (Málaga) la segunda Semana de la Edición y la Literatura Independiente (SELIN). Yo tendré el gusto de participar en la masa redonda del viernes, con el tema: “La nueva narrativa”. El sábado presentaré mi nuevo libro de relatos Bajo el influjo del cometa, publicado por Salto de Página. Esta presentación me servirá de calentamiento para la que en breve tendrá lugar en Madrid.

(Reseña publicada bajo el título de “Verano de corrupción” en el número de Enero-Febreo de 2010 de la revista Clarín.)

El revival de Richard Yates propiciado por la adaptación al cine de Vía Revolucionaria ha resistido lo bastante como para permitir la publicación en castellano de una de las novelas de madurez del autor, Cold Spring Harbor.

La mayor parte de la narración se ubica en el verano de 1942,  primer verano tras la incorporación de Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial. El matrimonio formado por los jóvenes Evan y Rachel se instala en una casa de alquiler en la pequeña localidad de Cold Spring Harbor, en Long Island. Él trabaja como maquinista en una fábrica y ella practica para convertirse en un ama de casa modelo. A fin de reducir gastos, comparten techo con la madre de Rachel, Gloria, una mujer que ante cualquier dificultad se defiende de la única forma que sabe: hablando; o, para ser más precisos, parloteando. En el mismo pueblo residen los padres de Evan: Charles, capitán retirado del ejército, y Grace, alcohólica y con una incipiente agorafobia. Al comienzo del verano, una vez terminado el curso en la escuela privada donde estudia, se incorpora al grupo Phil, el inmaduro hermano menor de Rachel. La novela apenas nos concede descripciones del pueblo o de espacios abiertos; la narración se concentra en los interiores, en especial en los de la vieja y húmeda casa de Evan y Rachel. No hay más trama que la convivencia de los personajes. Ver cómo se cuecen a fuego lento durante los meses de verano, con la amenaza permanente de una explosión causada por la presión emocional en aumento, resulta fascinante.

Pero no es sólo el calor lo que adensa el día a día. Ninguno de los tres protagonistas masculinos de la novela puede alistarse para ir a la guerra, lo que desean con fervor. Charles es demasiado mayor y sufre problemas de visión. Phil es demasiado joven. Evan se encuentra en la edad adecuada pero tiene los tímpanos perforados, luego es calificado como no apto. El desconsolador panorama que los rodea en sus casas, unido a la inexistente posibilidad de mejora, les hace preferir enfrentarse a los nazis o los japoneses antes que a su familia. Una vez eliminada la posibilidad de combatir tendrán que aprender a afrontar su situación, o bien buscar enemigos sustitutivos contra quienes probar su valía. Evan se vuelve contra su antes adorada esposa, a la que pasa a definir terriblemente como «más blanda que la mierda». El joven Phil busca a un chico, aún más inmaduro que él, del que poder aprovecharse y frente al que salir ganando en comparación. Tanto para los personajes masculinos como para los femeninos, durante ese verano Cold Spring Harbor se convierte en un improvisado frente de lucha, parte de una guerra donde no hay gritos, disparos ni bombas, sino medias verdades encubiertas con palabras educadas, sonrisas y litros de martini, pero que no por eso deja de ser una guerra sanguinaria.

Como ya hizo en Vía revolucionaria y Las hermanas Grimes, Richard Yates demuestra que no necesita aparatosas peripecias para urdir una novela capaz de enganchar desde el principio. Le bastan para ello su habilidad para crear personajes interesantes y de carne y hueso, a los que el lector enseguida siente conocer desde siempre (incluso aunque se trate de secundarios que sólo aparecen brevemente), así como un ágil manejo de los puntos de vista. Una reunión social donde uno de los asistentes se emborracha inoportunamente y otras dos personas se presentan por sorpresa, sin haber sido invitadas, se lee con la misma tensión que si Yates nos narrara uno de los combates que, en ese mismo momento, tenían lugar en el frente del Pacífico. En este caso no hay muertos, pero sí heridos y mutilados, aunque sólo sea a nivel emocional. Pero a diferencia de lo que a la postre terminaría sucediendo en la otra guerra, en la de verdad, en Cold Spring Harbor no habrá un ganador claro, sólo vencidos. Aquéllos personajes que en las páginas finales logran algo que ellos interpretan como una victoria no gozan más que de un alivio pasajero, apenas una prórroga antes de sucumbir derrotados cuando salgan de Cold Spring Harbor y se enfrenten a enemigos mucho más numerosos e implacables.

Richard Yates. Cold Spring Harbor. RBA. Barcelona. 2009

El próximo miércoles, 24 de febrero, tendré el gusto de ejercer como maestro de ceremonias en la presentación de Las ciegas hormigas, de Ramiro Pinilla. El acto tendrá lugar en la librería Troa, Calle Las Mercedes, 40, Las Arenas, a las 19:00 horas.

Como ya sabéis, esta estupenda novela recibió el Premio Nadal hace nada menos que cincuenta años. Después de décadas en las que fue casi imposible localizarla, vuelve ahora a las librerías, reeditada por Tusquets y con un muy interesante prólogo del autor.

Espero estar a la altura de las circunstancias.

febrero 11, 2010

Columna publicada en Deia el 10 de febrero de 2010.

EL ESCRITOR SECRETO II

El fallecimiento de J. D. Salinger ha traído la recuperación de los muchos chismorreos surgidos durante las cinco décadas de retiro del escritor. Entre las lindezas que hemos podido leer en la prensa en las últimas fechas están que su encierro era «enfermizo», que su decisión de escribir sólo para él era «un ejercicio de autoindulgencia» y, por supuesto, historias más escabrosas, como su presunta afición a provocarse el vómito tras las comidas y a beber su propia orina.

En medio de este clima, que casa a duras penas el ataque al autor con la admiración por su obra, ha sido un alivio el artículo de Barbara Celis publicado por El País el pasado domingo. En él se ofrece una imagen muy diferente de Salinger. Si bien se le reconoce un temperamento singular, y a veces difícil, a través de los testimonios de varios conocidos se le muestra como alguien que vivía integrado en su comunidad, que jugaba al golf, iba a restaurantes y recibía visitas de sus amigos. Pero mucho me temo que la imagen que perdure de él sea la otra, la del anciano maniático que vivía encerrado en su casa y amenazaba a todo el que se acercara.

Nos cuesta aceptar que alguien quiera, simplemente, vivir su vida. ¿Cómo una persona que escribió un libro que casi sesenta años después de publicarse sigue vendiendo 250.000 ejemplares anuales decide dar la espalda al mundo? ¿Por qué no aprovecha ese éxito? Estará loco, pensamos. No nos damos cuenta de que sí disfrutaba de su éxito. Salinger declaró una vez que publicar era una terrible invasión de su vida. Le aterrorizaba ser el centro de las miradas, y las ventas de El guardián entre el centeno le permitieron alejarse de ellas. En una de sus últimas, y más famosas, fotos aparece amenazando al fotógrafo, o eso es lo que se dice. Después de examinarla largamente, no veo rabia en su cara, sólo miedo. Y el puño alzado parece más un gesto de defensa que de ataque.

El escritor secreto

febrero 4, 2010

Columna publicada en Deia el 3 de febrero de 2010.

 

EL ESCRITOR SECRETO

Hoy se cumple una semana del fallecimiento de J. D. Salinger. A estas alturas sus herederos ya habrán revisado cada cajón, armario y archivador de la casa del escritor, a la caza de lo que hubiera producido durante sus cincuenta años de retiro. Todos (herederos, editores, lectores) ansían, por diferentes motivos, una nueva obra del autor de El guardián entre el centeno, el más célebre de los escritores secretos.

Es éste un calificativo que ha llegado a trivializarse. Basta con que un escritor no sea amigo de los focos para que se lo apliquen, y no necesariamente en sentido laudatorio. Parece que no basta con escribir y, de vez en cuando, publicar. Para ser un «escritor de verdad» hay que hacerse omnipresente: como jurado de premios literarios, conferenciante, columnista de prensa o como la voz siempre dispuesta a dar su opinión sobre el tema de turno; actividades, en algunos casos, fruto de la vocación y la necesidad económica, pero en otros del afán de visibilidad. Salinger sí fue un escritor secreto, en el sentido más estricto. Dio la espalda al mundo y desde entonces escribió sólo para su propia satisfacción.

Inevitablemente, siento curiosidad ante la posibilidad de nuevas novelas o relatos de Salinger. Me gustaría saber si en la intimidad de su refugio de Cornish, New Hampshire, superó las cimas de El guardián entre el centeno y 9 cuentos. Claro que también es posible que esto no sucediera, que lo que hubiera producido no estuviera a la altura de su nivel de exigencia, ni de las expectativas acumuladas por los demás durante cinco décadas. Quiero pensar que él era consciente de las consecuencias que ese fracaso traería. Así que deberíamos prepararnos para otra posibilidad: que sus herederos no descubrieran ningún manuscrito, sino un montón de cenizas en el fondo de una barbacoa. Eso no minaría la opinión que tengo de él como escritor. Más bien todo lo contrario.

(Aprovecho la ocasión para enlazar este post del blog de Roberto Bartual, no porque en él mencione esta columna sino por sus interesantes reflexiones sobre la vida, obra y desaparición de Salinger.) 

Dependiente electrónico

enero 28, 2010

Columna publicada en el periódico Deia el 27 de enero de 2010.

DEPENDIENTE ELECTRÓNICO

Durante las pasadas navidades, con la disculpa de comprar regalos, pasé una cantidad de tiempo enfermizamente alta en las librerías. Gracias a eso, presencié en varias ocasiones una escena que, con escasos cambios, se desarrolló conforme al siguiente guión:

Un cliente entra en la tienda y pide un libro. Si el cliente es joven, el dependiente le ofrece un título de la saga Crepúsculo. Si el cliente es mayor o ya ha leído todo lo que se puede leer sobre vampiros adolescentes, el dependiente le ofrece la trilogía Millenium. Si el cliente ya es experto en las andanzas de Lisbeth Salander, el dependiente le ofrece La mano de Fátima, de Ildenfonso Falcones. Si el último éxito del autor de La catedral del mar ya está leído, el dependiente ofrece La soledad de los números primos. Si el cliente ya sabe cómo concluye la dramática historia de Mattia y Alice, el dependiente le ofrece La elegancia del erizo, y puede que añada que ése ya es un libro para los muy lectores. Si resulta que el cliente también lo ha leído, el dependiente mira a su alrededor rascándose la cabeza, con expresión de apuro.

Llegado a este punto debo aclarar que esta escena se producía en librerías pertenecientes a cadenas. Supongo que los libreros tradicionales, por la cuenta que les trae, conocerán más títulos que proponer a la clientela.

Todo lo anterior no tiene como objetivo soltar una diatriba contra la cultura de masas, ni contra los best-sellers en particular, sino hacer una advertencia a cierto tipo de dependiente. Más les vale ponerse las pilas porque si no, en estos tiempos de crisis y despidos a la orden del día, dentro de poco en las librerías no sólo podrán encontrarse libros electrónicos; también habrá dependientes electrónicos: una pantalla táctil donde con dos o tres pulsaciones averigüemos cuál es el libro más apropiado para nosotros. Visto lo visto, será más fácil que sacar un bono para el metro. 

Una estupenda reseña de Grendel en el blog Nuevas palabras mágicas, de Ismael Martínez Biurrun.